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Cultura  |  25 enero de 2018  |  02:23 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

Crónica: Radio de Bolsillo

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Crónica: Radio de Bolsillo

Esta crónica es autoría de Carolina Aristizábal Cárdenas

Un rugir de tierra me hizo gritar fuerte, pero era más grande que mi voz. Tuve miedo, mucho miedo pues vi como cada adorno de la sala de invitados caía al suelo hecho pedazos mientras los vidrios y el polvo cubrían el suelo de la casa que se batía con violencia.

Luz Dary logró salvar su vida al correr hacia la cocina sin saber que el patio del segundo piso donde minutos antes estaba extendiendo ropa recién lavada, colapsó dejando una nube de escombros. Al verla lloré. La abracé y entre sollozos observé que todo estaba fuera de lugar, roto, destruido. A mis 8 años entendí qué era un terremoto y fui testigo de los estragos que dejaba a su paso.

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Otro sobreviviente que estaba en la casa fue mi tío Gilberto. Hacía 15 días había salido de la sala de cuidados intensivos, todavía se encontraba en cama y ni siquiera pesaba 50 kilos. En medio del estruendo nos contó que pudo ver como el techo de la casa se movía y saltaba dejando ver por instantes los rayos del sol de mediodía. Asustado caminó con gran dificultad y salimos de la vivienda.

Mi madre no estaba pues se dirigía hacia el trabajo en un taxi y momentos después sucedió todo. Suplicándole al conductor pudo regresar. Aterrada nos contó parte de la destrucción que alcanzó a ver. Sin embargo luego de corroborar que estábamos con vida e ilesos, se dirigió a la avenida para abordar de nuevo un taxi pero le fue imposible.

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Un hombre, que había pasado por el centro de la Armenia, le explicó que la mayoría de edificios habían colapsado y que en las calles solo se veía un cuadro aterrador donde los protagonistas eran muertos apilados en andenes y heridos pidiendo auxilio en medio del caos.

Apenas empezaba la tarde. Una tarde de sol que nos deparaba otra sorpresa. La alacena de mi casa se encontraba casi vacía. Era fin de mes y mi mamá, ese mismo día, pretendía abastecer nuestra despensa. Literalmente no había con qué hacer un tinto para mitigar el susto.

En toda la ciudad el rumor de escasez de alimentos se iba haciendo más fuerte y ante la situación tuvimos que salir a comprar café y algunos víveres en las tiendas más cercanas donde solo vendían pocas cantidades pues aún los comerciantes temían quedarse sin qué comer.

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De regreso a la casa y mientras bajábamos una calle empinada volvió a temblar. Casi no podíamos sostenernos en pie. Yo volví a llorar pero esta vez fue al ver a un hombre que arrodillado en la mitad de la calle y con una Biblia abierta pregonaba enérgico que era el fin del mundo y llamaba a los pecadores al arrepentimiento. Sentí escalofrío, pánico, no podía ser que con 8 años de vida mis ojos fueran a ver el apocalipsis.

Horas más tarde, gracias a un pequeño radio de bolsillo propiedad de mi tío, pude corroborar que no solo nuestra ciudad parecía vivir el fin de los tiempos. Ese radio nos contó en detalle nuestra propia tragedia y nos acompañó en esa noche eterna, oscura, lluviosa en que la tierra siguió temblando.

Como consecuencia del sismo no teníamos servicio de energía eléctrica, ni agua y mucho menos teléfono para comunicarnos con nuestros familiares, por quienes pedíamos a Dios.

Esa noche todos dormimos en una misma cama o mejor, intentamos hacerlo pues cuando se desató el aguacero la poca luz de las velas dejó ver como el agua bajaba por las paredes. La casa se inundó y tuvimos que sacar el agua a punta de escoba. Mi hermano menor y yo recogimos algunos escombros del patio que sirvieron para levantar los muebles y que no se dañaran por la humedad.

Un colegio cercano nos facilitó agua potable al día siguiente y en los vecinos se despertaron sentimientos de solidaridad, ayuda, amor y compasión por el otro que nunca deberían dejar de ser.

Días después familiares procedentes del Valle del Cauca nos llevaron a Cali. Fue difícil salir de Armenia pues había mucho tráfico. Por la ventanilla del carro pude ver una fila de vehículos que entraba a la ciudad y como apenas amanecía y no podía ver bien, le pregunté a mi mamá qué llevaban en el techo y ella respondió con tristeza luego de un corto silencio:

-Son ataúdes.

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