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Cultura  |  11 noviembre de 2018  |  01:40 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

Un culebrero: El Negro Tovar

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Un culebrero: El Negro Tovar

Crónica e ilustración de Luis Carlos Vélez Barrios.

Sábado. Nadie supo cuándo llegó. El sol de las diez de la mañana proyectaba sobre el pavimento de la carrera dieciocho entre calles 15 y 17, la sombra andante del negro Tovar.

La plaza de mercado mezclaba a su alrededor personas con oficios diferentes.

Entre ellas caminaba el negro de voz cavernosa, piel arrugada y sudorosa, hacia el sitio de siempre. Pasaba frente al café La montaña, y a los graneros cercanos a la esquina de la calle diez y siete, con dos cajas y una vara de guadua bajo el sobaco, para ejercer su oficio de culebrero. En minutos aparecía su pareja, una morena silenciosa, con guitarra en mano, vestida de fucsia, que por el descuido, daba la impresión de no utilizar espejo al maquillarse.

Una vez se detenía en la esquina del café Londres, edificio donde funcionó el Cuartel de la Policía, donde el negro Tovar miraba a todos lados: sopesaba el caudal de asistencia. Bastaba que descargara las cajas, para que en segundos los desocupados y negociantes callejeros, vagos, rebuscadores, feligreses, ladrones acechantes, vendedores de artículos de segunda, merodeadores y mayordomos en busca de jornaleros, magos de atuendos vistosos y mendigos de profesión, taxistas de la flota 14-14, despistados, curanderos de nada, adivinos de todo, y prostitutas risueñas en la puerta de los hotelitos, buscaran sitio en las escaleras que llevaban al café. A continuación, escogía entre el público al ayudante voluntario, ojalá un muchacho con cara de bobo.

El negro Tovar tenía más de setenta años. Alegre, y con una dentadura perfecta, no tenía que hacer esfuerzos para vencer, en franca competencia, a yerbateros, magos, quirománticos, fabricantes de pócimas contra las penas de amor y escasez de dinero. Daba un último vistazo a los ya hipnotizados espectadores. Sacaba del sobaco la vara de guadua, y repetía en voz alta el breve discurso publicitario:

“Ustedes saben en dónde me hospedo. Sólo estaré hasta mañana; a los hombres los atiendo después que termine aquí; a las damas por la tardecita, cuando les den permiso o quieran. Recuerden que me quedan pocos cupos para las consultas. Por el Rayo Molar sí pueden ir cuando puedan o quieran”.

Invitaba a conocer “la peligrosa cascabel, rabo e chucha o equis peluegato, que mata más cristianos que el hambre en las selvas del Amazonas y los llanos”. Prometía hacerse morder la lengua del “jerostico animal”. Juraba que después de la mordedura no saldría a pedir limosna en totuma, porque “gracias a Dios mi padre me dejó una fortuna”. Decía que su niñez transcurrió en las selva chocoanas, al lado de los “indios agrileches”; que sabía los secretos del rey Salomón, que trabajaba con los Laboratorios Menjurje de Marinilla, y estaba de paso por “estos lares” para ofrecer suerte y salud a “los ciudadanos de la ciudad de Armenia”.

Si el negro se cansaba, buscaba lugar en las escaleras, y la morena de la guitarra hacía su entrada con una tanda musical que abundaba en canciones de Olimpo Cárdenas, Oscar Agudelo, Gabriel Raymond, y otros pioneros del despecho. Una vez el negro se ponía de pie, la mujer de fucsia, abrazada a la guitarra, volvía a su silencio.

Abría la primera caja, la más pesada, extraía cachivaches, pomadas, ungüentos, colmillos; retiraba de la segunda el cordel que sujetaba una enorme piel de serpiente, y la desplegaba sobre el pavimento cual alfombra de Aladino. En este momento el público y el negro hacía rato sudaban a cántaros. La expectativa sobre el contenido de la segunda caja aumentaba, igual que el calor del sol de mediodía, en un cielo sin nubes.

Vara en mano giraba a grandes zancadas, para ampliar el círculo, y regresaba a la segunda caja. Golpeaba un buen rato buscando un niño o joven descuidado para gritar de sopetón, dos frases que irónicas, caían como bombas en los oídos de los sin oficio:

“¡Despierte Margarita que ya el sol amaneció!, ¡Despierte Margarita que llegó la hora de ponerle al trabajo amor!”.

Retirada la tapa a la segunda caja, el negro Tovar la inclinaba y dando vuelta al círculo, mostraba su contenido: una culebra enroscada que no superaba el metro de largo, de hermosos colores verde, café, amarillo y gris, que sin inmutarse dormía plácida, indiferente a las órdenes y golpes de vara.

Arreciaba sus maniobras hasta que el animal, interrumpido su sueño, asomaba la cabeza y como un relámpago amagaba atacar a su dueño. Algo eléctrico, un corriente de frío cervical recorría en fracción de segundo al círculo.

“¡Quieto animal feroz que antes de nacer vos, nació el redentor del cielo! ¡Quieta Margarita y pongámonos a trabajar! ¡No se acerquen muchachitos que este animal ya se tragó a mi mamá, a mi papá y a mis hermanitos, y me dejó huerfanito! ¡Quieta, Margarita!”.

En el borde de la caja, el reptil inspeccionaba el aire con su lengua bífida. A un segundo amague de ataque, los espectadores ampliaban el círculo, animados por las carcajadas y gritos del negro Tovar.

“¡No se me asusten señores que antes de traerla, este animal ya se desayunó lo que quedaba de mi familia, mis amigos, mis primas, mis tíos y tías, y toda mi familia! ¡Corra pa allá mijo, que de pronto se me lo come y me le hace dar ahitera!”.

