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Columnistas  |  08 agosto de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Iván Restrepo R.

A batallas de amor…

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Iván Restrepo R.

Por Iván Restrepo

Para alguien como yo, que ha pasado el 80% de su vida en hoteles, es poco lo que le queda por ver en todo lo que a estos respecta. Son tantas las anécdotas que tengo que estoy seguro que puedo escribir un libro de largo contenido. Para el año 1969, cuando por primera vez entré por la puerta grande de la hotelería (me explico: la puerta de atrás, por donde entran la mercancía y los empleados del hotel) en calidad de empleado al Hotel Sheraton Russell, ubicado en la exclusiva zona de Murray Hill en pleno corazón de Manhattan (NYC),  para ser más preciso en la calle 37 con Park Avenue, a escasas cuatro cuadras del famoso Empire State Building, era poco lo que conocía de hoteles; más que lógico para un adolescente de escasos 17 años de Calarcá cuyo viaje más largo hasta el momento era un viaje a Villavicencio. Posteriormente tuve la ocasión de viajar a otros destinos que, por cortos que fueran –todos dentro de Colombia-, sirvieron para despertar en mí el ansia de recorrer el mundo, hasta ese momento un sueño inalcanzable. Hasta mis 13 años, por allá en el año 64, la palabra HOTEL solo identificaba algunos edificios de Calarcá y de Armenia; en Calarcá estaba el Hotel Katay, Hotel Colonial, Hotel Alcázar, mientras que en Armenia recuerdo al mejor de todo el Quindío, el top top de todos: El Hotel Embajador, sitio obligado de alojamiento de los meros meros que llegaban a la región. Luego vinieron cortos alojamientos en compañía de mis padres, en el Hotel Presidente de Bogotá y en el Hotel Aristi de Cali.

El Sheraton Russell de NYC me abrió las puertas a un mundo totalmente desconocido. Todo era grande, elegante, veía a toda la gente hermosa y no demoré mucho en acostumbrarme a la profesión que me ha acompañado por siempre (si volviese a nacer la repetiría sin pensarlo dos veces). Comencé desempeñándome en el Hotel como Portero y luego Botones. Rápido acompañé a mi gran mentor de mi carrera hotelera, mi hermano Jairo, con quien tuve la fortuna de trabajar hombro a hombro, él como Auditor Nocturno y yo como Botones, también nocturno. Pasaron muchos años hasta mi llegada al Hotel Hilton de Bogotá; no el de ahora, hablo del emblemático Hilton de la 7ª. con 32, protagonista de la historia de la hotelería en Colombia.

La forma de trabajar hoy a como era hace más de cincuenta y tantos años dio un giro de 180° en muchos aspectos. Eso sí, el servicio de alta calidad, la limpieza y otras características esenciales, así sea un hotel de una estrella, no puede subestimarse. Siempre mis consejos a las nuevas generaciones de empleados es hacer el trabajo con pasión. Obvio, hay nuevas modalidades de hacer las cosas con las cuales no estoy de acuerdo y que hoy en día son muy recurrentes en algunos hoteles, tales como, por ejemplo, elementos en los planes de bodas y planes románticos que no entiendo, tales como colocar las toallas en forma de cisne encima de la cama, velones encendidos (altamente peligrosos) y pétalos de rosas esparcidos por el piso de la habitación y encima de la cama, los cuales al final terminan manchando la lencería y además pegados en las nalgas de participantes en las batallas nupciales.

Esto me trae a la memoria una repetida campaña radial promocional de un motel por los lados de Cartago que rezaba: “A batallas de amor, campos de plumas; Motel Campoamor lo espera”

Hasta la Próxima,

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