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Columnistas  |  09 agosto de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Armando Rodríguez Jaramillo

Entre Peñas Blancas y el ojo de Santa Catalina

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Armando Rodríguez Jaramillo

Por Armando Rodríguez Jaramillo

El escritor e historiador Jaime Lopera Gutiérrez, exgobernador del Quindío y compañero de silla en la Academia de Historia de este departamento, escribió hace unos años (2 de agosto de 2015) el artículo Los símbolos del Quindío, categoría en la que incluyó a Peñas Blancas como risco que se yergue cual atalaya de la hoya del Quindío desde Calarcá. Sobre el particular dijo:

«Con el tiempo se ha venido destacando la leyenda del sitio denominado Peñas de Barragán, luego Peñas Blancas, que un geógrafo viajero, F. J. Vergara y Velasco, en su libro “Nueva Geografía de Colombia, realmente había bautizado en 1901 con el nombre de El Ojo de Santa Catalina, “mojón de la línea más corta de Bogotá al mar».

Vergara y Velasco venía cabalgando desde Cali por la orilla oeste del rio Cauca cuando, al llegar a nuestra comarca subiendo por el río Quindío, se fue topando con la vista de esa roca blanca que domina desde todos los confines de nuestro departamento a 1.800 metros de altitud. Una peña de 280 metros, el Ojo de Santa Catalina, que sirve a los deportistas escaladores al lado de la quebrada Espatillal, es hoy en día una figura que además evoca, mitológicamente, un supuesto tesoro escondido de los pijaos en esos riscos que se alzan sobre el corregimiento de La Virginia».

 

Debo confesar que no comparto este relato por demás encantador y sugestivo, postura que me ha llevado a un prolongado debate epistolar, la mayor de las veces. Hace poco, en una aplicación de mensajería, Lopera insistió en su tesis de que Peñas Blancas fue bautizado por Vergara y Velasco como el Ojo de Santa Catalina a su paso por estos lares en 1901, enfatizando que «persiste en esa versión, aunque Armando Rodríguez tiene otra».

Entonces me di a la tarea de desempolvar documentos, si es que esto aplica a la búsqueda de archivos refundidos en un disco duro, para hojear La nueva geografía de Colombia del geógrafo colombiano Francisco Javier Vergara publicada en 1888, cuya segunda edición se inició en 1890 y se terminó en 1892. Según esta fuente, la misma citada por Lopera Gutiérrez, pero con diferente año, en el capítulo relacionado con la orografía de la cordillera del Quindío (hoy cordillera Central), luego de la descripción que hace de varios volcanes y páramos entre los departamentos de Cauca, Huila, Tolima y Valle del Cauca, se lee: «… aquí se alza de nuevo de un modo repentino la cumbre y sustenta el agrio páramo de Barragán (4.000) que tiene al ocaso el de Miraflores (3.700) y es señoreado por el pico particular del ojo de Santa Catalina (4.900), el más pequeño de nuestros nevados. Apoyándose en esta mole se inclina al oriente y alza el páramo de Cumbarco (3.500) y la áspera montaña de Calarma (3.400), que está en el vértice de un ángulo, puesto que de allí la cumbre tuerce al norte para alcanzar las breñas del Quindío» (Pág. 69).

También consulté la cartografía del Complejo de Páramos Las Hermosas y de los Páramos Chilí – Barragán publicadas en 2012 por el Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible y el Instituto de Investigación de Recursos Biológico Alexander von Humboldt a fin compararlas con aquella descripción de final del siglo XIX. Entonces, teniendo en cuenta que el texto citado inicia: «… aquí se alza de nuevo de un modo repentino la cumbre y sustenta el agrio páramo de Barragán (4.000)», es evidente que el autor se refiere, con metáfora incluida, al macizo de Barragán que se encuentra al poniente de la cordillera Central, en el corregimiento de Barragán, municipio de Tuluá, territorio que nada tiene que ver con el río Barragán que sirve de límite a Sevilla (Valle del Cauca) y Génova (Quindío).

De forma que, situados en el macizo de Barragán y en el páramo del mismo nombre, se tiene al occidente (o sea al ocaso) el páramo de Miraflores donde Francisco Javier Vergara localizó el pico que llamó el ojo de Santa Catalina a 4.900 metros de altura. Esto coincide con lo dicho por Lopera en su texto, que el ojo de Santa Catalina es el «mojón de la línea más corta de Bogotá al mar», pues por siempre se ha considerado que la ruta más expedita para llegar al océano Pacífico desde Bogotá es por el páramo de Las Hermosas.

Siguiendo con la descripción, Vergara nombra al oriente el páramo de Cumbarco que se halla entre Génova (Quindío), Sevilla (Valle del Cauca) y Roncesvalles (Tolima), y más al oriente, en el municipio de San Antonio, la montaña de Calarma, para culminar diciendo que «de allí la cumbre se tuerce al norte para alcanzar las breñas del Quindío» en alusión a las montañas del departamento que hoy lleva este nombre.

Esto prueba que el ojo de Santa Catalina, mencionado por el geógrafo decimonónico, estaba en jurisdicción del municipio de Tuluá a una supuesta altura de 4.900 metros (exagerada por demás), lo cual dista del risco de Peñas Blancas y de su entorno montañoso en Calarcá, territorio que no corresponde a ningún ecosistema de páramo pues su altura escasamente supera los 2.000 m.s.n.m. y su ubicación está por fuera del eje de la cordillera Central de la que lo separa un profundo cañón por el que discurre el río Santo Domingo.

Con estos elementos, más que pretender dar por terminado un largo y emocionante debate, aspiro dejar planteada la necesidad de ahondar en los nombres de nuestros municipios, corregimientos y veredas, ríos, montañas y demás puntos geográficos con el fin desentrañar el origen de la toponimia local. Sobre esto quiero hacer especial énfasis en profundizar en la génesis del nombre Quindío, el cual se usó para designar a una tribu precolombina (Quindos) de la que poco se sabe, para la Cordillera del Quindío o Montañas del Quindío antes que se llamaran cordillera Central, para el Camino del Quindío o Paso del Quindío entre Ibagué y Cartago pasando por Salento y Filandia, para nombrar la provincia o municipalidad del Quindío en el siglo XIX y hasta para la hoya del Quindío antes que fuera creado el departamento que lleva su nombre. Sin dejar de lado, claro está, la tesis de otro compañero de la Academia de Historia, Germán Medina Franco, respecto a que el vocablo Quindío significa colibrí y proviene de la lengua andina quechua.    

[email protected]  /  @ArmandoQuindio

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