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Cultura  |  16 septiembre de 2018  |  12:00 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

Los Galleros del Alto de la Piña

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Los Galleros del Alto de la Piña

Una crónica de Luis Carlos Vélez Barrios.

Antes de llegar a la curva diviso la caseta. Recuerdo que llevo tiempo sin noticias del hombre que vende piñas al borde de la vía que lleva a Caicedonia; enciendo las estacionarias. Aminoro la marcha para observar. El sitio está desolado, abandonado, sin rastro del piñero. Bajo el techo soportado por una docena de guaduas: bancas solitarias, una mesa fija al piso, y el viento levantando remolinos de polvo sobre el piso de tierra. A un lado del camino, más allá de las cercas, las enredaderas secas por el sol: los cafetales de hojas chamuscadas, sin flores adornan este tramo vial del paisaje cultural cafetero.

Aumento la velocidad, me pregunto qué camino tomó el hombre delgado, de cachucha y bigote canoso que, para atraer a los viajeros y ofrecer su producto, mientras pelaba piñas en segundos a los numerosos compradores, hacía gala de destrezas con el machete corto.

Meses después, un domingo, lo encuentro en una esquina de la plaza de Bolívar de Caicedonia, con su carreta de piñas. Sentado en una banca, de camisón blanco inmaculado y largo, de mangas cortas, departe con dos o tres amigos, a la espera de compradores. El pavimento reverbera a las dos de la tarde. En las bancas del parque los niños juegan ante la mirada vigilante de sus padres y de los vendedores de helados y cremas que buscan amparo a la sombra de los árboles. Las palomas descienden con suavidad a picotear los restos de galletas o fruta, hacen su tarea de aseo, hasta que alguien con una bolsa arroja granos de maíz. Basta un brusco movimiento para que el aleteo de espanto las remonte al árbol de sus nidos. En la carreta, las piñas sin pelar y la bandeja con bolsas plásticas con rebanadas a un lado, dan cuenta de la escasa la venta.

Me acerco; a mi saludo el piñero se pone de pie animado, sin esperar, dice:

-La quiere en rodajas o se la pelo en segundos…-.

-¿A cómo la bolsa?

-A mil-.

-¿Y cuánto pelada?

-Dos mil-.

Al verme calcular toma el machete seguro de cuál será mi elección, y alza la voz:

-¿Quiere las rebanadas en la bandeja o en la bolsa?

Ocho días después en el rancho del camino hay otro vendedor. En Caicedonia no encuentro al piñero en la esquina de la plaza. Perdido su rastro regreso al rancho del camino a preguntar por él. Mientras el nuevo vendedor pela lentamente la piña pedida, tomo fotos del lugar.

-Amigo, ¿qué se hizo el señor que antes pelaba piñas aquí? Lo busqué en Caicedonia y…-.

-Ah, ¿Rodrigo Valencia? Somos muy amigos. Mi nombre es Juan Bautista Cataño, mucho gusto, me puede decir Juan Piña. Me veo con Rodrigo todos los días en la esquina del café As de oros. Ahí tiene la carreta-.

-¿Dónde queda?-.

Juan Piña se prodiga en información minuciosa, propia de quienes se interesan en atender bien a los visitantes:

-As de oros está en una esquina de la plaza de Las palmas…no en la esquina de Puerto Bochinche, donde se reúnen los camioneros de Trans Tarugo a comentar de fútbol, mujeres, mejor dicho, pregunte a cualquiera por ahí…-.

Puesta la piña pelada en la bandeja, disfruto su olor esparcido bajo el escampadero, paladeó su sabor oro miel, y mientras recibo el trato amable y pintoresco de Juan, pregunto:

-¿Por qué tarugo?-.

-Es que en esa cuadra mantenía un anciano con un nieto bobito, y comían mucha, hasta atarugarse, mazamorra con pan; a veces había que ayudarlos con golpes en la espalda. Por eso le dicen así-.

Juan Piña, un hombre delgado, de ojos verdes, pregunta si tengo celular, y sin esperar respuesta se ofrece a enviarme un video de su amigo Rodrigo. Recuerdo el que grabé días antes y prometo enviárselo.

-El abuelo mantenía en la camioneta verde una bacinilla para el niño. Esto por aquí lo llaman el Alto de la piña. El caminito que ve lleva a la finca Las Gurrías-.

Agotada la piña, a mi despedida, dice Juan:

-Ahora voy al As de oros. ¿Si lo encuentro qué le digo?-.

-Gracias. Por favor, dígale que necesito hablar con él-.

-Esta noche o mañana le aviso-.

