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Cultura  |  03 mayo de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

La crisis del Quindío es la crisis de la cultura

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Por: Roberto Restrepo Ramírez

En el mes de junio de 1998, en noviembre del mismo año y en febrero de 1999, se realizaron en Armenia, Medellín y Salento tres ejercicios interesantes y participativos de validación y diagnóstico cultural, cuyos resultados -como siempre- quedaron depositados en los anaqueles de las entidades responsables de su ejecución.

El primero fue un novedoso encuentro de personas del común y de agentes institucionales que se citaron en la Gobernación del Quindío, durante una semana, para lograr un “Diagnóstico con perspectiva cultural”.

El título de “Alma Región” congregó en Medellín a los gestores culturales de Armenia y el Quindío en una singular exhibición en el Palacio de Cultura Departamental de Antioquia. Curiosamente, y en tierras relativamente lejanas, pero cercanas por los ancestros de muchos de nuestros abuelos, se entendió cómo nos ven, pero también como debemos vernos en un auto análisis necesario de la identidad.

Meses después de hacer el inventario de quienes somos y como deberíamos ser los quindianos, y a los 50 días del regreso desde Antioquía a la tierra natal, el terremoto removió la fragilidad de aquellas discusiones y y fracturó la cohesión y el hilo social que habíamos cosido en un tapete que nos indicaba el escenario posible para el desarrollo cultural.

Ese día entendimos algunas respuestas a otra de las preguntas que se habían formulado en junio de 1998. Desde el interrogante de “¿cómo NO somos los quindianos?,” habíamos contestado lo siguiente, entre varios y curiosos modos de pronunciarnos: Seguros de nosotros mismos. Ordenados en el quehacer. Amables en el manejo del espacio público. Colectivos. Universales. Constructores del bien común. Constructores de dignidad humana. Planificadores.

Estas citadas 9 de las 41 respuestas de lo que NO SOMOS se reflejaron en la evidencia del desastre físico y social que vivió el Quindío desde ese 25 de enero. Lo expresamos como imitadores que somos. En nuestra irredenta condición de improvisadores. En el reconocimiento tardío de nuestros valores, al ver destruido un entorno que años atrás habían levantado nuestros ancestros con inteligencia y sabiduría. En actitudes individualistas y egoístas. En esa nostalgia de la tierra que nos coloca una venda hacia la mirada global. En obrar sin conciencia del bien común y ante la necesidad ajena. En habernos vuelto irreverentes ante los saberes populares. Y lo más delicado, considerarnos buscadores de soluciones mágicas. Contrastan estas realidades de lo que NO SOMOS, con reconocernos todavía y en cumplimiento de un cliché, como gente amable y acogedora.

El tercer ejercicio de sanación -a modo de catarsis colectiva- nos reunió en el municipio padre, un mes después de la tragedia, donde se construyó y redactó la “Declaración de Salento”.

Aquí se reconoció algo similar a lo que actualmente se vive en el mundo actual, con la debacle de la pandemia del coronavirus: la crisis, y por lo mismo, la de la cultura y el patrimonio cultural.

El siguiente encabezado de la Declaración de Salento consignó el espíritu anhelante de sus participantes: “Las situaciones de crisis requieren momentos de reflexión, para que las acciones posteriores no terminen por convertirse en irreversibles equivocaciones históricas”.

Veintiún años después, se puede afirmar que este propósito no se ha cumplido. O en parte se ha formalizado por las fugaces acciones de sólo algunos gobernantes, en quienes se confió el cumplimiento de “líneas y acciones necesarias, de tal manera que de las condiciones adversas surja la actitud proactiva, y nosotros y nuestros descendientes podamos disfrutar esta segunda oportunidad sobre la tierra.”

Lo cierto es que esa segunda oportunidad se desdibujó y se convirtió en la nueva realidad que se llama el turismo, sólo que en él también está ausente el componente cultural.

La crisis del Quindío es la crisis de la cultura. Venía perfilándose antes del coronavirus, pero ha materializado su presencia con el cierre de los escenarios, de los teatros, de las salas de arte, de los museos y hasta de las esperanzas.

En el momento actual, Quindío, Colombia y el mundo entero tienen una nueva oportunidad de reflexionar, la última y decisiva sobre la cultura y su humanidad. Tres preguntas más se formularon en junio de 1998. ¿Qué tenemos en la cultura y el turismo?. ¿Qué podríamos tener?. ¿Cómo deberíamos ser?. Las respuestas de la primera pregunta fueron el bloque más nutrido, porque se contestaron desde la institucionalidad, la infraestructura y la intra estructura. Ésta última esfera comprende el convenio social entre la gente y la institución. Fueron 92 respuestas sobre 92 realidades, forjadas la mayoría de ellas desde el pulso y el espíritu de sus creadores y gestores culturales.

Lamentablemente hoy hemos regresado al Quindío que mantuvimos en el panorama empobrecido del arte y la cultura, y, como quedó consignado en el “Diagnóstico con perspectiva cultural” realizado en 1998: “Somos emuladores de valores foráneos, amigos de lo fácil, caníbales, resistentes al cambio, y permeables a la corrupción y la impunidad”.

Estamos en el camino de asumir la tarea urgente de posicionarnos con responsabilidad en la vía del arte y la cultura. Debemos reconocer que existen grupos y entidades culturales que entendieron su propósito de CÓMO DEBEMOS SER. Su labor, desde el terremoto de 1999, ha sido constante. Deberíamos ser creativos. Con proyectos de vida. Con conciencia de prevalencia del bien público. Tolerantes. Concientes de la propia soberanía y autonomía. Democráticos. Participativos – actores del bien común. Alegres del encuentro con el otro. Solidarios (responsables sociales para que el otro no pase indignidad o indefección). Responsables. Capaces de creer en lo nuestro. Capaces de autoestima. De espíritu colectivo. Felices del bien ajeno. Constructores de una sociedad más justa. Constructores de ciudad, región y nación. Hombres nuevos. Constructores de ternura social. Sensibles. Honestos. Justos. Defensores de los más pobres. Respetuosos. Leales. Con espíritu asociativo. Aventureros y emprendedores. Perseverantes. Más comprometidos. Más universales y menos parroquiales. Más cumplidos. Con más formación académica. Con menos miedos. Capaces de construir propósitos nacionales. Fueron 33 respuestas que se enmarcan en hacer de la cultura la definitiva oportunidad.

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