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Columnistas  |  03 diciembre de 2023  |  12:00 AM |  Escrito por: Agostino Abate Pbro.

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Agostino Abate Pbro.

Agostino Abate

Al margen de los Grados de Filosofía y Teología en el Seminario Mayor Juan Pablo II.

Es algo muy especial, mejor único, poder participar en la misma ceremonia de grado, a los grados de filosofía y teología y más aún en un seminario de la Iglesia Católica. Les explico el porqué. En la Edad Media, en la mal llamada época oscura y oscurantista, la Iglesia Católica le hizo al mundo occidental el regalo más grande de su historia: la creación de la Universidad.

Precisamente alrededor del 1200 adyacentes a las grandes catedrales europeas se comenzó a enseñar filosofía y teología como materias preparatorias antes de llegar al trívium gramática, retórica y lógica, y luego al cuadrivium con las artes liberales aritmética, geometría, música y astronomía.

Desde el comienzo de la universidad siempre ha sido emblemática la discusión acerca de la posible armónica convivencia del binomio ciencia-fe donde la razón da credibilidad a la fe y la fe ilumina la razón en su libre búsqueda.

Esos postulados, la filosofía medieval, los condensó con Anselmo de Caterbury en un conocido aforismo, naturalmente en latín, idioma de la época: “Fides quaerens intelectum, intelectus quaerens fidem”. Esto es, la fe busca el sustento de la razón y la razón busca entender lo que se cree por fe.

Esta convivencia armónica entre fe y razón la encontramos hoy en el acto solemne con el cual culmina un nuevo año académico en el Seminario Mayor Juan Pablo II. Y todo parecería una luminosa realidad. Julián y Rafael terminan el ciclo filosófico y Luis David y Alejandro su ciclo teológico en un lugar donde pareciera normal conjugar ciencia y fe, razón y fe.

Sin embargo, por una insidiosa deslealtad cultural se ha hecho posible, en parte por la ambigüedad y la fragilidad de los cristianos, que no profundizan en su fe y que a menudo buscan en pozos ajenos sin haber profundizado antes en el propio, el consolidarse de una vaga idea de cristianismo, entendido como discurso, doctrina, hasta incluso fabula o moraleja mientras el cristianismo es antes que nada un hecho; el de un Hombre que ha entrado en las categorías de los hombres, ayudándoles con la revelación a descubrir lo que la razón no hubiera podido alcanzar.

La revelación es como la irrupción de lo divino en ayuda de la inteligencia humana que busca la verdad. Es decir, a una búsqueda plurimilenaria de la razón intentando contestar a una infinidad de preguntas y de porqués, se produjo en la historia una inesperada respuesta: la revelación.

Sin embargo, para la filosofía la revelación no podría ser más que una hipótesis. Pero, como toda hipótesis puede ser perfectamente razonable, plenamente inscrita dentro de la categoría de las posibilidades. La filosofía, si es auténtica, debe saber explorar todas las hipótesis. Aun la hipótesis de una iluminación exterior de la razón. De hecho, la razón no consigue decir nada sobre lo que hay escondido en el Misterio ni puede decir lo que el Misterio puede o no puede hacer: para ser fiel a sí misma la razón no puede excluir nada de lo que el Misterio pueda emprender.

Si la razón pretendiese imponer una medida a lo divino, por ejemplo, si lo considerara imposibilitado para entrar de alguna manera en el juego del hombre y sostenerlo en su camino, si llegase a la negación de la revelación, sería un intento que llevaría a cabo la razón para imponer a Dios una imagen propia. De hecho, a menudo el filósofo expone las categorías de Dios, describe sus propiedades y luego afirma que ese Dios, proyectado por él mismo, no existe. Actuar así es un gesto de extrema irracionalidad.

Ciertamente el anuncio cristiano que afirma que, a la búsqueda de la verdad, a tientas, por parte del hombre, se dio una respuesta por medio de Alguien que se presentó diciendo: “yo soy el camino, la verdad y la vida” y “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”, es demasiado grande para no suscitar reacciones. De hecho, a menudo en la historia se ha querido confinar este anuncio en las iglesias y en las conciencias. Ningún otro anuncio puede causar más reacciones en pro o en contra como semejante pretensión.

Afirmar el contenido cristiano, afirmar que existe una revelación que desde afuera ilumina la razón parece despotismo. Pero, ¿es despotismo dar noticia de algo acaecido, por muy grande que sea? No se trata de humillar la razón, sino abrirla a entender. Una inteligencia que reconozca indicios a fin de hallar la certeza existencial sobre algo fundamental para su existencia, es una inteligencia mucho más abierta de la que niegue a priori de poderlo hacer.

La pretensión cristiana es afirmar que a la búsqueda milenaria del hombre para definir a sí mismo y al mundo, para saber quién es, de dónde viene y para donde va, preguntas en donde se encallaron los existencialistas, a esa búsqueda milenaria, Alguien, vino desde afuera a iluminar la razón. La pretensión cristiana expresada por la fe es, por lo tanto, la de acompañar el pensamiento humano hacia la verdad iluminándolo mediante la revelación, también en nuestra época y sobre todo en nuestra época donde la verdad es buscada, pensada y creída por medio de las estadísticas y de los consensos.

Un consejo a ustedes quienes han conocido las razones de la razón y las razones de la fe y han profundizado ambas pretensiones: nunca dejen de ahondar en el estudio del binomio fe-razón, conscientes que en el diálogo jamás encontrarán contraposiciones sino armónicos consensos. Les revelo un secreto. En mi ya larga experiencia humana nunca tuve la posibilidad de encontrarme con un ateo de carne y hueso. He encontrado muchas personas negligentes en su búsqueda.  

Suerte, Rafael, Julián, Luis David y Alejandro.

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