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Cultura  |  06 agosto de 2022  |  12:01 AM |  Escrito por: Administrador web

Cuento: El proceso del miedo. Segunda parte

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Este es un cuento del fallecido escritor Gustavo Rubio. Se publica con autorización de su familia.

El inspector no podía fingirle ayuda porque aquel hombre la necesitaba y poniendo manos a la obra, salió con él para indagar con sus propios ojos el alcance de aquella canallada, propia de un salvaje. En cuanto Raúl y su familia, el suceso no los alteró en modo alguno, a excepción de Antonio y Jairo que fueron impulsados hacia los lugares oscuros de la psicología, alentando así la búsqueda por el continuo interrogatorio que se vivía en la vida interior de Antonio y alentando a su vez, el método de la duda en Jairo.

Los demás habitantes del barrio apenas supieron de la aparición del letrero seis meses después de haberlo visto el vecino en su puerta, ósea seis meses antes de que ellos lo notaran, el inspector, que lo leyó también a los seis meses, prometió a los cabecillas de la Acción comunal que, de acuerdo a lo textual del escrito no existían razones para denunciar, lo que más parecía era a un chiste que algo que atentara contra la seguridad de las instituciones y mucho menos contra la seguridad de los habitantes del barrio.

El vecino, no contento con la explicación dada por el inspector, comenzó la tarea de asegurarse de que el orden público no sería alterado mientras él viviera en el barrio, de esa persistencia, de esa pasión y de esa perseverancia, nació la primera protección que tuvo la comunidad: el vigilante nocturno.

Los amigos de Antonio y Jairo contaban historias de “guachimanes” en las que estos perseguían ladrones a machetazo limpio, a balazos incluso a mano limpia, pura trompada. En todo caso, fue el primer asunto de intereses y pasó desapercibido para el gran conjunto de la comunidad.

Un segundo seceso aconteció un año después del primero. Ahora fue en la puerta de los Gamboa. Antonio notó el afiche al salir rumbo a la escuela, no dijo nada. El pequeño Billy lo vio, pero su edad le impidió concebir por los ojos lo que sentía en sus entrañas. Jairo no lo percibió, no lo notó Raúl Gamboa, el tío Luciano tampoco, al llegar ese sábado de la finca.

El abuelo Bentura solamente pudo verlo veinte días después cuando por casualidad usó sus gafas para jugar naipes con Antonio, en un momento, vuelta su mirada hacia la puerta, creyó leer las letras de algún nombre – mire mijo- señaló a Antonio la puerta – lea a ver que dice ahí. Pero Antonio, que ya sabía su contenido, dijo a su abuelo que era un afiche para anunciar un producto antiguo muy usado en la patria y - tranquilo, no se inmute -. – Pero carajo – el abuelo se enojó – yo lo quiero saber, es que dice ahí -.

Antonio dijo a su abuelo que lo que anunciaba el afiche ya había ocurrido. Dice: “la familia Gamboa tiene miedo”. - ¿eso es lo que dice? -interrogó el viejo-, pues no es cuento, yo tenía que esconderme en la guerra de los mil días, para que no me alistaran.

Tiempo después, el abuelo Bentura preguntó a su hijo Luciano, si había leído el letrero de la puerta –No yo no he visto ningún letrero… -dijo, - ¿no? -respondió asombrado el anciano. Luciano fue hasta la puerta, miró… -No, no hay nada papá -. -Ahí está -dijo señalando el abuelo. Luciano comunicó la inquietud del abuelo a Raúl, éste se aseguró de lo mismo. No vio nada. ¿Será que el viejo está enfermo? -pregunto Raúl a Luciano, pero Luciano aseguró que eso era imposible ya que el abuelo poseía una vista tan potente que veía aún en lo no escrito.

Dos años pasaron y Raúl vio las letras un poco deformadas por los usos del tiempo, alarmado pidió la colaboración de todos y comenzaron la búsqueda de las palabras, que leyó muchas veces Antonio, que intuyó Billy, que vio, pero no leyó el abuelo y que ahora trataban de hacer legible todos.

En esos días vino a visitar a la familia un hermano y una hermana de Raúl, al ser enterados del suceso dieron rienda suelta a sus conocimientos, cada uno por su lado inauguró las más diversas estrategias, con la consigna de hallar las palabras invisibles y convertirlas a la realidad como pizarra de escuela. A los dos años de trabajo incesante, el hermano de Raúl, Ignacio, logró precisar la primera letra de la primera palabra, juntando unos huesos del cementerio a una cachucha del ejército.

Este hallazgo insólito encabritó los ánimos de la familia de tal forma que la hermana de Raúl, Oliva, se dio a la maña de representar escenas teatrales con signos evidentes de tragedia: diez días bastaron para que Oliva, agotada de tantos parlamentos sin dirección, tomara en sus manos un pañuelo blanco y frotara la puerta, apareciendo la segunda letra, clara y brillante como el genio de la lámpara maravillosa de Aladino.

El hecho arrastró hasta las profundidades del vicio a otra hermana que por esos días estuvo en la casa. Su nombre Susana. Esta contrajo en los primeros días sus carnes, cuyo cuerpo bastante pequeño, por cierto, desnudó sus pechos ante la presencia admirada de Antonio, Jairo, Álvaro y Billy que no alcanzaban a entender la razón por la cual su tía no solo mostraba sus pechos, sino que presa de una absurda reserva se dedicaba a estar frente al espejo frotando en su rostro pinturas y polvos y, también en sus labios el color rojo del lápiz labial.

Antonio creyó que su tía trataba de convertirse en payaso para descorrer en este medio el velo que cubría a la tercera letra, pero estaba equivocado: la tía no solo llegaba al amanecer, sino que venía despellejada y convertida en una estatua a la cual le hubiesen dado piedra los estudiantes. Llegaba con profundas huellas en su rostro moreno. Huellas de trabajo y cansancio.

Lo cierto del caso es que una mañana apareció la segunda palabra por medio de una invocación del pequeño Billy mientras dormía, una invocación inconsciente, decía - Toy sustao, toy sustao -. Ese día el pequeño al levantarse y tomar su desayuno, al levantarse y escanciar su almuerzo, al levantarse y probar su cena sentenció -cuando sea grande voy a ser soldado -, Antonio entre risas le dijo que para ser soldado solo necesitaba estar grande, que no se preocupara por esas cosas sin importancia.

El paso de los años abrió el paso a más familia, ahora existían dos niñas más, Lorena y Bertilda. Con la llegada de la última, el velo que cubría el cartel se despojó por sí mismo de su misterio pues la niña fabricó un roto en la madera. Las palabras que se agregaron a la familia pudieron leerse por propios y extraños, así: “la familia Gamboa tiene MIEDO”.

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