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Columnistas  |  03 diciembre de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: Roberto Estefan-Chehab

QUIJOTADAS

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Roberto Estefan-Chehab

Roberto Estefan Chehab                                    

                             

Las “quijotadas”, un término apenas justo para describir el trabajo de la familia que conforma el Teatro Azul y otros esfuerzos en esa línea. Armenia tiene, en esos espacios dedicados a la promoción de la cultura, un baluarte que no se deja vencer, no sucumbe a pesar de la dura prueba que ha soportado, tanto institucional como humanamente. Teatro Azul, nombre hermoso y armónico que significa espiritualidad y conocimiento. Nuestra sociedad está ávida de espacios para la reflexión y la construcción de un país mejor donde se alimente al alma a través de las manifestaciones del arte, la creatividad y la pluralidad sin sesgos ni mensajes encubiertos que conlleven intereses individuales: prima el respeto y la invitación a debatir, desde el corazón, los diversos momentos y las pruebas duras, impactantes, que sacuden las fibras íntimas y despiertan la solidaridad y el compromiso. En Teatro Azul se invita a despertar del letargo y la indiferencia ante las vicisitudes que hoy sacuden al mundo. En ese templo del arte crece la buena semilla que toda persona debería regar y cuidar respecto a su vida interior. Es en ese remanso de paz, erigido en un terreno del centro de la ciudad donde los quindianos, los turistas, los ciudadanos del mundo se vuelven una sola energía que une y potencializa la bondad de todos en un momento de comunión y sensibilidad que cohesiona y suma: el aporte de Teatro Azul y otras entidades similares del Quindío es invaluable y sin duda deberían tener apoyo decidido, no se puede ser indiferente a estas propuestas que por sí mismas ha mostrado cosas muy buenas; reconocimientos internacionales, admiración y gratitud ganado “con las uñas”. No cualquiera se entrega al servicio y el crecimiento de su entorno de manera tan altruista y desinteresada: sin aspiraciones de lucro egoísta, la riqueza que entregan educando a niños de distintas entidades educativas o compensando, en algo, la orfandad de cultura que sufrimos en nuestra región pues el arte y sus oficios están muy solitarios: aquí, en más de una ocasión se han perdido partidas que el gobierno nacional destina para distintos proyectos culturales simplemente porque no envían los requisitos que deben salir de las oficinas de cultura: en países desarrollados son algo que se fomenta y se apoya desde muy temprana edad y la gente tiene una luz, a través de ese aprendizaje, que acompaña y llena muchos momentos de sus vidas. En este medio infestado de narcóticos y otras drogas además del ocio malsano no se entiende la tibia apuesta, de la mayorá de los actores sociales, a las actividades como la música, la fotografía, el cine, la pintura y tantas actividades lúdicas capaces de proteger y ocupar en espacios creativos a las personas. Últimamente ha sido bonito, por ejemplo, volver a escuchar a la banda sinfónica del Quindío, la gente se agolpa para deleitarse un ratico a la semana, gracias al apoyo que se le volvió a dar: ojalá sea permanente. Invertir en cultura es un deber y no una decisión de segundo orden.  Ojalá, también, que pronto dejemos de tener que sentir como “quijotadas” los inmensos esfuerzos y el tesón de las personas que le apuestan a la cultura en nuestra tierra. No solo se trata de felicitarlos y darles una palmadita en el hombro y unas palabras de reconocimiento: es menester apoyarlos económicamente y asistir a disfrutar de sus propuestas llenas de creatividad y amor por una forma de vida generosa y comprometida a pesar de tantas soledades. Se trata de entender que en cosas de lo público el rasero no puede ser excluyente, ni a dedo. Se trata de concientizarse respecto al compromiso, no siempre publicitario, que debería emanar desde la empresa, la Cámara de Comercio y otros entes pudientes para respaldar a los artistas. Y obvio, se trata de incluir al arte y sus manifestaciones en las políticas públicas prioritarias. Se cae de su peso entenderlo. Las tradiciones, el legado que alimenta e invita a la paz, la de verdad, se deben cuidar como tesoros.

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