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Armenia  |  05 noviembre de 2018  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Crónica: Ayer y hoy de la carrera 20

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Ayer y hoy de la carrera 20

Una crónica de Luis Carlos Vélez Barrios.

No olvido lo dicho por el cliente que escuchó mi conversación con el dueño de uno de los locales: “Póngale cuidado amigo, que esto lo leen los que sabemos y no pasa nada. La carrera veinte está condenada al olvido. No cambian ni su pavimento”.

Empecé mis apuntes en la carrera 19 con calle 17, justo en la esquina donde funcionó el café 5 y 6; subí por la acera que ocuparon zapateros y carretilleros; evoqué olores a cuero y muladar.

El terremoto cambió por un tiempo el escenario y los negocios. La chatarra reparada y pintada la ofrecieron, hasta agotarla, los nuevos talleres de la zona.

Llegué a la carrera veinte, ruta comercial que a mañana y tarde recorrieron estudiantes, trabajadores, amas de casa, rumbo a los colegios San José, Rufino, Normal, sitios de trabajo, a la galería, o tal vez a las iglesias San Francisco o Sagrado Corazón de Jesús. En noches poco iluminadas, se vieron parejas de novios rumbo a los teatros del centro, discotecas o cafeterías. El teatro parroquial no funcionaba de noche.

En la calle diez y siete, tres cafés fueron reemplazados: El Faraón, con una mesa de billar o “canoa” siempre ocupada, por las bodegas Canaima; el Brisas del Puerto, frecuentado por campesinos los fines de semana, donde cambiaban sus jornales por cerveza o aguardiente, se escuchaba “aquellos ojitos verdes por dónde se andarán pasiando…”, por un local de repuestos; el Poker, alias la última miada, en cuyo orinal asesinaron a varios hombres en presencia de hermosas coperas, es hoy una sancochería.

En la acera izquierda, dos metalisterías donde varios empleados doblaron láminas de metal sobre un trozo de riel, ayudados por tubos, palancas y mazos, están ocupadas hoy por negocios de artículos eléctricos, alicates, mangueras y martillos de segunda; el Tango Bar desapareció; allí las cadencias de Carlos Gardel y otros ilustres cantantes dominaron la atmósfera. Los bohemios corrían la cortina roja y sucia de la entrada, para emborrachar sus penas y suavizarlas con cualquiera de las mil o más canciones, grabadas en discos de setenta y ocho revoluciones que su dueño, un hombre de sesenta años, dandy venido a menos, de bigote, enjuto, y fumador empedernido, guardaba en estantes clasificados.

En la acera derecha, el coro de martillos, de las siete de la mañana hasta caer la tarde poblaba las casuchas de amables amoladores, ruidosos taponadores de ollas y olletas. La única que ostentaba, pintada en lámina de hojalata un nombre, era El último esfuerzo de Chola, y perteneció a un anciano regordete, de infaltable gorra estilo León de Greiff, muerto antes del terremoto, que saludaba y silbaba mientras martillaba, y hacía reír a colegas y clientes con chistes de variados colores.

Hubo el tenderete de yerbas para las hemorroides, la buena suerte y las lombrices, cuyo propietario posaba de médico, y recetaba en hojas de cuaderno, dejó su lugar al improvisado quiosco que cuelga a su entrada, y a bajo precio, azadones, machetes, alicates. Antes de la calle 16, en un quiosco de copias de llaves encontré al músico, baterista, cantante, poeta y…amigo mío.

¿Y esto ¿qué?, le dije.

“Olvidados de dios y sus gobernantes”, contestó, “de vez en cuando un tropel. Eso sí, mucho toquecito de lo que sabemos. Un “carrerón” por la calle diez y seis. Por aquí ya nadie recuerda de qué color son los uniformes de la policía. Esta es la tierra del olvido, según Carlos Vives. Si le da por bajar por la calle a la boca del túnel, mucho cuidado. Lo pueden bajar. Le dicen la calle del Bronx”. Eché el consejo al bolsillo.

Llegué a la esquina de la calle 16 donde estuvieron la lavandería Bermul de don Célimo, las tiendas Puerto Granda de don Noé, y la de don Luis Ruiz, donde trabajé en vacaciones escolares por cien pesos mensuales; ahora hay almacenes de repuestos y una venta de marcos para puertas, ventanas, neveras de segunda. Diviso la alcaldía a dos cuadras. Algunos vendedores de la carrera veinte dicen que los políticos aparecen por allí cada cuatro años.

“Mire amigo, las ventanas de la alcaldía tienen los vidrios polarizados para que no los veamos, pero nos tiene en la mira”, dice el hombre que raspa ventanas enmohecidas, “menos mal que las casillas de la alcaldía quedan cerquita, y cuando llegan los recibos para pagar impuestos, predial y valorización, no hay que caminar mucho”.

Por la calle que lleva a la Placita cuyabra, existían hoteles para viajeros de la Flota Magdalena: hoy esterminal de “yipis”, venta de zapatos de segunda y chucherías en el piso.

Los lotes donde estuvieron la sastrería de don Serafín, las casas de mis amigos, las ventas de tomates, cebollas y escombros del terremoto, fueron ocupados por talleres de reparación de carros y artículos eléctricos.

