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Cultura  |  22 agosto de 2021  |  08:15 AM |  Escrito por: Edición web

CUENTO DEL DOMINGO: Confusiones del idioma

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Auria Plaza

Mis papás me habían dicho que me quedara en el cuarto leyendo Las reliquias de la muerte, el último libro de Harry Potter, el cual me habían comprado esa tarde. Ellos tenían planes esa noche los dos solos. Cuando los escuché reír y hablar en voz tenue en la sala, me dije: este es el momento de escaparme al primer piso para ver la película Crepúsculo con mi amiga Liliana. Me había invitado temprano, pero mi mamá me negó el permiso, con la excusa de que estaba todavía muy chica para ese tipo de películas y, como se hace siempre lo que ella quiere…

Me deslicé de la cama, salí del dormitorio y me escabullí con sigilo, aprovechando que la música estaba un poco alta. Ya en el apartamento de Liliana, su madre, al abrir la puerta se sorprende, no sé si por reparar que estoy en pijama o simplemente porque había venido, y me hizo preguntas, en spanglish, lo que preguntan todas las mamás: que si tenía permiso de mis padres, que si me iba a quedar a dormir y hasta intentó llamar a mis papis para avisarles. Logré convencerla de que no era necesario, que al fin y al cabo vivíamos en la misma casa, sólo que ellos en el primer piso y nosotros en el segundo. Ella no siguió insistiendo y en ese momento apareció Liliana, quien me tomó de la mano y nos fuimos a su cuarto.

***

Todo fue muy extraño. Mi amiga me llama para pedirme que le avise a la policía. Ana María no habla inglés y por eso recurrió a mí. Según ella en el piso de arriba, el matrimonio filipino parece discutir, ella no entendía muy bien lo que decían, aunque a veces el idioma de ellos es un poco parecido al español. La mujer grita y por los ruidos se puede intuir que el marido la persigue por todo el departamento. Mi amiga se asustó mucho. Su hija y la niña de los filipinos veían una película. Está claro que los papás la mandaron para quedarse solos.

***

“Somos de Bienestar Familiar”, le dije a la mujer que nos abrió la puerta del primer piso, enseñándole la placa que nos identificaba. Lo mismo hizo mi compañera al tiempo que la unidad de policía inspeccionaba en la segunda planta.

–Tenemos entendido –le expliqué– que usted reportó un caso de violencia familiar y que la niña de los involucrados se encuentra aquí. La mujer que manifestó llamarse Ana María Ortiz, nos informó que usted escuchó gritos y carreras y golpes de muebles que se caían. También nos dijo que su hija está en el dormitorio viendo una película con la niña de los vecinos. Le pedimos que llamara a la niña porque, en caso de que sus papás tengan que ir a declarar a la estación de policía, la niña queda a cargo de nosotros.

***

Nos abrió la puerta un hombre de unos cuarenta años, un poco pasado de copas y muy sorprendido al ver nuestro uniforme, en un inglés educado, nos preguntó qué se nos ofrecía. Le pedimos ver a su esposa. Nos invitó con modales amables a que pasáramos a la salita. Allí estaba una mujer de unos veinticinco o treinta años (era muy difícil calcular la edad) menuda y de rostro delicado, con el cabello lacio suelto casi llegando a la cintura. Nos miraba con los ojos abiertos sorprendida. Estaba descalza y se veía ofuscada. Quisimos hablar con ella y sólo acertaba a decir: “I do not understand[1]”. El marido nos explicó que su esposa no hablaba inglés. Quería saber qué hacíamos nosotros allí. Le explicamos que su vecina había reportado que él estaba golpeando a su pareja. Nos miró como si fuéramos extraterrestres. Jamás le he pegado a mi mujer, soy un hombre decente y amo a mi familia –nos respondió, con voz pausada tratando de ser lo más claro y preciso, luego, en tagalo le habló a su mujer.

El apartamento tenía un olor fuerte a comida, especies y fritos muy común en los orientales. Sin embargo, se veía limpio y ordenado, excepto por un par de copas, una botella de vino y algunos platillos en la mesa. No se veían huellas de violencia, es decir muebles caídos ni paredes golpeadas. La esposa estaba más bien avergonzada de nuestra presencia, pero no mostraba señales de miedo. Llamamos a una intérprete que hablara tagalo para poder interrogar a la mujer. La esposa, por medio de su marido, nos ofreció café o té y quiso que nos sentáramos. No parecía darse cuenta de la gravedad de la situación. Cuando llegó la intérprete lo que fue revelando nos dejó desconcertados.

***

Llevo trabajando con la policía como traductora de tagalo-inglés-español más de seis años y nunca me había encontrado ante una situación tan confusa como esta. El apartamento estaba puesto a la usanza y decoración de la clase media de Manila, los olores me retraían a mi niñez en la isla. La esposa era bella y de una delicadeza de las mujeres bien criadas de mi tierra. Me relató que ella y su marido habían llegado apenas hacía dos años, con una hija de nueve y que hacían una vida muy normal. Él trabaja como ingeniero y su niña asiste a la escuela. Se había hecho muy amiga de su vecina Liliana, que era de la misma edad, ahora su hija seguramente se iba a despertar con tanto ruido, pues estaba en su cuarto durmiendo. Cuando le conté que su hija estaba con la vecina viendo una película, la expresión de su rostro fue de auténtica sorpresa y algo parecido al susto y enojo le cruzó por su cara. Le pregunté que dónde trabajaba y me contestó que ella se quedaba en casa cuidando de su familia, ya que preferían vivir sólo del salario del marido hasta que la niña estuviera más grande; entonces ella estudiaría inglés y podría trabajar como maestra jardinera, pero eso sería más adelante. Por ahora era feliz como estaban las cosas. Así se lo transmití a los policías. Al interrogarla ellos, por la llamada que tuvieron y al preguntarle si su esposo abusaba de ella en alguna forma, si no fuera porque es una persona muy educada se hubiera echado a reír. Manifestó que su esposo era el mejor hombre del mundo. Que le perdonaran el equívoco. Todo era culpa de ella. Seguía siendo muy infantil, y lo que la vecina había escuchado era un juego entre ellos. El de las escondidas. Seguramente habían hecho mucho ruido, ella buscando lugares dónde esconderse y él persiguiéndola. ¡Claro! saltaba de la cama, corría al baño, se metía dentro del closet, en el lavadero, todo para que él la encontrara y de premio darle un beso. Su cara sonrojada era un poema de ingenuidad y lo único que le importaba en ese momento era ir a buscar a su hija. Cuando le dijo a su esposo que la niña estaba donde la vecina, el hombre, sin importarle que los policías estubieran allí y que si las cosas no se aclaraban estaba en apuros, quiso salir corriendo a buscarla. Los policías por el radioteléfono llamaron a las de bienestar familiar y les pidieron subir con la niña.

***

Los policías y las funcionarias de Bienestar Familiar se retiraron, no sin antes disculparse con los filipinos. A mi vez yo no sabía dónde meterme, a pesar de que los funcionarios dijeron a través de la interprete en español que no era mi culpa si había confundido los ruidos, la vergüenza que sentía con mis vecinos y, no sabiendo cómo disculparme por la barrera del idioma, no encontré otra salida que mudarme. Conseguí apartamento y a los tres días de lo sucedido, ya tenía un camión de trasteos en frente de la casa.

El Caimo, agosto 2021

 

[1] No entiendo

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