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Columnistas  |  26 enero de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Armando Rodríguez Jaramillo

LA CAFICULTURA, LOS NOVENTA, EL TERREMOTO Y ALGO MÁS

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Armando Rodríguez Jaramillo

Por Armando Rodríguez Jaramillo

 

Al recordar aquel 25 de enero de 1999 sin las urgencias y las angustias de aquellos días, he reflexionado sobre cómo ha sido pensado el Quindío. Para ello recordé que recién iniciado el siglo pasado el café estaba en expansión por su alta demanda en los mercados externos, situación que no solo benefició a los caficultores, sino que impulsó un período de auge comercial y de temprana industrialización de Armenia. Por aquellas calendas se establecieron en la ciudad bancos, oficinas comerciales y trilladoras subsidiarias de compañías internacionales que la convirtieron, a partir de la década del treinta y por los siguientes cincuenta años, en un pujante centro de comercio, acopio, transformación y logística de café de exportación por Buenaventura a través del ferrocarril.

En ese entonces, la creación de la Federación Nacional de Cafeteros (1927) hizo que regiones como el Quindío no tuvieran necesidad de pensarse pues el gremio se encargó de casi todos los asuntos del desarrollo al ejecutar las inversiones necesarias en infraestructura rural y en proyectos estratégicos, al tiempo que acompañó al caficultor para que produjera más y mejor. Fueron buenos tiempos (siempre mejorados por bonanzas económicas) en los que no era necesario de pensar en futuro, pues todo lo daba el café todo lo impulsaba el café todo lo facilitaba el café. ¿Qué sentido tenía cavilar en industrias o actividades económicas complementarias si se transitaba por una zona de confort que daba seguridad y proveía ingresos?

Tal vez el proyecto más importante que emprendimos (no sé si por iniciativa propia o patrocinado por algún interés ajeno por socavar el liderazgo de Caldas en la política cafetera nacional) fue la creación del Departamento del Quindío (1966) que desde sus primeros años encontró cobijo en la caficultura haciendo que los gobiernos locales se arrimaran a los recursos del Comité Departamental de Cafeteros para lograr las inversiones que demandaba el joven, rico y poderoso departamento, al punto que los proyectos o eran promovidos por los cafeteros o hechos en sociedad con ellos. Entonces el departamento progresó, Armenia se expandió, el café irrigó a toda la economía y fuimos referente nacional en calidad de vida.

 

Los años noventa

Pero vino la ruptura del Pacto Internacional del Café (1989), y ese Quindío que imaginó que el café era una fuente de recursos y prosperidad per saecula seaculorum, se enfrentó a la necesidad de repensarse. Así que los noventa iniciaron con el Plan de Desarrollo Agrícola Integrado de la Cuenca del Quindío, fruto de la cooperación entre la CRQ y la JICA del Japón, que le entregó al departamento una agenda de desarrollo futurista a 15 años (1990 –2005) dotada de ambiciosos programas de desarrollo y fomento agropecuario, conservación de suelos y prevención de desastres, mejoramiento de la calidad del agua, construcción de vías y rehabilitación de microcentrales eléctricas y la propuesta de un embalse sobre el río Navarco para asegurar el abastecimiento de agua. Luego vino el plan de desarrollo del gobierno de Mario Gómez Ramírez (1992–1994) que acompañó el CIDER de la Universidad de los Andes y que planteó proyectos como la Zona Franca y el puerto seco o plataforma logística de carga en La Tebaida. Así mismo, se edificó Cenexpo impulsado por la Cámara de Comercio, se formuló el Plan de Desarrollo Agroindustrial desde la Fundación para el Desarrollo del Quindío, emergió el turismo rural y se construyeron parques temáticos como el del Café y Panaca.

Fueron años fructíferos en los que la dirigencia pública y privada innovó con proyectos e iniciativas para contrarrestar el impacto generado por la crisis del café y de paso procurar un modelo de desarrollar con sostenibilidad ambiental, diversificación del aparato productivo y de su canasta exportadora y generación de empleo y bienestar.

 

La reconstrucción

Pero llegó el terremoto del 25 de enero de 1999 y muchas de estas novedosas iniciativas entraron en hibernación pues había urgencias que atender. Entonces el gobierno creó el FOREC (Fondo de Reconstrucción Económica y Social del Eje Cafetero), entidad que hizo una labor extraordinaria reconstruyendo edificios institucionales (sedes de gobiernos territoriales, comandos y cuarteles de policía y ejército, cuerpos de bomberos, hospitales y centros de salud, escuelas y colegios, etc.), infraestructuras vitales (vías, aeropuerto, acueductos, alcantarillados, energía eléctrica, etc.) y viviendas.

Pero, sin proponérselo, el modelo de operación del FOREC suplantó en buena parte a la institucionalidad pública y privada a través de entidades foráneas sin arraigo en la región. Fue una reconstrucción hecha por sectores endosados a oenegés (en Armenia fueron 15) cuyos habitantes terminaron por identificase con la oenegé que les proveía lo básico y reconstruía sus viviendas y vecindarios y no con sus gobiernos ni juntas de acción comunal ni líderes barriales. El modelo de reconstrucción planeado y ejecutado por el FOREC y sus aliados dejó un escaso margen para que los quindianos y armenios soñáramos el departamento y la ciudad que anhelábamos recuperar o que queríamos conservar (hubo tantas demoliciones apresuradas). Tuvimos poco espacio para decidir cómo reconstruir nuestro universo fracturado.

Superada la reconstrucción, nos adentramos en un periodo de la historia donde el turismo no fue lo esperado al no consultar como debiera la sostenibilidad social y ambiental y en el que han ocurrido detestables casos de corrupción en la administración pública que han dado al traste con importantes proyectos de infraestructura (especialmente en Armenia), en medio de una intensa polarización política y aumento de la pobreza y disminución de calidad de vida. Y mientras esto y otras cosas suceden, el departamento adolece de una agenda de desarrollo que indique la ruta a seguir y propicie compromisos entre los sectores públicos y privados.

 

Colofón

En consecuencia, se puede colegirse que entre los años treinta y ochenta del siglo XX el Quindío fue pensado desde la institucionalidad cafetera y que lo propio hizo el FOREC con el proceso de reconstrucción. En medio de estos dos períodos, los noventa fueron años de creatividad e imaginación a juzgar por las numeras iniciativas de progreso que se propusieron y ejecutaron. Sin embargo, pasada la reconstrucción, entramos en un período en el que el proyecto anterior fundado en la caficultura se quebró y el ímpetu de los noventa se desinfló sin lograr aún construir una nueva narrativa de futuro que nos cohesione como sociedad.

 

Armando Rodríguez Jaramillo

[email protected]   /   @ArmandoQuindío

 

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