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Columnistas  |  24 noviembre de 2020  |  12:26 AM |  Escrito por: Laura Barrios Quintero

UN PARTIDO DE FÚTBOL

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Laura Barrios Quintero

El escritor y columnista colombiano Juan Esteban Constain, dijo una vez: “como ningún otro deporte sobre la Tierra, como ninguna otra cosa, el fútbol convoca la atención y la pasión de la humanidad hasta el extremo delirante de ser lo más importante que le ocurre mientras está ocurriendo. Como si el tiempo se detuviera y dejara de existir por esos noventa minutos que dura un partido”.

No reniego. A veces parece que el fútbol está tan lleno de emociones -buenas y malas- como la vida misma. Se vive, entonces, casi que con la misma pasión; con fe casi religiosa; con la admiración misma del arte ¿Y es que no es el gol de Maradona contra Inglaterra en el mundial del 86 una manifestación de esto? Si el fútbol no existiera tendríamos un solo camino: inventarlo rápido.

En época de pandemia, cuando todo parece tan surreal, un estadio con gradas vacías durante un partido me recuerda a Juan Villoro, el escritor y periodista mexicano que habló del fútbol como pasión y tragedia, y que dijo también: que “las canchas existen para que la gente se dé vacaciones de sí misma y pueda adorar dioses en camiseta. Cuando están vacíos, los estadios son mausoleos a la nada”.

Esos monumentos a la muerte de nadie, o a la muerte de muchos, que son hoy las graderías desoladas, estuvieron una vez -no hace mucho- llenos de adoradores que desbordan la pasión en cada canto, en cada aplauso, en cada grito, en cada mano levantada, en cada silbato, en cada salto, en cada expresión de luz, de color, de alegría, de sufrimiento, de tensión, y yo estuve. Yo fui testigo, con ferocidad, fui testigo.

***

Ya habíamos ido dos o tres veces antes al estadio. Ninguna como la cuarta. Era 2 de febrero. Ninguno era el equipo de la tierra, pero uno parecía ser tan inmenso, como si tuviera casa en cualquier lugar. Íbamos tarde, siempre vamos tarde y es por mí. Hicimos una fila impensada ahora que el distanciamiento social nos empaña. Pasamos la puerta y corrimos de la mano para ver la entrada del equipo desde la tribuna oriental. Al norte, una multitud roja bailaba, cantaba y saltaba mientras ondeaban banderas porque su dios pisaba la grama. al sur, al oriente, al occidente, el panorama era el mismo. Por más de 90 minutos, la energía se conservó. Minuto 26 y un gol, el único gol, pone a temblar el estadio. No recuerdo nada del otro equipo, más allá del nombre y el uniforme y uno que otro remate al arco. Si en esta historia, hay una historia de una victoria al minuto 26, otra historia, debe contener una derrota a la misma hora. Suena el silbato final, la misma multitud baila, canta, salta y ondea banderas para aplaudir a su dios y volver a casa. Otra vez, de la mano, emprendemos el camino de vuelta entre las gentes.

Mientras caminamos, escucho conversaciones ajenas sin poder evitarlo, van contentos, pero no plenos, esperan no sufrir, sufrir menos tiempo, no “morirse con la nevera llena” -signifique eso lo que signifique- y yo vuelvo a recordar a juan Villoro: “A veces el fútbol se parece a la canción ranchera y lo bueno consiste, precisamente, en salir ultrajado”.

Me doy cuenta que me gusta ser testigo silencioso, me gustan los diálogos en los que no estoy, ver de cerca la pasión en los ojos verdes del lado. Me gusta sostener una mano y sentir un pulso acelerado, me gusta estar ahí y ver emociones y tensiones, felicidades y derrotas que no son mías. Me gusta presenciar otras vidas, sobre todo la suya. Ir y venir de la misma mano, a veces en silencio, a veces preguntándolo todo, a veces hablando sin parar. Estar y contarlo: esa es la meta y mi propia pasión.

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