Un vendedor ambulante con un manojo de cebolla se acercó. Le pregunté cómo iba la venta y se dio gusto contando:

“Un amigo vendía revuelto al por mayor y me llamó. Yo me vine de Cartago y la pegué aquí. Invité a mi cuñado. Entre varios vendemos y ahí vamos. Hay que buscar la yuca”.

Aunque a toda hora después del terremoto el sector fue peligroso, hoy los dueños de los negocios vigilan para que la presencia de atracadores no ahuyente la clientela, en la noche hay sombras que fuman acechando su oportunidad.

En la calle quince, estuvo La Bastilla, sitio de reunión de billaristas, camioneros, negociantes. Uno de ellos, don Leonidas Castellanos, musculoso, de bigote, cabello oscuro con entradas profundas, que compró una tienda pequeña en una de las esquinas, ganó clientela y gracias a su habilidad para comerciar y ahorrar, vendió su pequeño negocio para comprar la tienda de enfrente, donde hizo fortuna gracias a sus negocios de transporte de plátanos y yucas en sus camiones o piraguas, a otras ciudades. Además de la venta de costales al por mayor, entretenía sus ratos libres en jugar parques sin apuestas con sus amigos, que admiraban su honradez y el inmenso anillo de oro en su dedo anular izquierdo.

Hoy entre las calles 15 y 14, los negocios ofertan sanitarios y lavamanos de segunda, revistas y libros viejos, victrolas y tocadiscos; pedazos oxidados de puertas y ventanas; escombros del terremoto; sillas de plástico. Me detengo ante un arrume de libros y revistas en pésimo estado, y el dueño me ofrece la silla que ocupa. “Lleve el que quiera, tengo de varios precios”. En las revistas leo fechas de hace tres o cuatro años. Las carátulas de los libros apenas dejan adivinar sus títulos. Hojeo algunos y sus páginas presentan manchas de humedad o restos de comida. “Cuando joven leí mucho. Ahora no tengo tiempo. Estoy dedicado al negocio”. El hábito no hace al monje, pienso, ¿Cuál me recomienda? Toma uno y después de cinco minutos entiendo que no tengo necesidad de comprarlo: “Los Miserables” quedan reducidos a breve sinopsis. “La gente no lee ni regalado. ¿Quiere tinto?”, dice al ver frustrado el negocio y llama a gritos a la muchacha de ojos verdes, una vendedoras que carga termos de tinto, canastas de empanadas y chorizos, que hace la delicia visual de transeúntes, compradores, gente honrada y atracadores; expendedores de marihuana y basuco camuflados entre vendedores de cigarrillos, y minutos de celular.

La carrera veinte es un micro mundo que conecta con otros cuando el dinero cambia de manos: el producido de las ventas termina para muchos en la placita cuyabra, y en toldos que invaden otras calles de Armenia.

Paso frente a los sitios que ocuparon Eduardo el peluquero, don Miguel el carbonero, Toño y sus bicicletas de alquiler, y la tostadora que regaba por la cuadra su olor a café.

En la esquina de la 14 con 20 me pregunto qué fue de Santiago Cuero y su taller de camiones Diesel; del inquilinato Corea, y del cual aún no sé si lo llamaban así en honor a la guerra, o porque nunca faltó una pelea.

Don Carlos y su fuente de soda La Canoa, es hoy un “tintiadero”. El local donde funcionó el Bar Halis está intacto, pero ya no acuden cocacolos y cocacolas de otras épocas, a bailar toda la noche con una cerveza, sino compradores de artículos para motos.

En la misma cuadra no hay rastros del terremoto, los negocios suben de categoría y el ambiente es diferente; cuelgan cascos, lujos y chalecos; las vendedoras laboran desde las ocho de la mañana hasta pasadas las siete de la noche.

Paso por la cuadra donde una vez estuvo el almacén de muebles a crédito de don Carlos, la casa del señor Montes, negociante de arena; la de Simón Bolívar, el carnicero; la Academia SAM; la tienda Puerta del Sol de don Antonio, vendedor de kumis batido en chocolatera; la tienda Veracruz y sus cajones con maíz, fríjoles y papas, donde podía sentarse la clientela a conversar con los dueños, otro don Leonidas y su esposa.

Entre las calles 13 y 12, en el garaje donde la Iglesia pentecostal unida de Colombia inició sus sermones, y en las casas de familia de antes, hoy encuentro almacenes de repuestos para Mazda, Renault y Corsa; allí no se consigue una tuerca o un tornillo para carros Studebaker, Pontiac o Cadillac.

Terminado el recorrido y de regreso, desoída la advertencia del músico, regreso a inspeccionar la calle diez y seis, rumbo a la carrera veintiuna. A mitad de cuadra, junto al muro invadido de enredaderas, un drogadicto me ordena: “bájese el celular”. Nadie ve ni oye nada; corro hasta la boca del túnel, troto por la loma, paso frente al taller de Agua brava, me detengo en la calle diez y siete a comprobar que aún conservo, en el bolsillo, mi libreta de apuntes.

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