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Columnistas  |  01 marzo de 2024  |  12:00 AM |  Escrito por: Pedro Elías Martínez

Torre de babel

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Pedro Elías Martínez

Pedro Elías Martínez

Cuando todos hablaban el mismo idioma, los reportajes de las comadres tuvieron importancia mundial. Se transmitían por las redes sociales de los maravillosos tiempos de la antigüedad, gritando de una montaña a otra o por medio de señales de humo.

Sin motivo aparente los caciques tribales hicieron cueva aparte y cada uno les cambió la lengua a sus electores. Comenzaron a llamar las cosas de otra manera y quedamos incomunicados. Algunos culpan a los contratistas de la torre de Babel, cuyos planos y negocios enrevesados originaron la confusión de lenguas y las bestialidades de los traductores.

Sea como sea, para mejorar la comunicación global inmediata, la humanidad debió esperar hasta el siglo de la inteligencia artificial. A través de internet los chismes cobijan el planeta en menos de un segundo, traducidos a miles de idiomas, jergas, dialectos y lenguas vivas y muertas.

¡Hermoso el tiempo de la humanidad de una sola lengua! Se entendían camaradas y gringos del paleolítico, los pobres con los acomodados, los borrachos con los cantineros, el lobo y el cordero, las señoras con los maridos. Ahora cada quien maneja su idioma personal y con sus propias reglas intenta imponerlo a los demás.

Aparte de las señas, los mortales podemos hablar con emoticonos y jeroglíficos. Hay más idiomas que países, tantas jerigonzas como entidades, tantos guirigayes como partidos políticos. La internet es la nueva torre de Babel.

Como dijo Nicolás Buenaventura, confundimos en ella el nicho del santo con el puesto del delincuente, sin distinguir al señor de la señora, el bandido del congresista, el sabio del sabiondo, la víctima del victimario.

Regresamos a la torre de Babel para entendernos.

Previendo la degradación de las lenguas, el oftalmólogo polaco Luis Lázaro Zamenhof inventó el esperanto, el idioma ecuménico para sustituir el lenguaje de la guerra y de los armamentos.

Aunque existen hablantes en muchos lugares del mundo, el esperanto no goza de popularidad.

Afortunadamente la vida evoluciona y no hay motivo para deslenguarnos. Una variante del esperanto empieza a conversarse en todas partes, el nuevo esperanto, una especie de lengua nativa y democrática, hablada hoy por millones de individuos de distintos pueblos, ámbitos y escaleras sociales.

Sin diccionario ni reglas de sintaxis definidas todavía, es la lengua oficial de la ONU, donde se habla con infinita complacencia. En ella se expresan también las personalidades del mundo, mandatarios, reyes, banqueros, narcos, periodistas, gerentes, políticos y hasta el inepto vulgo. El otro día leí en alguna parte, no sé dónde, el Elogio para el nuevo esperanto, idioma del presente y el futuro:

¡Lenguaje universal nunca alabado

por foros y academias! Hace rato

lo conversa el vicioso y el beato

la comadre, el ladrón y el potentado.

 

Es la lengua de Cámara y Senado

que hablan por igual los de alto estrato,

presidente, empresario, magistrado,

y el humilde elector, que paga el pato.

 

En todos los lugares del planeta

del letrado hasta el más analfabeta,

tibios, derechistas o de izquierda,

 

burros, sabios, beatos y paganos,

mandamases y hambrientos ciudadanos,

hablan el mismo idioma: ¡pura mierda!

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