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Cultura  |  14 enero de 2018  |  12:09 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

De músicos montañeros

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De músicos montañeros

Una crónica escrita por Carlos Fernando Gutiérrez Trujillo. Escritor, poeta, profesor y director del Taller de escritura creativa Relata.

Pocos sabíamos que era su tarde de inspiración. Que hacía muchos días no se lo veía por la Calle Real de Armenia, Quindío. A lo mejor estaba recuperándose de sus dolencias de viejo o rebuscando el sustento semanal, en las fincas de Quebradanegra o La Bella de Calarcá. Solo conocíamos algunos datos sueltos sobre su vida y su pasión: la música montañera.

Algunos murmuran que llegó muy joven de un pueblo olvidado del Risaralda, otros que tuvo una mujer siendo joven y enviudó. Sólo datos sueltos que se dicen de alguien que nos detiene por un momento, mientras improvisa su presentación callejera. Su presencia es como esa canción que pronto olvidamos, como ese gesto de mujer nocturna que lanza su moneda al azar.

Así es este personaje único en la región cafetera. Quizás verlo haciendo su papel callejero por tanto tiempo, ha formado una amistad distante y solidaria. Casi siempre acudo a su sombrero con un billete de mil pesos o un puñado de monedas de mi bolsillo. Si el azar nos hace coincidir un fin de semana o una quincena, le dejo dos mil pesos y un saludo cordial. Él agradece, junto a sus compañeros de música.

Siempre trato de encontrar un gesto nuevo, de ver lo novedoso de su improvisado baile, de evocar las raíces de esta música que nació entre montañas y colonos, de remontarme a las parrandas de fondas y casetas de vereda en la región del Eje Cafetero. Sé que allí está la luz. Está la magia que recorre a estos músicos venidos a menos, castigados por la pobreza y la vejez. Un show de músicos vinculados por esa nostalgia de sus años campesinos entre las montañas del Quindío, robándole tiempo a sus labores entre surcos y cafetales. Rasgando una tonada, después de un agotador día de sol o de lluvia. Entonando una melodía simple con una guitarra o un tiple. Inspirados en las rancheras y corridos mejicanos, en los valses, tangos y zambas argentinas o los boleros antillanos.

Tras estos tres músicos y un bailarín que sincroniza los pasos del baile montañero, se esconde una tradición que se niega a morir. Retazos de recuerdos musicales, nacidos entre cosechas de café y músicas populares de carrilera. Melodías y letras de colonos cafeteros que fueron desplazados por la violencia partidista de los años 40 al 60 en las regiones cafeteras del Gran Caldas, Antioquia y Tolima.

Tras estos hombres que sobreviven con migajas de ciudad, se hayan esos colonos recios de ruana, sombrero y machete que tumbaron selvas en el Quindío y fundaron sus pueblos cafeteros. Tras estas melodías, poco entonadas, están esas herencias musicales de Los Relicarios, Los Trovadores de Cuyo, Los Visconti, Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo, entre muchos otros. Estos hombres son testimonio de una música que evolucionó hacia autores más reconocidos como Darío Gómez, Luis Alberto Posada, El Charrito Negro; hasta llegar a un fenómeno más comercial: la música de despecho; hoy día echada a menos por la cultura traqueta que la contaminó.

Pero allí están ellos, con su testarudez a cuestas. Con sus monocordes musicales, con sus voces cansadas, con su persistencia de sobrevivir, con sus canciones tristes que nos llevan a nuestras infancias. Pero hoy, el personaje que baila está inspirado. Lo sabemos quiénes lo conocemos en este improvisado escenario callejero. Lo sabemos por la fuerza de sus pasos, por su palmoteo fuerte, por gritar fuerte el monocorde del “Ratón con pantalones”. Lo sabemos por sus saltos y vaivenes que acompañan su particular baile montañero. Allí está frente a nosotros como un artista venido a menos, pero con una dignidad única. Todos gritamos: ¡eso Ratón! Él agradece concentrado en su ritmo frenético y seductor. Así es la vida, repartiendo dones y gracias al observar estos músicos que nos vienen a evocar caminos de café, fondas y montañas quindianas, en rústicas melodías.

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