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Cultura  |  22 agosto de 2021  |  12:01 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

Decálogo para morir mejor

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Un texto de Enrique Álvaro González. Hace parte del libro Literatura Herramienta de la Historia. Un proyecto del grupo Café y Letras Renata.

Ante todo debo aclararles que a diferencia de ustedes, amigos lectores, la historia me llegó de oídas durante unos tragos amigables en una tasca cualquiera. Según el cuento, el escritor Og Mandino, nunca supo si lo vio, o solo sintió su presencia. El caso es que el Conde estaba ahí frente a él sin anunciarse, como amo y señor. No obstante, la primera mirada, sobre el personaje alto, pálido, ojeroso, extraño en su vestir y con esa expresión indefinible en sus ojos, dejó claro que venía en busca de ayuda. El escritor aceptó la situación de la manera más natural y para
poder terminar el trabajo que tenía entre manos le preguntó:
– ¿Quiere tomar algo?
–Bien pueda tomarse lo suyo que yo traigo mi propia bebida–
 
Respondió el hombre, quien además de poner sobre el escritorio un potaje rojizo, tomó asiento. Era algo extrañó el recién aparecido. Maduro según las sienes canosas, ataviado con levita negra, camisa blanca y corbatín. Tras ponerse cómodo bebió y recogió con la punta de su lengua una gota grana rezagada en los labios y luego comenzó a ondear de vez en cuando, con movimientos elegantes, la capa azabache. Cada ondulación provocaba oleadas de frío y tufaradas azufrosas.
– ¿Y bien?- Preguntó Og, al acomodar los últimos documentos.
–Le parecerá extraño que yo pudiéndolo todo, recurra a usted, ¿verdad?- dijo el hombre con voz cavernosa.
–Aquí ha venido cada loco mi querido amigo, que…
–Tic tic tic tic- O algo más raro sonó en los labios amoratados en señal de reproche, lo cual bastó para imponer silencio:
– ¡Escúcheme!- Ordenó y al moverse sus ojos parecieron despedir una flama.
– ¡No me interrumpa!– Y el pobre Og, se limitó a encoger los hombros sin hablar,
silencio total.
 
“Nadie lo creería- continuó el visitante- pero yo, “El Conde Drákula”, “El Príncipe de las tinieblas” tengo problemas. Para quienes me conocen sería impensable, pero… ¿cómo le parece que ya no puedo predecir lo que va pasar dentro de un
mes?
 
– ¿No?- Preguntó Og.
– ¡No!- Respondió el otro.
– ¿Y desde cuando le está pasando eso?
–Desde la semana entrante– Respondió Drákula, y al ver el gesto de extrañeza de su contertulio, agregó: –Yo me entiendo.
– Pero espere, espere. ¿Por qué no acude a un médico?
– ¡Oh humanos!- dijo con voz sepulcral el aludido, y a continuación de la mano pálida casi hasta el blanco, un dedo anémico señaló al dueño de casa:
– ¡No intente decirme que quiero vivir señor Mandino! ¡Yo! ¡Que he visto caer al poderoso y elevarse como las olas al menesteroso, durante muchas centurias!
¿Deseando vivir? ¡Yo que vi perecer a los imperios y nacer los países! ¡Yo!...
¡Yo!... “Yo” “Nosferatu”, no tengo el más mínimo deseo de vivir, pero… tengo problemas para estar muerto sin morir.
–Discúlpeme don Dracu…
– ¡Conde Drácula para usted!
-Señor don Conde Drácula. Discúlpeme pero había olvidado que usted ya no tiene vida qué cuidar. Entonces ¿Qué quiere de mí?
–Tengo tantos problemas, que hasta he leído sus libros. Imagínese. Pero no le haga mucha gracia, ocurre que después de trescientos años el Príncipe de los vampiros, ha hecho de todo, absolutamente de todo. Entonces ese todo se torna
repetitivo, aburrido. Ya no hay hermanas como las de antes, mi estimado Mandino, las de hoy ya ni vírgenes son. Con ese cuento del cine, de Blade Tínity, la serie de crepúsculo y otras, la gente ya no nos teme, entonces se ve uno obligado a perder el tiempo en vainas de humanos.
 
El conde miró fijo a Mandino, se puso de pie, tomó el potaje rojo y se acercó a donde él sentado escuchaba, para decirle:
–Resulta que se me ocurrió que usted hiciera para mí. El pobre Og, parece sereno, pero sabe que no puede negarse a lo que pida el otro. ¿Cómo decirle que no al “Príncipe de las tinieblas”? Intenta alargar un poco el momento.
 
–Qué hiciera… ¿qué?
–Un decálogo para morir mejor– Más que responder, impuso el Príncipe.
– ¿Un decálogo para morir mejor?– Repitió el autor, extrañado, pero más
tranquilo, pues el pedido parecía ser algo de su cuerda.
–Sí, un… decálogo… para morir mejor- Repitió a su vez, pero sonriente Drákula
–Sin embargo, antes de que inicie su trabajo, debo enterarlo de muchas cosas.
Así es que por favor relájese un poco, acepte por favor uno de mis tragos y escuche.
 
