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Cultura  |  22 febrero de 2024  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

La tragedia silenciada: Roberto Pineda habla del holocausto cauchero en el Amazonas

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Roberto Pineda

En medio de la conmemoración del centenario de 'La vorágine', de José Eustasio Rivera, el antropólogo Roberto Pineda Camacho habla sobre el devastador impacto del genocidio causado por los caucheros en las comunidades indígenas del Amazonas.

El antropólogo colombiano Roberto Pineda Camacho conoce muy bien cómo el holocausto cauchero afectó a las comunidades indígenas del Amazonas, especialmente a los andoques. Llegó allá a finales de los años 60, cuando era estudiante, y encontró una comunidad que aún sufría las consecuencias de un hecho que, para entonces, el país había olvidado (o trataba como producto de la ficción).

Sus libros Holocausto en el Amazonas: una historia social de la Casa Arana (2000) o Los huérfanos de La vorágine (2014) cuentan esa historia, y sus consecuencias, a través de testimonios de los sobrevivientes y sus hijos e hijas.

Son pocos quienes pueden abordar con la misma profundidad la masacre indígena desencadenada por la explotación cauchera y su enfoque extractivista. La misma que José Eustasio Rivera denunció en La vorágine, hace 100 años, aunque, como el propio Pineda explica, sin éxito: escasamente en el país vieron su novela como una denuncia social, más bien una exaltación literaria sobre la barbarie de la selva.

Minculturas: ¿Cómo se acercó por primera vez a la historia de los indígenas afectados por el holocausto cauchero?​

Roberto Pineda: Fue un proceso que fuimos descubriendo paulatinamente con mi profesor, el lingüista Joan Landaburu. Nosotros (algunos estudiantes y el profesor) llegamos al Amazonas a finales de 1969. La idea que teníamos inicialmente era que todos esos grupos indígenas que vivían allí, poco conocidos, tenían una vida muy tradicional, al margen de la civilización, en sus malocas y con sus bailes.

Sin embargo, Landaburu y yo nos aventuramos hacia el territorio de los andoques, un espacio complejo: la Colonia Penal de Araracuara. Aunque fuimos recibidos por una comunidad festiva, inmersa en la celebración del ritual del Chontaduro con cantos y danzas (actividades que para ellos son inseparables), un mes después, mientras compartíamos en el mambeadero con ellos, empezamos a escuchar relatos que irrumpieron de manera sorprendente y perturbadora.

Minculturas: Las historias sobre la época de las caucherías…​

Roberto Pineda: Primero empezaron a contarnos cómo ellos antes eran muchísima gente y ahora eran muy poquitos. Y luego, a través de la tradición oral, fuimos conociendo los relatos de lo que había sucedido, a algunos de ellos en persona, porque todavía, para entonces, había algunos ancianos y ancianas que habían vivido el mundo de La Casa Arana. Básicamente nos contaron que ellos habían sido víctimas de genocidio, algo que nosotros no sabíamos.

Minculturas: ¿Ya ustedes habían leído ‘La vorágine’?​

Roberto Pineda: Habíamos leído La vorágine, claro, pero la novela se interpretaba más como un relato sobre la selva. La selva era el personaje. De hecho, cuando volvimos a Bogotá  empezamos a releerla y nos encontramos esa otra lectura más de denuncia social. Nos dimos cuenta que esa memoria se había olvidado y que había una amnesia nacional relativa sobre el holocausto por el caucho. Esos acontecimientos habían sido un escándalo mundial, entre 1910 y 1915, pero para ese entonces, hablamos de los años 60 y 70, se habían borrado. La gente conocía los relatos, pero los trataba como literatura, como narraciones de ficción. Y esa lectura la rechazaba José Eustasio Rivera.

José Eustasio Rivera escribió ‘La vorágine’ en un cuaderno de contabilidad. Allí denunció el genocidio contra los indígenas del Amazonas. Pero por años la novela se leyó, erroneamente, como una ficción sobre la barbarie de la selva.

Minculturas: ¿A qué se refiere con que José Eustasio Rivera rechazaba esa lectura?​

Roberto Pineda: Rivera solía decir que “La vorágine se lee, pero no se entiende”, porque lo que él quería transmitir, precisamente, era ese mensaje de justicia social. Para la muestra esa famosa carta al poeta bogotano Luis Trigueros, en la que le dice:

“Más lo que no puedo perdonarte nunca es el silencio que guardas con relación a la trascendencia sociológica de La vorágine, que es el mejor aspecto de la obra (...) Dios sabe que al componer mi libro no obedecí a otro móvil que el de buscar la redención de esos infelices que tienen la selva por cárcel. Sin embargo, lejos de conseguirlo, les agravé la situación, pues solo he logrado hacer mitológicos sus padecimientos y novelescas las torturas que los aniquilan”.

