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Columnistas  |  22 mayo de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Guillermo Salazar Jiménez

…Estelas en la mar

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Guillermo Salazar Jiménez

Guillermo Salazar Jiménez

En memoria de Luz Elba.

 

“Caminante, son tus huellas/ el camino y nada más; /Caminante, no hay camino, /se hace camino al andar”. Recordé al poeta Antonio Machado ahora que partió la maestra que luchó por el futuro de la educación y caminó la senda del conocimiento, paso a paso, con sus estudiantes. Como constructora de horizontes enseñó la verdad para condenar el presente oprobioso, con su prudencia pedagógica detalló el presente en contra de las promesas oficiales incumplidas. Por su fe en la vida, los estudiantes proclamaron en su funeral el derecho de la juventud a la libertad de aprender y compartir enseñanzas, sin hipocresía y sin ataduras institucionales.

“Late corazón…No todo/ se lo ha tragado la tierra”, quizás lo leyó aquella maestra del poeta Machado para soportar con grandeza los enviones de la enfermedad y enfrentar sin queja los infames tratamientos, que durante casi un año arrugaron el alma de nuestra familia. Con igual decisión y alegría, como cuando Luz Elba entraba a los salones de clase para aprender con sus estudiantes a luchar por una Colombia diferente; quiénes con abrazos solidarios reconocieron su tarea pedagógica ejemplar.

Como maestra, Luz Elba construyó con sus estudiantes el camino del saber lejos de reconocerse dueña de la verdad. Quizás, por ello, en ocasiones, sentada en el antejardín de nuestra casa, compartió con otro poeta español la canción que inmortalizó aquella poesía señalada al inicio y seguramente se sintió retratada por Joan Manuel Serrat: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar. Nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción; yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”.

Porque creyó en la vida pidió prestado más de nueve meses para navegar por entre sondas irrespetuosas de su sensibilidad y sábanas blancas en la clínica y de colores en la casa. Jamás se rindió frente al mal que destruía su organismo; al contrario, tomó el timón del barco para remar, brazo a brazo, con el personal médico que, contra todos los pronósticos, jamás creyó que Luz Elba llegaría a puerto alguno. Cada día sentía que su barco naufragaba, pero nuevas fuerzas brotaban de su estoica lucha por cruzar el mar de la vida, porque en la otra orilla, donde se confunde la tierra con el agua, era donde quería llegar. En efecto, al avistar aquel puerto galáctico, rogó que sus cenizas fueran confundidas con la inmensidad del mar. 

Luz Elba permanecerá en el barco mientras sus hijos y esposo cumplan con su ruego, seguros, como yo, que el mar será testigo inmemorial de su camino trazado en la tierra. Sus cenizas serán abrazadas por aquel azul profundo, al tiempo que su recuerdo vivirá con nosotros. Entonces declamaremos para ella: “Al andar se hace el camino, /y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar/ Caminante no hay camino/ sino estelas en la mar”.

 

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