Og, asediado por esa mirada perturbadora y la cercanía olorosa, apuró una buena parte del contenido en el recipiente rojo y tras acomodarse se dispuso a escuchar.
– ¿A oído usted algo sobre los empalados en la guerra de Rumania contra los turcos?– inquirió el Conde– ¿No? Pues bien. Por aquellos tiempos la guerra había llegado a tomar caminos endemoniados. Los generales, no aceptaban prisioneros de guerra, que al fin y al cabo eran otras bocas para alimentar, entonces para ahorrar municiones eran aceptadas las más locas ideas de exterminio. Entre ellas los empalados. La narración de sus siglos pasados duró ocho días con sus noches, en los cuales Og Mandino no durmió, pues el brebaje rojizo se lo impedía. Solo tomó apuntes y
deducciones bajo el influjo de la mirada hipnótica y tétrica del Conde. Al final, a pesar de no ser dueño de sí, el escritor garrapateó lo siguiente:
Si es usted vampiro y sus años de medio muerto ya se acercan a los trescientos, no se deprima. Resulta fácil saber cómo se siente cuando en esos pocos siglos de “no vivir” pero “tampoco morir” se ha hecho de todo. Ahora pues, es el momento
de hacer algo diferente con su tiempo, y aunque para los vampiros como usted, este item carezca de importancia, puede tener en cuenta los siguientes consejos:
 
1) Pierda el miedo a las cruces, pues las de hoy ya no están en manos santas, es decir que han perdido vigencia.
2) Haga lo mismo con las balas de plata, que al fin y al cabo lo máximo que pueden hacer es matarlo y esa sería una solución bastante más rápida ¿Verdad?
 
3) En lo que se refiere a las estacas de madera, puede empezar clavando en sus dedos pequeñas espinas y poco a poco va superando la prueba en el tamaño (debe llegar a ser una verdadera estaca) y sitio del cuerpo hasta llegar al corazón. En este punto decidirá si lo que quiere es terminar de morirse, o seguir “medio viviendo-muriendo” otros lustros.
4) No se aparte del ajo. No le digo los beneficios que trae para nosotros los vivos, por eso le sugiero usarlo en sus “alimentos” hasta que su organismo pierda por completo el rechazo que genera.
5) Respecto al sol, la terapia iniciará levantándose una hora más temprano. A eso de las cinco de la tarde, cuando el astro se esté ocultando. Pase frente a la ventana con pasos rápidos para recibir los últimos rayos y cada día adelante una hora la terapia y su salida de la tumba. Si la tiene, pues entiendo que esto solo se da en la realeza vampírica.
6) Aléjese de los cortadores de cabezas. Importante numeral de este decálogo, pues por más que lo intenté no encontré un remedio para ello.
 
Así pues, las películas modernas le darán una idea de los Trínitis y otros decapitadores, a los que usted debe eludir mientras decide morir del todo.
7) No deje de lado los avances tecnológicos. Por ejemplo a la hora de poner en práctica el numeral 5, puede mirar la información de la web sobre bloqueadores solares y otros menjurjes. Encontrará recetas de ajo
adobadas con sangre y otros recursos.
8) Una técnica muy agradable para evitar el aburrimiento de los trescientos años será escribir. Esto no solo le servirá como catarsis, sino que dará a su tiempo libre un norte digno de alcanzar.
9) Evite chupar sangre a personas. Hoy por hoy la hemoglobina se vende como pan caliente en las farmacias. Al principio el sabor puede incomodarle un poco, pero con el tiempo evitará agredir personas y con ello estará más
lejos de los corta cabezas.
10) Superados los consejos anteriores, y cuando ya su cuerpo se haya acostumbrado a medio vivir en el día, dese por bien servido y dedíquese a gozar los pocos siglos que le quedan. Asista a discotecas, bares, whiskerías, pero ya no de noche como lo ha hecho estos últimos siglos, ahora hágalo de día y cuando avance en su terapia, ojalá en una terraza al sol. Vea partidos de fútbol, vaya a cine al aire libre, y en fin, haga lo que cualquier humano normal haría. Pero por favor, no se enamore, si esto pasara, muy difícilmente podría evitar que volvieran los problemas.
 
La felicidad del conde Drácula fue enorme, no solo abrazó a Mandino, sino que le dejó sobre el escritorio una bolsa repleta de monedas de oro. A continuación abrió los brazos, con ellos su capa que al instante se transformó en alas de
murciélago, él mismo también, y acto seguido se lanzó al vuelo por la ventana dejando una risa estentórea en el ambiente. De pronto la diabólica carcajada se vio interrumpida por un ruido estrepitoso y una queja lastimera que terminó en un silencio profundo. Segundos después la expresión divertida de Og se enfrentaba a la de estupor del Príncipe de la tinieblas, quien había caído en una de las jaulas que para ese propósito había puesto el escritor, avisado a tiempo por sus agentes de información sobre la extraña visita. Cosas del internet, supongo.
 
Cuenta el correo de las brujas, que también las hay, que allí está todavía Drákula, pues la jaula está forrada en ajo, tiene dispositivos que dispararían muchas estacas de madera y balas de plata en un supuesto intento de fuga, y que el conde hasta se ha acomodado a su nueva “media-vida-casi-muerte”, pero que ya se ve muy viejo. Tanto que según parece no son muchas las décadas que le quedan.
 
Otro chisme dice que Mandino está a punto de editar un libro que le dará más fama y dinero que los anteriores. A lo mejor trata sobre el DECALOGO PARA MORIR MEJOR.
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