Me despido y Juan va al fondo, a tenderse en la hamaca vieja extendida a la sombra del escampadero encerrado con latas de guadua.

En el video que recibo, Rodrigo Valencia, en el Alto de la piña, aún de cabellos negros, camisón y tenis blancos, espera, sin mirar al “camarógrafo”, la orden para grabar en tiempo record su habilidad de pelador de piñas. “Arranque a pelar la piña, a ver cómo es. Campeón mundial de pelada de piña, vea”, dice el desconocido, y al fondo la risa de quienes disfrutan el espectáculo: En tres segundos rebana la cáscara de la parte superior…La gira en el aire, y sujeta por el cogote, Rodrigo tarda quince segundos en terminar el rebanado; después de aplicar cinco cortes verticales, extrae el corazón con la punta del cuchillo para lanzarlo, en un gesto de suficiencia, al otro lado de la cerca. Las risas acompañan la exhibición, Rodrigo se dirige al “camarógrafo”, al tiempo que otra voz anuncia, “No van sino diez y ocho segundos”, la filmación termina, y la línea de duración total marca veintitrés segundos.

Dos días después, martes, en As de oros, espero con Juan Piña, la llegada de Rodrigo.

Ante la tardanza, vamos a buscarlo al taller de mecánica donde vive. Estrecho su mano fuerte empedrada de callosidades.

-Estoy trasnochado, los ruidos, los pitos de los carros, no me dejaron dormir. Nos vemos a las dos y media en el café Burila, frente a La esquina del buñuelo. Soy cumplido.

Rodrigo se despide y Juan invita:

-Vamos al restaurante Las Mariposas, el de Shirley y su hija Gloria. Más abajo de la galería. El almuerzo de “combate” es a cuatro mil-.

Entre cucharada y bocado, rodeados de mariposas de papel pegadas a la pared, cuenta que las piñas compradas en las fincas para su negocio en el Alto de la piña, las llevaban en moto.

-Rodrigo es descomplicado, de muchos amigos. Cuando se enferma le llevan los remedios. No fuma ni bebe, vive al día. Volador hecho volador quemado. Nunca cambia…Tiene amores que nadie conoce. Es muy reservado… Ese negocio del alto es un escampadero para los caminantes. Nos rebuscamos la vida. Hacemos trasteos en camionetas prestadas por los amigos. Cogemos café, descargamos viajes de frutas aquí en la plaza. Nunca nos varamos. Somos toderos. Siempre resulta algo para hacer y ahí vamos…batallando…Allá en el Alto Rodrigo vendía chicha, jugo de piña. La bodega para guardar piñas o “gallos” es el cafetal vecino.

-¿A qué llaman “gallos”?-.

-Piñas de encarte, no muy grandes, pero buenas. Las compramos baratas y dan más utilidad. Las piñas oro miel se venden como arroz-.

Juan no tiene reloj, pregunta la hora a la dueña de Las mariposas. Se despide para no vernos más este día, y voy al Burila a distraer la espera viendo billaristas.

Aparece Rodrigo. Otra vez el apretón encallecido. Le ofrezco cerveza y pide gaseosa. Tengo la certeza de que intuye el motivo de mi visita. Bebe un sorbo largo y empieza por decir:

-Nací en Ceilán, un caserío en la vereda La mina. Mis padres tenían una finca en Piedra Gorda, por Tuluá. Tenían tres bestias para sacar los productos. Murieron los caballos y la finca se vino abajo. Muy niño vine a Caicedonia con un costal a vender pollos. En uno de esos viajes me fui de “pega” en el camión que entraba a comprar yuca en la finca que está frente al escampadero. El camión se varó y mientras lo reparaban me di cuenta de que alimentaban las gallinas con piñas que llamaban “gallos”, que no vendían por pequeñas. Y ahí fue. Descubrí que ahí estaba el negocio y le propuse al dueño de la finca comprarle los “gallos”. Viajé con mi hermano Fernando a recoger las piñas que compré, a ocho pesos cada una. Estábamos muy jóvenes. Pedí permiso a los viejitos que tenían en el escampadero, una venta de huevos, yucas, papas, panela y otras cositas. Por cierto los atracaron varias veces. Creo que por tener compañía, nos dejaron trabajar en un “campito”. Mi hermano se “abrió” y yo me pelaba un jipao diario. Además vendía papayas, mangos. Me iba muy bien pero por “descabezao” todo terminaba en La diez, a la entrada del pueblo, en la zona de tolerancia.

Pregunto si vivió la época de la violencia en Caicedonia, y contesta que apenas escuchó a su padre contar historias de asaltos y matanzas. Nací en el cincuenta y seis.

