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Cultura  |  18 enero de 2018  |  07:05 AM |  Escrito por: Edición web

Un detective entre los cerdos

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Por Juan Por Felipe Gómez

Agatha Christie dejó dicho que la mejor receta para la novela policiaca consiste en que el detective no debe saber nunca más que el lector. Verdad incuestionable de un género que ha atravesado los siglos sin perder popularidad, la frase podría revalidarse para aplicarla al cuento o relato, la forma primigenia de la narrativa y que ha puesto cotas tan altas en cuanto a la experimentación, la complejidad y la resolución de las tramas.

Con ejemplos tan claros y geniales como los de Edgar Allan Poe, padre del relato policiaco, del cuento en general, entendemos que la narrativa corta tiene un sinfín de posibilidades para registrar las múltiples facetas del crimen.

Con formas de violencia singulares y crímenes tan atroces como en pocas partes del mundo, algunos países de Latinoamérica, en mayor o menor medida, han apropiado y desarrollado una narrativa policiaca con autores de renombre entre los que sobresalen Leonardo Padura -Cuba- y Horacio Castellanos Moya -El Salvador-. En Colombia, aunque con menor incidencia, lo policial y la novela negra cuentan con casos puntuales: Hugo Chaparro Valderrama con El capítulo de Ferneli; Octavio Escobar Giraldo con Saide; Santiago Gamboa con Perder es cuestión de método; Nahum Montt con El eskimal y la mariposa; y Andrés Felipe Solano con Cementerios de neón, son algunos de los que han marcado el panorama literario más reciente.

A este listado viene a sumarse Margarita entre los cerdos, del magangueleño Pedro Badrán, aparecido en noviembre de 2017. El autor ha definido al protagonista de estos nueve cuentos, el detective Ulises Lopera, como marginal y “muy criollo”. Lo anterior constituye el más grande acierto de esta obra: primero, que el autor se la juegue por un volumen de cuentos con una clara unidad temática y estilística, cuando abundan las colecciones erráticas y disonantes que dicen poco de un verdadero oficio de cuentista. Segundo, perfilar un personaje que subvierte el prototipo del detective sagaz y exitoso: se trata de un funcionario apocado que se arrastra con aparente dignidad y resignación por los recovecos de la corrupción que campea en las instituciones del Estado -fallido-.

Aunque funciona muy bien en su conjunto, si entramos por el cuento que le da nombre al libro, que no es el primero, tal vez nos desinflemos. La historia de Lopera con la atorrante pelirroja Margarita resulta tan traída de los cabellos que llegamos al punto final con la sensación que dejan las anécdotas del amigo jactancioso que nadie cree. La alusión al relato bíblico de las perlas arrojadas a los cerdos se pierde entre el devenir de los lugares comunes a lo largo del relato y el cierre telenovelesco.

Los otros casos que atiende o protagoniza Lopera funcionan mejor como dispositivos narrativos que atrapan y nos proponen el consabido juego de la intriga, aunque sin excesiva solemnidad, y consiguen arrancarnos un suspiro de compasión o una sonrisa en el momento menos esperado. Así, encontramos a Lopera, adolescente, como cómplice y testigo de un singular secuestro perpetrado por su padre en El hombre de la caja fuerte, lo seguimos junto a su compañero Lizarazo a enfrentarse no solo a las infamias del crimen sino a la doble moral y el cinismo de su jefe (La ética del doctor Rebolledo, Ulises calcula); los vaivenes de la seducción y el amor (Pesquisa conyugal, Margarita entre los cerdos); y los retos y aprendizajes tardíos de su profesión (Cuatro o cinco versiones sobre la muerte del coronel, El misterio del cuarto amarillo). Este último relato, tan clásico e impecable en su forma, además de estar dedicado a la memoria de Germán Espinosa, autor emblemático para la generación de Badrán, es también un homenaje a la gran tradición del relato policial con alusiones al norteamericano John Dickson Carr, considerado el mejor creador de las tramas con crímenes en habitaciones cerradas, y Barry Perowne -seudónimo del inglés Philip Atkey-. Un cierre certero para una colección de cuentos que arriesga y propone a los lectores recobrar el interés por una literatura de género, a veces tan subvalorada pero que tanto tiene para decirnos sobre las diversas formas del mal.

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