A zancadas rápidas recorría el redondel; vara en mano, golpeaba hasta la saciedad la caja y luego de agachar su cabeza hacia la culebra, saltaba atrás. Ésta respondía al supuesto ataque del negro, estirando y encogiendo su cuerpo coloreado. Ese amague producía en la multitud un grito de terror que, ahogado por las fanfarronerías del negro, terminaba en carcajada generalizada.

“No se me asusten que a este animal lo tengo encantado, dominado con los hechizos que aprendí en las selvas del África, de la mano y sabiduría de mi abuela. Alma bendita (alzaba los ojos al cielo) a la que ya se tragó esta maldita culebra”.

Entonces daba un giro repentino a su temática: hablaba de los milagrosos ingrediente de sus frasquitos: madre del caracol marino, arrugas de lombriz, la infaltable uña de la gran bestia, raíces de adormidera, raspadura del colmillo de la trucutrú y del tiburón asesino, zumo de trescientas yerbas medicinales; que si eran tomados durante veinte días, servían para curar la pobreza, la impotencia, las lombrices y solitarias, a “los hombres que suben al gallinero”, y “evita que las mujeres jóvenes escapen con sus vecinos”, jurando que después de bebido, “no hay mujer que aguante el brete”.

De pronto el negro detenía su discurso, fingía un dolor intenso, doblaba el cuerpo, llevaba su mano libre a la cintura, y en medio de gestos grotescos gritaba:

“¡Me duele el arrenpujadero, me duele, ayayay!”.

El público, cautivo, atento a los movimientos, no apartaba sus ojos del negro.

“¡Pero para eso ya tengo mi Rayo Molar! ¡Con nombrarlo basta para aliviarme, sí señores!”.

Tomaba uno de los pequeños frascos de la primera caja, quitaba el corcho y echaba el contenido en el cuenco de la mano; levantaba su camisa para untarlo en medio de gritos de dolor. Seguía frotándose, movía la cintura en círculos cortos, amplios, lentos y rápidos cual danzarina árabe; hacía muecas, revisaba con sus manos gigantescas las supuestas zonas afectadas; imitaba los movimientos de un robot, y por último, se sacudía para quedar de nuevo erguido.

El público, sin embargo, quería que sacara la serpiente.

“¡Ya la voy a sacar! ¡Ya la voy a sacar!”.

Propinaba más golpes a la caja de la culebra, que irritada y temerosa, respondía serpenteando en el aire, para volver con lentitud a su posición defensiva. No la sacaba.

“¡Le voy a rezar la oración que me enseñó mi madre, segundos antes de morir, en las fauces de este peligroso animal!”.

Después de varios pases mágicos pronunciaba un trabalenguas: “Guachu de la machu de la pari pará, cosi laca, meca pone mene, cusirú meine meiné… ¡¿Qué dije señores?! ¡¿Ustedes saben guardar secretos?! Yo también, y no lo voy a decir, no voy a traducir. ¡Ciencia señores, ciencia milenaria!”.

Ponía con fuerza la vara en la cabeza de la culebra, luego tomaba la cabeza con su mano derecha, la sacaba del cajón, corría de improviso hacia el público y al grito de “córrase para allá mijo que se lo come esta fiera”, lograba que el círculo, estrecho ya, a estrujones, se ampliara de nuevo, y el ayudante, con cara de bobo, no supiera si correr o gritar.

En menos de diez minutos torrentes de sudor, que no se molestaba en secar, bajaban de su frente, empapando su camisa, dejando marcas oscuras a la altura de la correa, en los bolsillos y el tiro de sus pantalones. El negro Tovar, con su metro y sesenta y cinco de estatura, era una tromba de actividad que se derretía en palabras de alegría y “sabiduría”. Sus escasos competidores tenían que resignarse a ver cómo la clientela los abandonaba. Después de resollar, secarse el sudor de la cara a dos manos, abría la caja de menjurjes.

“No me quedan sino unas pequeñas dosis de este precioso líquido. A ver, quien dijo yo lo vi y se queda con un tesoro de éstos. ¿Que su niño llora toda la noche porque una muela podrida no lo deja dormir? ¡Échele Rayo Molar y verá cómo pueden dormir todos en la casa y al niño o al que sea, se le cura el dolor de muelas, y evita una pela a medianoche!”.

A zancadas, con sus botas negras de talla no menor a cuarenta y cinco, pasaba y daba a oler otro precioso líquido, un revoltijo de yerbas inocuas nadando en alhucema y mentol en los pequeños frascos, que alguna vez contuvieron desinfectantes o penicilina, y que el negro Tovar compraba baratos en la droguería 13-13, para envasar su prestigioso Rayo Molar.

Mientras vendía el fruto de sus maravillosos descubrimientos, Margarita la culebra, dormía otra vez, enroscada en el fondo de la caja. Si llegaba la policía a solicitar los permisos para su trabajo, el negro Tovar hacia un corte en la actuación, buscaba en un carriel los documentos. En segundos volvía con fuerzas renovadas a su vara, a sus saltos, gritos y carcajadas.

Después, miraba el reloj de la iglesia San Francisco de Asís; sin mediar palabra, sufría una transformación: buscando algo a lo lejos, elevaba la mirada, sacaba una toalla de color indefinido de la caja, y mientras secaba el sudor de sus brazos y cara, la mujer de fucsia empacaba los cachivaches. No se despedía. Nadie recuerda la última vez que el público abrió un boquete para que saliera llevando cajas y vara; y marchara rumbo a uno de los hoteles baratos que rodeaban la plaza de mercado, seguido por la mujer de guitarra en mano y pasos silenciosos.

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