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Columnistas  |  26 enero de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: ÁLVARO MEJÍA MEJÍA

CARLOS MARIO, ¿VÍCTIMA O VICTIMARIO?

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ÁLVARO MEJÍA MEJÍA

Por: Álvaro Mejía Mejía

El deceso del exalcalde de Armenia, el filósofo Carlos Mario Álvarez, sin duda causa pesar en la sociedad por tratarse de una persona que gozó de la amistad de muchas personas y tuvo representatividad política.

Se han publicado artículos y comentarios elogiosos sobre este ciudadano con ocasión de su sorpresivo fallecimiento. Particularmente, no podría hacer lo mismo. Tampoco, lo contrario, porque no lo conocí.

A quien sí puedo referirme es a su padre, don Mario Álvarez, quien fue mi profesor de matemáticas en el colegio San Luis Rey. Gran señor y extraordinario maestro. Don Mario, en cierta oportunidad, participó en un famoso programa radial que premiaba a los oyentes que lograran “corchar” a los ilustres maestros Otto de Greiff, José de Recasens y Panesso Robledo. Ese objetivo rara vez se lograba y, en esa oportunidad, el profesor Álvarez los dejó en silencio con una pregunta de tauromaquia. Este hecho le abrió las puertas de caracol a don Mario, quien entró a formar parte de la nómina de narradores y comentaristas taurinos de la región, actividad que alternaba con la docencia.

Pasarían varias décadas, hasta que comencé a ver vallas publicitarias de un tal Carlos Mario Álvarez, aspirante a la alcaldía de Armenia. Al preguntar sobre su trayectoria, me comentaron que se trataba de un licenciado en filosofía que había trabajado en la infame administración de Luz Piedad Valencia. También supe que era hijo de mi querido profesor matemático taurino.

Me sorprendió que una persona sin poder económico y proveniente de un hogar decente fuera el escogido por una de las dos vertientes del régimen que maneja los hilos del poder en el Quindío, para ocupar una posición que es consideraba, en esa lógica, como “la joya de la corona”.

Los hechos posteriores fueron desconcertantes. Supimos como este joven había malogrado su carrera por hincarse ante las alforjas del poder liviano. Mi propósito no es juzgarlo. Eso solo está en manos de Dios. Pero, considero que su dolorosa experiencia puede servir de ejemplo para muchos jóvenes. Estos deben entender que ser exitosos en la vida no es ocupar posiciones de poder, ni atesorar dinero, ni acumular cosas. Muchos menos alcanzar esos objetivos a cualquier precio. El destino verdadero del hombre es amar, servir y ser feliz. Se puede ser útil desde lo aparentemente pequeño.

Yo vi caer un 25 de diciembre de 1999, a la una y veinte de la tarde, las tenues columnas del edificio El Prado, construidas por Calderón por fuera de la NRS84. Y debajo de los escombros vi salir a los cadáveres de seres queridos, muebles, ropa, retratos antiguos, y hasta el viejo sable que sabía de hechos acaecidos en la guerra de los mil días.

Nada de lo que quedó allí entre los escombros acompañaron a los que fallecieron en esa siesta fatídica. Solo quedó el amor que nos dieron en vida, sus buenas obras, su ejemplo. 

A mis alumnos de distintas universidades del país, pero, especialmente, a los de maestría y especialización de la Gran Colombia de Armenia les digo que sean libres en la medida de lo posible. No se vendan ni se hipotequen por el oropel, es decir, por la basura que brilla.

A Carlos Mario Álvarez le dijeron que lo llevarían a la alcaldía. Le aportaron 5 mil millones de pesos a su campaña, a cambio de que firmara unos pagarés por ese valor. El trato era que estos no se harían efectivos si perdía. Si ganaba se cobrarían, solo en el evento de que no se sometiera a las instrucciones torticeras de sus financiadores. Esta misma propuesta, en otra oportunidad y con una presentación velada, se la hicieron a un pariente mío, quien la rechazó de manera tajante. Como decía el abuelo, “de eso tan bueno no dan tanto”.

Sin embargo, Carlos Mario decidió venderle el alma al diablo. Cuando se dio cuenta de su error quiso romper las cadenas que ataban su conciencia y su alma, pero ya no había nada que hacer. Todo se supo y fue a parar a la cárcel, donde todos los días son para llorar, como dijera el gran Oscar Wilde.

Si ustedes, los jóvenes, no se rebelan contra ese régimen, ¿quién más puede hacerlo? ¿No se van a justificar como generación por unos contratos en la gobernación o la alcaldía? Quisiera ver un Quindío, parafraseando a Robledo Ortiz, “sin genuflexiones, sin fondos, ni declives. Una raza con alma de bandera y grito de clarines.”

Si los quindiano vuelven a elegir a los candidatos del régimen, ya no podrán culpar a los políticos y sus financiadores, porque serán cómplices de ese estado de cosas.     

          

 

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