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Cultura  |  29 junio de 2022  |  11:09 AM |  Escrito por: Administrador web

Calarcá y su cumpleaños

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Por: Jota Domínguez Giraldo.

Nadie me ha pedido que escriba y publique hoy una semblanza de Calarcá con motivo de un nuevo aniversario, en esta ocasión de su cumpleaños de fundación 136. Lo hago por aquellos que quisieran decir algo en este día, aunque me expongo a que no estén de acuerdo con estos comentarios.

No he vivido todos esos 136 años, pero en los que tengo recuerdo una hermosa población, creciendo con las empanadas bailables para darle un palacio o edificio a la administración municipal, o para hacer un hospital, o para hacer un templo católico en la plaza que hoy parece una basílica menor, o para hacer una galería de mercado.

Esta población creció oyendo los poemas de Luis Vidales, de Baudilio Montoya, de Elías Mejía, Camilo Torres, Nelson Ocampo Osuna, Argelia Osorio de Henao, Dora Tobón, Jorge Julio Echeverri; los escritos de los hermanos Humberto y Rodolfo Jaramillo Ángel, Nodier Solórzano, Óscar Zapata Gutiérrez, Óscar Jiménez Leal, Humberto Senegal, Jaime Lopera Gutiérrez, las francamente importantes disertaciones de Iván López Botero o la música hablada de Helí López y el costumbrismo de Juan de J. Herrera. Mucha, muchísima gente importante ha dado luz y brillo a este municipio ubicado al lado de los aires benignos de La Línea y las refrescantes brisas sureñas de Pijao y Génova.

Qué rico es saberse arropado por el civismo que hubo aquí.

Las mujeres de este pueblo, hermosas una por una, nos alegraron las tardes de la carrera 25. No hay en Calarcá una mujer de más de 50 años, que no sea bella. Esa es una característica de este pueblo; eso es lo que nos invita a tomar el café en la plaza de Bolívar.

Y desde esa plaza, añoramos lo que fue el periodismo que tanto impulso le dio al mejor nombre de la villa del Cacique. Darío Fernando Patiño Jiménez, Nelson Sabogal, Óscar Arango Flórez, Octavio Ospina Pérez, Chila Latorre Mejía, Arley Sabogal y su hermano, Jairo Elías Márquez, Everardo Valencia, Hugo Camelo y 100 periodistas más golpeaban el oído receptor recordándoles que en Calarcá se pasea la escultura, el verso, el cuento y la amabilidad. 

El Club de Jardinería sigue siendo glorioso, hermoso e importante.

Y de los dirigentes políticos estaba allí Lucelly García de Montoya, quien nació en Risaralda pero llegó aquí para ser gobernadora, diputada, representante a la Cámara, integrante de la Dirección Nacional del liberalismo, fundadora de la Casa de la Cultura de Calarcá y embajadora en Honduras. Lucelly murió por una bala pero hubiera muerto feliz por Calarcá.

El sacerdote Bernardo Torres se echó cívicamente encima a Barcelona para su progreso y dejó un sello casi imposible de borrar y con Pedro Acosta en La Virginia completamos el cuadro de reconocimientos perdurables.  

Y con sus muertes, parecen haber muerto las ilusiones de crecimiento municipal. El terremoto ayudó a modernizar el aspecto urbano, algo que jamás han hecho los dirigentes.   

Después la científica Martha Cecilia Bustamante de la Ossa desde Francia hizo publicar en el mundo la palabra Calarcá y Sandra Arenas, una señorita que vivió en Calarcá, en Tokio se colgó la medalla de plata olímpica y también Calarcá fue recordada y últimamente Sérika Gulumá, caqueteña que desde los tres años vive   en Calarcá y tiene medallas internacionales en ciclismo. No conozco a otro calarqueño que haya superado a estas tres mujeres galardonadas. Si he olvidado a alguien, no es intencional, pero estos son extraordinarios referentes.

Después todo ha sido una venta de mercado, donde se compran y pagan los votos y las alcaldías.

Los politiqueros, que parecen haber vivido siempre en el túnel de La Línea, están a punto de terminar con todo lo bueno que ha dado este municipio, y desde hace algunos años el aire calarqueño tiene olor a decepción. Hoy aquí se habla de civismo pero para recordarlo.

El Calarcá que conocemos vive administrativamente en la penumbra.

Siempre esperamos tiempos mejores.

A todos los calarqueños, nacidos o adoptados donde quiera que estén, felicidades por este día que seguramente les trae buenos recuerdos.

A veces perdemos los ánimos pero jamás el alma que nos irrigó la savia con que nos alimentaron esos prohombres que acompañaron a don Segundo Henao y posaron su corazón en esta tierra y con su sangre pintaron hace 136 años el camino que hoy por sus calles nos han permitido recorrer. 

A ellos, todo nuestro honor en este día.

 

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