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La Cosecha  |  18 octubre de 2018  |  12:00 AM |  Escrito por: Laura Barrios Quintero

Partería: Zorayda, la vida y sus plantas

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En Buenaventura, el puerto que se levanta a orillas de la costa Pacífica colombiana, existe un grupo de mujeres de todas las edades que empujadas por sus tradiciones africanas ejercen el arte ancestral de traer vida al mundo.

Mujeres de amplia y sonora sonrisa que suena como un currulao, mujeres de manos grandes y tersas educadas en la escuela de la naturaleza que a través de su tradición cultural le muestran al mundo otra forma de nacer, donde venir al mundo más que un evento médico programado, es una fiesta de bienvenida, una fiesta donde suenan la marimba, la guasá, el bombo y el cununo, una fiesta en la que se le canta a la vida.

En ese contraste entre la vida y la muerte, la riqueza cultural y la pobreza extrema, la risa y la angustia, vive Zorayda Gallego, la matrona del barrio Unión de Vivienda, ubicado en la comuna 12 de Buenaventura, la más poblada y el escenario de esa aparente condena que somete al puerto a repetir su trágica historia marcada por la coca, la guerrilla, los paramilitares y las masacres. Zorayda trae vida y cura enfermedades en un barrio marcado por fronteras invisibles donde en las fachadas de las casas de madera y zinc se leen mensajes como “por sapos” “los Urabeños” y otro montón de letras rojas que hablan de la muerte y la violencia.

Desplazada, huyendo de López de Micay, Cauca, Zorayda levantó su casa en Unión de Vivienda y allí se ganó el respeto de los buenos y los no tan buenos. A su casa se llega por una calle destapada, después de bajar una loma donde el terreno no es estable, a su casa se entra por una puerta pequeña y tras un corredor oscuro se abre ante los ojos un solar grande donde la matrona sembró todos sus saberes, donde la matrona tiene su arsenal para curar ojo y dolores, donde tiene sus yerbas, las yerbas que usa para las tomas, las yerbas que usa para ese ritual tan íntimo entre ella, la madre y el niño que llegará a este mundo en medio de cánticos.

Cuando Zorayda habla de su oficio, en sus ojos pequeños se ve su orgullo, como ella misma dice “el orgullo de uno ser partera es cuando uno se pone a partear y saca a sus niños, eso da una alegría y le provoca a uno seguir parteando y parteando”.

La experiencia de Zorayda, de la que hoy se nutre su nieta Dailin, la obtuvo mientras paría a sus hijos en su pueblo natal, “yo tuve muchos hijos y todos los tuve con partera, entonces lo que las parteras me hacían a mí, yo lo iba acatando (…) pero mire lo que es la vida, a mí se me murieron muchos niños porque no sabía planta pa' curar ojo, no sabía nada, pero mi Dios me enseñó y a mí me gusta todo lo que es de plantas”, cuenta.

La matrona tiene hoy bajo su orientación a Dailin, la única de sus nietas que quiere dar continuidad y salvaguardar esta tradición. Dailin, como su abuela al momento de su primer parto, siente nervios del día en el que sea ella quien tenga que recibir a un pequeño. De ese día, Zorayda recuerda el escalofrío y el temblor que le recorría el cuerpo: “en el primer parto me dio ganas de hacer de todo, lloraba, da nervios la primera vez que uno va a sacar a un niño”, comenta la abuela y maestra mientras no oculta su felicidad por la admiración que le profesa su nieta. “Me siento alegre y le digo que ponga mucho cuidado, uno con lo que aprende, se mantiene”.

Por su parte, Dailin, tímida y de pocas palabras, dice que en vez de estar en la calle “haciendo lo que no se debe”, ella está con su abuela viendo como esta trae a un niño al mundo. “Me siento orgullosa de tener mi abuela partera y de yo poder ser como ella”, concluye la pequeña.

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