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Cultura  |  03 julio de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

El día que Lucía conoció el mar

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Josué Carrillo

Para Emilia Assmus

Empiezo por decir que Lucía es mi hija y por confesar que yo conocí el mar cuando ya era adulto, tal vez por eso quise que ella no tuviera que esperar hasta llegar a vieja para experimentar esa sensación rara, pero fascinante, que viví al ver por primera vez esa inmensidad de la que se oye hablar toda la vida. Cuando ella tenía seis años, a la sazón vivíamos en Aquisgrán, una ciudad a 250 km de la costa; el viaje directo hasta allá no nos demandaba más de unas tres horas, pero como a lo largo del recorrido sí había muchos sitios de interés que visitar, entonces programé la salida para un fin de semana. Llegaron los días esperados, estábamos en verano y había sol desde las cuatro de la mañana hasta las diez de la noche y los pronósticos meteorológicos anunciaban días esplendorosos; entonces, para aprovechar el tiempo lo más que se pudiera, metimos al carro un equipaje ligero, nos montamos la mujer, los dos niños y yo y salimos al despuntar el día.

Nuestra primera parada la hicimos en Lovaina, una ciudad pequeña, de unos cien mil habitantes, que conocí de oídas cuando cursaba sexto de bachillerato, porque el profesor de filosofía, el padre Alberto González, de grata memoria, que estudió en la famosa universidad de esa ciudad, nos hablaba en clase de sus años de estudiante y de su vida allí. Al llegar, dimos una vuelta por el centro y por la universidad, nos detuvimos a contemplar con detalle el edificio del ayuntamiento, construido en el siglo XV, pero no fue mucho más lo que pudimos ver; pues cuando se viaja con muchachos chiquitos bastante jodones es imposible hacer cualquier cosa; como a ellos lo único que les interesaba era el recreo, nos fuimos al primer parque que encontramos. Por fortuna, había cerca una plaza grande con bancas para mayores y juegos para niños; allí nos estuvimos un par de horas más y reanudamos nuestro viaje rumbo a la capital. 

Al llegar a Bruselas buscamos un lugar donde dejar el carro, luego fuimos a conocer los sitios de mayor interés cultural y a buscar un restaurante donde almorzar. Después salimos a caminar por una avenida que nos condujo a la Gran Plaza, bordeada por bellos edificios de varios siglos de antigüedad, ese día estaba toda cubierta con un tapiz de flores; de allí fuimos al centro administrativo y al palacio del rey Balduino -el rey actual es Felipe I de Bélgica-.

−Papá, es que este país es de gente muy rica, me comentaban los dos niños al ver las calles, plazas, edificios y monumentos.

−Claro, hijos, miren no más, allí es donde vive el rey, les contesté mientras les señalaba el Palacio Real de Bruselas.

−Y ¿es que los reyes, de verdad, existen? Me preguntaron como abismados.

−Cómo no, aquí todavía hay uno y hace poco más de cien años hubo uno que fue el más malo de todos, se llamaba Leopoldo II. Pero mejor sigamos y después hablamos de ese señor.

−Sí, vamos a conocer el mar, me dijeron los dos hijos casi al unísono.

−Está bien, les contesté, pero no quiero que nos vayamos sin antes conocer la figura de un niño que es muy famosa, es, nada menos, que un símbolo de la ciudad, el Manneken Pis.

−Vamos, asintieron ellos, y caminamos en esa dirección.

Después de ver la estatua del niño desnudo que orina, pipí en mano, parado en una esquina, dimos un paseo rápido, nos fuimos en busca del carro y de un hostal donde pasar la noche.

Al otro día seguimos en dirección a Brujas, esa sí que es una ciudad bonita; sus numerosos canales, sus construcciones medievales y sus calles adoquinadas son una invitación a recorrerla. Baste decir que los hijos aquí no molestaron, estuvieron junto a nosotros y preguntaban interesados por todo lo que veían. Visitamos la plaza principal y la torre del ayuntamiento, que es la edificación más significativa; sin embargo, el verdadero encanto de estar aquí fue el pasear sin rumbo, por donde las calles nos llevaran y los puentecitos nos permitieran cruzar de un lado a otro para apreciar los canales. Pero como la finalidad de nuestro viaje no era visitar ciudades bonitas sino conocer el mar, en las horas de la tarde nos pusimos en camino con destino a la costa, que dista pocos kilómetros de donde estábamos.

Al llegar a Ostende busqué el sitio más despejado para que Lucía pudiera ver por primera vez el mar en toda su inmensidad -Felipe, el hijo mayor, ya lo conocía-, la tomé de la mano y corrimos por la playa; allí, sentados en un promontorio aislado, le dije, mientras le señalaba el horizonte: hija este es el mar ¿cómo te parece? Y ella me contestó impávida: papá ¿sabes qué? ¡me lo imaginaba más grande!

Qué más podía decirle, parece que el más emocionado con ver el mar era yo. Un poco más tarde nos montamos en el carro y después de casi cuatro horas de viaje estábamos de nuevo en nuestro apartamento, en la ciudad sede de Carlomagno.

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