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Cultura  |  25 octubre de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Cuentos de domingo: La alegre casita de Arenales

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La alegre casita de Arenales

Por Libaniel Marulanda

Mucho tiempo después, en Marcelia aún se creía que el silencio del Alcalde frente a la masacre de la hacienda La cristalina, fue el detonador de su insubsistencia.

Semanas antes, una sutil señal hecha con los dedos fue suficiente para que el Alcalde de Marcelia, a través de la ventana del despacho que dominaba el parque, se notificara de que La Ñata llevaba dentro de su séquito a una auténtica virgen. Desde allí, vidrios por medio, superado el aparente ajetreo y metido dentro de una barriga que tenía la directa proporción de su impotencia, saludó el cortejo con un expresivo pulgar en alto.

Y a partir de ese momento de muda notificación personal, todos los asuntos municipales se vieron desplazados por la obsesiva urgencia de visitar esa misma noche la alegre casita del barrio Arenales, en donde sabía que iba a encontrarse, a su pesar, con el Gerente de la Caja Agraria, y con don Pompilio, el propietario de “Calzado Eros”, personajes tan entrados en carnes y en años como él, y que solían ser los primeros clientes que en Marcelia se enteraban de las nuevas adquisiciones de La Ñata. De ahí que se propusiera hacer valer su investidura oficial para obtener la prioridad esa noche.

Eran los años cincuenta.

Subsidiada por la violencia política que le procuraba mano de obra abundante, bella y barata, vivía en Marcelia esta mujer de cuestionables encantos e indeterminada edad. Según el concepto reiterado cada semana desde el púlpito, para el Padre Betancur esta mujer obraba como agente oficiosa del demonio. Su nombre de pila era Tulia, y aunque no lo fuera, el apodo de La Ñata le fue colgado por su presunta condición de “rola” .Con los años su fama trascendió las montañas que enmarcaban la pequeña ciudad, que ya tenía ínfulas de capital, y sus nueve pueblos satélites.

Fue pionera de la publicidad y el mercadeo en la región, desde el anecdótico día en que reunió catorce jóvenes putas, abortadas por el terror que implantaron en las fincas cafeteras las bandas partidistas. Con nostalgia se recuerda cómo contrató tres lustrosos automóviles de la flota de la plaza de Bolívar y, luego de colmarlos con ellas, inició un desfile por toda la ciudad. Eran tres “Crown-Victoria”, de la Ford, los carros elegidos para la marcha promocional: rojo cereza el primero, azul-rey el segundo y, para observar la paridad en una región donde la gente solía matarsepor la coloración de cualquier trapo, negro medianoche era el tercero y, en ese, viajaba la empresaria, cerrando el elocuente cortejo.

Ante la lentitud con que trasegaba por las calles, de una limpieza derivada de esa autoestima de ciudad pequeña, la gente se detenía. Los hombres desinhibidos saludaban el paso de la caravana sin dobleces ni vergüenzas: al fin y al cabo La Ñata era la fundadora de la primera casa de citas de Marcelia, el lugar que con calor recibía a unos y a otros. Algunos transeúntes, tan tímidos como educados con rigor, desviaban la mirada, buscando inexistentes puntos en dónde enfocar su atención, a manera de recurso para evadir el saludo que buscaba merecer la concupiscente procesión de La Ñata, con el alboroto de las muchachas que con la fres cura de sus años y las poses copiadas de los incipientes reinados de belleza, agitaban sus manos y lanzaban besos y connotativos guiños en toda dirección.

Era un lunes de octubre. Por esta vez, sin saberse la causa, no llovía, aunque la cosecha de café arábigo estaba en su esplendor y se iniciaban los carnavales de aniversario de la ciudad que, sonriente, le abría un paréntesis a sus jornadas de muerte y dolor, ocasionadas por la virulencia partidista. La multiplicidad de eventos recreativos y culturales que comprometían la presencia y curiosidad de casi todos los habitantes, no impidió que la alegre casita de Arenales acogiera aquella noche a tres de sus mejores clientes, dos de los cuales cedieron sus pretensiones ante el tercero, más por inseguridad cronológica que por un posible temor reverencial de gobernados, o por simple caballerosidad. Enefecto, el Alcalde tuvo el privilegio que esperó durante el día.

