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Cultura  |  25 octubre de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Los libros de la memoria. Los olvidos que me construyeron

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Carolina Grekin Garfunkel

¿Cuántas vidas tiene, en una sola existencia terrenal, quien no cuenta con una memoria fiable? El que olvida se pierde en una maraña de sensaciones, incapaz de asir eventos -e incluso pensamientos- que bien pudieran ser decisivos o, al menos, útiles para continuar el cotidiano devenir.

La condición fibromiálgica es un obstáculo para el desarrollo de las capacidades y talentos de quien la padece. El dolor es un recordatorio constante de lo vulnerable que es el ser humano, pero es, también, un desafío -que somos libres de asumir o no- que puede llevarnos a hacernos más fuertes y más ricos en recursos en la medida que le ganamos a los obstáculos.

Y junto al dolor, la debilidad de la memoria sumergida en un “siempre” incierto y remoto, convirtiendo nuestra vida en un permanente y secreto luto por esos recuerdos que se niegan a ser rescatados pero que -de alguna manera- van construyendo nuestra personalidad y nuestro derrotero existencial.

La historia de mis olvidos es la historia de mis lecturas y también el subsuelo de la personalidad que éstas han ido construyendo: Desde los seis años fui una lectora activa que devoraba casi en su totalidad textos bastante inapropiados si consideramos mi edad de esos momentos: Pearl Buck, con sus novelas sobre China (La buena tierra, Un matrimonio feliz y muchos más) y Lin Yutang, La importancia de vivir; William Shakespeare con sus comedias y tragedias; William Somerset Maugham y otros escritores ingleses de los siglos 19 y 20; Las mil y una noche; las novelas de Emilio Salgari (Sandokan, Los tigres de la Malasia) y Louise May Alcott (Mujercitas, Hombrecitos y otros). Luego vinieron Herman Hesse, con el Demian; Leon Uris con Exodo y Mila 18 (cuando por vez primera un libro me hizo presentar fiebre de tanta angustia por los sufrimientos de un pueblo migrante intentando construir una patria); El arte de amar, de Erich Fromm que me obligó a enfrentar, a reconocer mi propia soledad y la dificultad de superar la tristeza existencial; y luego, como invitación y respuesta El hombre y su significado, de Viktor Frankl, que me ofreció un camino de crecimiento, de desarrollo como persona que se abre al otro y a su dolor. También me atrapó el boom latinoamericano con Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, los libros de Mario Vargas Llosa y el extraordinario Julio Cortázar con sus cuentos e historias.

Y han sido muchos, muchos más libros y autores, los ahora sordos a mis llamadas para que me ayuden a rememorar lo que dijeron, lo que me hicieron pensar o sentir. Quizás sea mi voz la que no les llega. Quizás ocurre que ellos me olvidaron a mí. Sus frases, ocultas tras gruesos cortinajes. Sus tramas y argumentos perdidos en los recovecos de la memoria, tragados por un tiempo que me quita todo a pesar mío.

Aun así, estoy y soy. Un armazón de vivencias, pensamientos, sensaciones y sentimientos que alguna vez fueron y que, aunque olvidados, han devenido presente. Soy un yo enriquecido con pretéritas experiencias y pensamientos entre las cuales las lecturas -y lo que me hicieron vivir y pensar en esos momentos-, ocupan un privilegiado sitial.

Isla Negra, Chile/2021

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