Bebe otro sorbo y sacude al piso el índice que secó el sudor de su frente. Quienes entran saludan a Rodrigo, responde con la mano y prosigue:

-Fernando vendía pollo y compraba chatarra en una carreta, para venderla en Pica pica, una chatarrería, aquí abajo. Fui jornalero, cogí café. Me casé, tuve tres hijos. El mayor murió. Tengo dos años de primaria-.

A mi pregunta si alguna vez lo asaltaron:

-Dos veces pero a uno fue mal. Ahí mismo le “motilé el cuero de la cabeza” con el cuchillo de pelar piña. El cuero peludo le colgaba. Al otro lo encontré en Barcelona. Lo reconocí por las botas amarillas. Me alcanzó a ver y salió corriendo, los amigos que sabían gritaban “Lo va a dejar volar…lo va a dejar volar”. Lo agarraron. La policía de Rioverde, cuando había inspección ahí, subió y se lo llevó.

-¿Cuántas piñas vendía diarias?-.

-Un día bueno, domingos sobre todo, vendía quinientas, un día regular cien. Vendí fritanga, chicha, jugos, tamales, aborrajados, rellena, empanadas. En esa época la vía al Valle era por aquí. Después hicieron la vía por el otro lado, por El alambrado, y se acabó el negocio. Vendí piñas “gallos” por el puente de Balboa y la “Y”, pero la envidia de los vendedores de tortas y chorizos me sacó de allá-.

Rodrigo sonríe, apura otro sorbo y remata sin amargura:

-Jodidos pero de buen genio. En la esquina del buñuelo estuve dos años. Con Juan Cataño, mi amigo, trabajo transportando escombros, guaduas, cisco, corotos. Hago relevos de vigilancia desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana, por eso me encontró medio dormido, usted sabe que de día hay mucho ruido en los talleres-.

Noto su cansancio; para no agotarlo aprovecho las palabras de Juan Piña y pregunto en qué otros lugares trabajó.

-Trabajé en el barrio Pinares de Armenia, pero igual, la envidia de los revuelteros me echo la policía encima. Alquilé una pieza en el mismo barrio, y una bodega. Me vendía quinientos mil diarios en piñas, peras, uvas, moras, granadillas, mandarina, papaya, empacadas en bolsas plásticas a cinco mil pesos. Decían que invadía el espacio público. Recorrí las calles de Calarcá ofreciendo a gritos lo que vendía en la carreta; terminé vigilando un taller de mecánica durante tres años y medio.

Le ofrezco otra gaseosa; no acepta, y responde en orden a mis preguntas finales:

-No lloro porque se fue, sino porque no se ha ido. Solo tuve tres amores. No tengo enemigos. Al socio ventajoso o perezoso que en vez de socio quiere hacer de cajero, lo saco con disimulo del negocio. Mientras no falte dormida y comida, la vida es mía. No uso celular. Me gusta la música ecuatoriana. Veo televisión, aunque hace días, muchos ya, tengo el aparato en reparación. El país va bien…mal. Mi herramienta son mis manos. Una vez me picó no sé qué bicho, me rasqué, se me infectó y estuve jodido quince días, pero llegaron mis amigos. Mi deporte es el trabajo.

Antes de despedirme le muestro mi vídeo donde aparece encanecido, y el de Juan. Calla, toca sus cabellos, y dice:

-Repítalos-.

A pedido suyo lo hago varias veces, mira a los billaristas, y dice en voz baja:

-En el suyo me demoro veintiocho segundos. No me sirve. Algunos turistas dijeron que podía presentarme a gines recors (Guinnes World Records), pero, ¿Usted qué dice?-.

Ante mi silencio, remata con algo que puedo tomar como un cambio de tema o un indicio de que llegó su hora de ir a dormir:

-Un día llegó al rancho del Alto de la piña un español, y dijo que le cuidara mientras volvía, una lombriz que llevaba en una chuspa con tierra…pero es otra historia que le cuento otro día…-. Y añade: ¿Cierto que es rico el sabor de la piña oro miel, cierto?-.

Mi boca se vuelve agua. Rodrigo se pone de pie, sus ojos azules enrojecidos marcan el final de una conversación que se torna penosa. Calle abajo, Rodrigo saluda, ríe a derecha e izquierda, a sus amigos. En el parque no juegan los niños, sólo, de vez en cuando un aleteo corto de palomas hambrientas, sobre el piso que reverbera.

De regreso, mientras disfruto los paisajes del patrimonio cultural cafetero, observo el escampadero solitario y sin hamaca, pienso que otro día volveré a la esquina del As de oros, a escuchar la historia de la lombriz.

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