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Educación  |  18 septiembre de 2022  |  12:22 AM |  Escrito por: Administrador web

Los estudiantes holgazanes siempre han existido

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Josué Carrillo

En días pasados oí cómo mi hijo amonestaba a su pequeño vástago y le decía más o menos las mismas palabras con que yo, cuarenta años atrás, le insistía a él que estudiara, que no perdiera el tiempo, que pensara en que cuando fuera adulto tenía que ser un hombre de bien. Valga anotar que todas las palabras que le repetía eran las mismas que yo había oído de labios de mi mamá, hace más de sesenta años, cuando me anunciaron que tenía que buscar otro colegio, porque ya le había agotado la paciencia a todos, profesores, secretarias, hasta los barrenderos. Un día en la universidad hablaba yo con un profesor y me contaba que cuando era niño, le prestaba más atención y le dedicaba más tiempo al juego en los bellos parques de la ciudad de Viena que a la escuela y al estudio; su padre, formado bajo la rigidez de la milicia prusiana, le recriminaba: jamás llegarás a ser un hombre de provecho, si no te olvidas del juego y los amigos y vas a la escuela con las mismas ganas que pierdes tu tiempo en busca de los nidos de pájaros. También me decía ese profesor que todas esas palabras eran las mismas que el abuelo les recitaba a sus hijos cuando eran niños, tiempos antes de la Gran Guerra.

Muchos años después leí, aunque no he podido recordar dónde, que, entre los griegos en el Siglo de Pericles, siglo V a. C. era común la queja del comportamiento irrespetuoso y desconsiderado de los jóvenes. Pero lo que sí recuerdo, porque recién lo leí en el fascinante libro de Samuel Noah Kramer La historia empieza en Sumer, es que un texto sumerio, de cerca de 3.700 años antes de nuestra era, atestigua cómo para entonces existían muchachos rebeldes y holgazanes que detestaban el estudio y rehuían la escuela, a quienes sí se les pudo haber gritado: “estudien vagos”, y eran un verdadero dolor de cabeza para sus padres.

La escena que cita el autor es tan humana y conocida que, parece haber ocurrido aquí en estos tiempos de hoy; está en diecisiete placas de arcilla en escritura cuneiforme y da cuenta de un muchacho calavera a quien su padre le insiste en que vaya a la escuela, en que deje la vagancia y trabaje, si es que un día quiere llegar a ser un hombre de provecho, además le aconseja ser obediente y respetuoso con el vigilante, que era el encargado de controlar la asistencia y de imponer castigo, en términos modernos era el prefecto de disciplina. Pero el muchacho no se le amilana a su progenitor, le forma un bochinche y le dice estar cansado con esa cantinela y tantos reproches por su manera de vivir. Viene luego la contrarréplica del padre, que no por antigua deja de ser actual, con sus lamentos por la ingratitud del crío; le reconviene recordándole que jamás le ha pedido ayuda en los trabajos de la casa, ni le ha insinuado siquiera que lo mantenga, como sí lo hacen otros padres, y le insta infructuosamente a que estudie para ser un escriba como él. Ante la negativa tenaz del muchacho, el padre se tranza en que por lo menos siga el ejemplo de sus hermanos y sus amigos, pero nada. Al final el pobre viejo termina dándole la bendición; pero como en ese entonces aún no había dioses únicos y verdaderos, esa invocación se la dio en nombre del dios Luna y su esposa la diosa Ningal.

Y si se piensa por qué razón el muchacho era tan renuente a ir a la escuela, hasta se le puede dar razón, porque las escuelas de las ciudades sumerias tuvieron que ser demasiado aburridas, pues en el comienzo la enseñanza y el aprendizaje eran solo de la escritura, con la finalidad de formar escribas que, al parecer, era la profesión más demandada en la sociedad sumeria del tercer milenio antes de Cristo; además, a los estudiantes se les azotaba si llegaban tarde, si se manejaban mal y eran irrespetuosos con sus superiores (me imagino que también si comían o charlaban en clase o si se paraban sin pedir permiso). Las instalaciones físicas tampoco debieron ser una maravilla, pero en este sentido es poco lo que se conoce.

Por lo que a mí toca, entiendo y justifico plenamente el comportamiento de todos los muchachos maquetas, desde los sumerios hasta hoy, porque a ratos la escuela se vuelve muy monótona y en ocasiones los profesores se hacen harto pesados; recuerdo, por ejemplo, que a uno de mis hijos su profesora de primero elemental le parecía muy mala, porque, según él, a ella lo único que le interesaba era que los niños aprendieran, además todo se lo preguntaba a ellos. Y, en verdad, eso era demasiado. 

 

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