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Columnistas  |  28 noviembre de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: Johan Andrés Rodríguez Lugo

LA OTREDAD

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Johan Andrés Rodríguez Lugo

Por Johan Andrés Rodríguez Lugo

Alguna vez se han preguntado cómo sería su vida si no pudieran ver, si no pudieran escuchar, si les faltara una pierna, un brazo, una mano, algo que en este instante poseen y que de un momento a otro ya no.  A veces me imagino cómo sería despertarme dentro de la historia de Saramago – Ensayo sobre la ceguera – y entonces, de forma consciente, cierro los ojos y me ubico en mi cama con los recuerdos que tengo del espacio. Me levanto, camino unos cuantos pasos, estiro las manos y toco la pared, luego me doy la vuelta, camino otros pasos y toco la puerta del armario, y luego, me ubico enfrente de la puerta, la abro y empiezo a caminar por la casa a pasos lentos y reconociendo cada espacio, voy hasta la puerta principal, bajo las escaleras y me devuelvo hasta el último cuarto, entro al baño y regreso a mi cuarto. No lo hago frecuentemente, no estoy tan loco, pero sí lo he hecho más veces de las que recuerdo. Es un ejercicio de preparación por si algún día me quedo ciego, que es, en todo caso, uno de mis mayores miedos.

Están los otros miedos, no sé, quedarme sordo, mudo, o sin movimiento en las piernas, pero sin duda, el que me provoca más terror es no poder ver, quizás porque me encanta el cine, aprendo observando, leo todo lo que se me atraviesa y admiro constantemente las rosas que crecen en los prados de los vecinos. O simplemente porque las probabilidades en mi caso son altas, de nacimiento tengo astigmatismo e hipermetropía en un alto grado para mi ojo izquierdo, lo que provoca que la fórmula de mis lentes busque generar relajación al ojo derecho para que no se esfuerce el doble.

Cuando pertenecí al grupo de cuentería de la Universidad del Quindío, nuestro maestro, Luis Hernán Arango (Piripi), nos preparaba para ir a los colegios a realizar Los juegos de la Otredad, claro, también contábamos cuentos. El tema consistía en realizar pruebas físicas sin usar una pierna, una mano o los brazos. Caminar varios metros sin ver, usar una muleta y doblar la pierna como si no se tuviera, e incluso cantar una canción sin emitir palabras, solo moviendo las manos, el cuerpo y tratar de expresar los sentimientos de esta manera. La idea de la actividad era explicarle a los niños y jóvenes que la diversidad hace parte de nuestra cotidianidad, que una ausencia de piernas, ojos o brazos, no era razón para aislar a nuestros compañeros o para creer que no servían para jugar fútbol, saltar la cuerda o, incluso, para usar computadores u otras herramientas.

Hace poco estuvimos en cine viendo “CODA”, una película en la que actúa Eugenio Derbez – seré sincero – fue la garantía para lograr que mi papá la viera, ya tenemos la experiencia de la comedia y de los dramas que ha protagonizado, pero sin duda, en esta cinta su papel es relevante, pero no dejará de ser secundario porque los protagonistas hicieron lo que debían y nos regalaron un momento de plenitud y llanto. En un instante miré a mi papá y a su esposa, ambos lloraban mientras la protagonista le cantaba una canción a su papá en lenguaje de señas.

El argumento de la película dirigida por Sian Heder es claro: existe una familia en donde papá y mamá son sordos, su primer hijo nace sordo y su segunda hija no, por eso el título de la película: CODA “Child Of Deaf Adults”, entonces, el tema ronda en la hija, interpretada por Emilia Jones, ella aprende a vivir con su familia comunicándose en lenguaje de señas, es el puente entre su casa y el resto de la sociedad. Para ir al médico, para estar en un restaurante, para “vivir en comunidad” esta familia no puede separarse de su hija pues es ella quien puede hablar con los otros. El punto es que, como se espera, ocurrirá algo que hará dudar a la protagonista entre luchar por sus sueños o proteger a su familia compuesta por Troy Kotsur, Daniel Durant y Marlee Matlin, cabe resaltar que son actores sordos.

El momento de la cena, como en toda familia, es crucial, se comparten las experiencias, los asuntos del día, se cuentan chismes o se hacen preguntas, pero en la mesa de la familia Rossi se mira Tinder porque como lo explica el padre “Es lo que podemos hacer en familia”. Ellos buscan protegerse, casi que le temen a departir con otras personas, no porque ellos no se puedan comunicar, sino porque los demás no hacen el esfuerzo de intentar interactuar con ellos. En una de las escenas, cuando el drama familiar entra en escena, este es uno de los puntos a resaltar, que los otros, o sea los que pueden hablar, no tienen la intención de comunicarse con ellos, entonces se crea un distanciamiento en las relaciones y en la confianza al no generar esa empatía para tratar temas tan álgidos como la compraventa de pescado, el negocio familiar, que es otro de los asuntos que muestra la cinta.

Es una película que hace lo que debe hacer: Entretener y visibilizar una problemática que parece “otra más” pues en muchas reseñas que leí resaltaban que solo era un remake de la película “La Familia Bélier”, película francesa que no tuvo tanta acogida internacional como sí lo hizo CODA, claro, “es Hollywood y tienen a Eugenio Derbez”. Otras reseñas resaltaron la importancia de esta película junto a la cinta “El Sonido del Metal” que sin duda merece otra reseña por, aunque suene irónico, su banda sonora. En ambas hay dos escenas que intentan hacernos sentir lo que viven sus protagonistas. Como estoy en una campaña en contra del Spoiler, porque me parece una práctica cuestionable, los invito a que se vean ambas películas y comprueben qué pasaría, en este caso, si ustedes no pudieran escuchar.

Sin duda, vivimos en una sociedad que, pareciera, le tiene miedo a la diferencia, a los otros, a lo que “no es normal” y no solo se ve en las habilidades motrices, sino con cualquier cosa que se muestre diferente, como quienes deciden ser vegetarianos, quienes se visten de cierta forma, quienes son libres en su sexualidad, quienes exigen derechos, paz, educación y salud. Cada día nos encontramos con noticias que recuerdan que no somos capaces de vivir en la diferencia y que buscamos opacarla a como de lugar por el simple hecho de “no ser como yo” por el hecho de creer que lo bueno está en la normalidad que nos venden y nos exigen. El problema es que no pasa nada, no hay leyes ni dinámicas de protección, la vida sigue como si nada, los acosos, los feminicidios, muertes y violaciones aumentan y nadie hace nada, no hay garantías en esta “sociedad normalizada”.

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