Veinte minutos después abandonó el sitio con prisa y desencanto, sin que mediara ningún comentario o despedida de su parte. Para el día jueves, La Ñata pudo confirmar sin asombro sus presentimientos de baquiana del placer: aún tenía dentro de su nómina a una auténtica virgen. Comprendió entonces la precipitud del Alcalde y cómo los esfuerzos del día lunes, la reiterada visita de don Pompilio, el de Calzado Eros, el martes, así como la puntualidad del gerente de la Caja Agraria el miércoles, resultaron nulos. Se repitió para sí lo que su experiencia le había demostrado en cientos de batallas: la inocuidad de un espíritu joven metido dentro de un cuerpo añejo: “Es tan inofensivo como una espada de cartulina”.

El episodio, cuando hubo trascendido, contribuyó a debilitar de manera seria la fe que le profesaban los notables de Marcelia al “elixir prohibido”, preparado con chontaduro del Pacífico, miel de abejas, brandy, leche, Pon Malta, huevos crudos, bebida institucional que se repartía en aquella casa. Así que la virgen siguió sumergida en su papel, lo que proporcionó a La Ñata otras ideas como la de un nuevo desfile, esta vez en un camión platanero adornado al estilo de las carrozas que participan en el reinado del café, y una invitación personal a potenciales clientes de menguadas condiciones físicas, de tal manera que a los dos meses aún tenía lo que ya era una mítica mercancía de lujo. Y sólo cuando hubo agotado todas las opciones dentro del mercado de la tercera edad, permitió que la cotizada subalterna atendiera las urgencias del futuro heredero de la hacienda “La cristalina”, a la sazón la de mayor producción del entorno cafetero.

La intuición de mercaderista condujo a La Ñata a institucionalizar aquellos desfiles y extender su radio de acción a los nueve pueblos vecinos. En cuanto podía, y evitando “rayar el disco”, conseguía muchachas inmaculadas para su negocio. Con el paso de tres semanas aumentó la impaciencia de La Ñata. Desde la fundación de su establecimiento, jamás ninguno de sus clientes le dilató el pago de cuentas de trago y mujeres. Al contrario, el notablato de Marcelia que asistía fiel a la casa siempre pagaba de contado y cuando el exceso de consumo sobrepasaba el efectivo disponible, a más tardar tres días después La Ñata obtenía, con generosidad, el producto de sus desvelos. Sin embargo, aconteció el episodio del Alcalde y éste no regresó a Arenales ni mucho menos dio señales de querer pagar la cuenta que dejó la noche en que, presuroso, abandonó la casa.

Vivía el Alcalde en la única urbanización de Marcelia. Era la suya, también, una casa amplia, estilo chalet suizo con techos diseñados para precipitar la caída de la nieve, trasplantada sin prejuicios a un clima de veintidós grados a la sombra. Aquel mediodía algunos vecinos oyeron con nitidez y sobresalto los gritos: “¡Usted será muy importante, pero lo que es a mí no me conejea la cuenta!”, atronaba La Ñata en el portón de la casa de la primera autoridad de Marcelia. Un minuto y medio después la cuenta era saldada y la gerente de la alegre casita de Arenales desapareció dentro de un automóvil que, raudo, abandonó el barrio.

Lejos de sentirse intimidada, La Ñata continuó con sus quehaceres, siempre atenta a su clientela y evadiendo con discreción el tema del cobro de viva voz formulado al Alcalde días antes. Los parroquianos aumentaron por aquellos días previos a la comentada insubsistencia de éste, quien, por otra parte, jamás dejó de saludar con deferencia a la empresaria.

El sábado a primeras horas llegó a la alcaldía el acostumbrado paquete de despachos comisorios, diarios oficiales, oficios y decretos, además de un sobre con membrete del despacho del gobernador, mimetizado dentro del correo, que contenía malas nuevas. Una vez enterado de su contenido, el mandatario municipal realizó el ritual del inventario ante su subalterno, y emprendió el camino de una borrachera que habría de continuar en la alegre casita de Arenales, donde terminó el lunes a medio día, entre la acuciosa atención de la rectora y su clan de muchachas que también ignoraron el motivo de la desgracia laboral del señalado cliente.

Y aunque la verdad siempre estuvo ahí, de bulto, los habitantes de Marcelia, el Concejo y ni tan siquiera los empleados de la Alcaldía, vale decir el secretario de gobierno y la vitalicia secretaria del despacho, nunca se percataron de que una carta remitida por el Padre Betancur al gobernador, llevó a la suprema autoridad departamental a firmar el consabido decreto de la mocha, como solían llamarse en el pueblo tales fulminantes actos laborales del gobierno.

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