A partir de ahí, empezamos a descubrir que había una especie de amnesia colectiva que sería interesante investigar.​

Minculturas: ¿Qué tanto lo que había ocurrido en la época de las caucherías afectaba a la comunidad en ese momento?​

Roberto Pineda: Ellos se veían tranquilos, emocionalmente tranquilos. Pero cuando nos empezaron a contar más historias y relatos míticos empezamos a ver que tenían un sentimiento de aflicción que, aunque no los abrumaba completamente, los afectaba de cierta manera.

Y claro: esa situación había separado familias y había acabado con gran parte de la población. Los que seguían ahí eran unos pocos, una pequeña sociedad de unas 150 personas en la que no solo había andoques, también huitotos y miembros de otras comunidades. Al inicio entendíamos que eran unos sobrevivientes, una comunidad de huérfanos, pero no acabábamos de entender todas las consecuencias de lo que habían vivido.

Hoy sabemos que estaban en un estado de trauma. La abogada huitoto Fany Kuiru Castro, quien ha investigado el tema, cuenta que cuando llegaban los barcos de Iquitos, Perú, a las niñas les daba miedo porque, por las historias que les habían contado sus mamás, pensaban que de pronto podrían aparecer otra vez los caucheros.

Esta portada de La vorágine muestra la foto de un indígena andoque en plena época de las caucheras.

Minculturas: ¿Por qué decidió escribir ‘Holocausto en el Amazonas: una historia social de la Casa Arana’ 30 años después?​

Roberto Pineda: Creí que otras personas iban a escribir la historia del caucho. Luego tuve que hacer mi tesis y pregunté sobre el origen de los andoques. Y aunque pensé que encontraría una historia tradicional al estilo de los tukano y la anaconda que asciende por el río, me contaron un relato que era sobre el origen del hacha de acero. Ellos se denominan como gente del hacha: tenían una mitología muy influenciada por hechos históricos, porque en el siglo XVIII los portugueses llegaban por el río para intercambiar hachas de acero por indígenas.

De ahí surge la idea de hacer, después de varios años, la historia del holocausto del caucho. Y, efectivamente, empezamos a trabajar ese libro a partir de testimonios orales de hombres y mujeres de la comunidad.  Aunque, lamentablemente, olvidamos en ese momento hacer más historias de mujeres; de cierta forma consideramos que los hombres eran los que habían tenido el papel fundamental. Ya luego entendimos, un poco tardíamente, que las mujeres también tenían mucho por contar.

Minculturas: ¿Cuál fue el principal reto a la hora de escribir el libro?​​

Roberto Pineda: Decidir cómo conversar y cómo escribir sobre este tema. Al comprender la sensibilidad del tema, nos dimos cuenta de que preguntarles sobre el holocausto no siempre era adecuado. Para ellos, la historia es como un canasto donde se guardan todos los sucesos, y recordar los hechos históricos es revivir esas situaciones. Mientras que nosotros podemos hablar de las masacres de otros grupos con cierta distancia, para ellos es algo profundamente personal. Una vez, durante una entrevista a un abuelo, una pregunta imprudente generó un silencio incómodo y él se retiró emocionalmente afectado. Fue entonces cuando comprendí que esa herida aún no había sanado por completo.​

Minculturas: ¿Las comunidades han logrado recuperarse de las consecuencias de ese holocausto?​

Roberto Pineda: Desde que nosotros llegamos, hace 60 años, había un esfuerzo colectivo de esos grupos para superar lo que ellos llamaban ‘la rabia’. El capitán de los andoques en ese momento decía en las reuniones: “no miremos para atrás, miremos para adelante”.

No fue fácil: como la mayoría de la gente de los clanes había desaparecido, se habían reunido en unos grupos multiétnicos en donde convivían incluso antiguos enemigos. Tuvieron que crear una nueva convivencia inestable. Claro que hubo conflictos, pero la idea de convivir terminó siendo fundamental porque en el fondo sentían que todos eran huérfanos y tenían que superarse. Hoy siento que son un ejemplo de reconstrucción cultural.

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