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Cultura  |  25 octubre de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Inquilina de la Deep Web

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Auria Plaza

Fue un fin de semana largo. Tres días sin despegarse del portátil, sólo en los descansos para ir al baño. Una maratón para los “duros” fue el anuncio de publicidad para lograr la participación masiva. Sacar a los primeros fue cosa de niños. El juego había sido intenso. Grupos de todo el planeta fueron barridos como polillas. Poco a poco los sobrevivientes eliminados, quedando los cuatro grupos finalistas de veinticinco jugadores cada uno. ¡Ahí ya se puso la competencia interesante! Fue un desafío complicado. Estuvieron en actividad la inteligencia, las estrategias impensables y la habilidad de manipulación. Diseñado para mentes dispuestas a superar lo nunca antes propuesto. Un juego donde Miyasaki es un aprendiz que nunca alcanzará la adrenalina y el suspenso vivido en estos días por los últimos concursantes.

El deseo de los cambios existe cuando la vida es monótona. Que algo extraordinario suceda subyace muchas veces en el subconsciente. Melina no esperaba quedar en el grupo final. Sus neuronas estaban más licuadas que los batidos de su magic bullet y la adrenalina navegaba en las galaxias. Al final el grupo quedó reducido a tres: el nerd de veintidós años, el presidente de un país sudamericano y ella. Apostaron a que el ganador no sólo se llevaría el premio, sino que el jovencito ponía en el tapete su empresa por la que Mark Zuckerberg andaba presionando para que se la vendiera, el presidente su avión presidencial y ella todos sus ahorros e inversiones en la bolsa.

Melina era una más entre los gigantes. Se sentía conquistadora de mundos inimaginables, de la talla de un presidente y de un triunfador del Silicon Valley. Fue uno de esos raros momentos de plenitud que pocos humanos logran alcanzar: felicidad absoluta. Cuando llegó a ese pico se quedó dormida. Ahora la ha despertado el bip…bip… y la noticia de que, no solo no perdió lo conseguido en toda su vida con su trabajo, sino que era la dueña de un avión presidencial y una empresa.

Se sirvió una taza de café del termo y el mismo bol de hace dos días, donde quedaban restos de leche, lo volvió a llenar de cereal. A su alrededor bolsas de comida chatarra, botellas de Red Bull, desechos del naufragio de una fiesta. Desde luego que ella no había tenido ninguna fiesta, era una solitaria, su piel no le exigía el contacto con otra piel. Hay que reconocer que Melina logró alcanzar esa tranquilidad después de muchos fracasos, y cuando el insomnio hacía de su cama un tormento y las manos buscaban a quién tocar, encontró en los juegos en línea su asidero. Durante el día se las arreglaba muy bien en el trabajo, era una ejecutiva exitosa y mantenía a distancia toda aproximación masculina o femenina.

Con la sangre zumbándole en los oídos abrió las persianas para dejar que el sol terminara de despertarla. El celular, que no paraba, le estaba reventando los tímpanos. Sacó la cabeza por la ventana para que el viento la despejara. Tuvo el impulso de arrojarse, sentir la caída como quien se tira en un paracaídas, la libertad absoluta. Sentía el corazón como un pájaro tratando de salir de la jaula. Sus costillas eran los barrotes y el dolor ya no la dejaba respirar.

Empezó a vomitar el café y el cereal sin digerir; la comida chatarra de tres días en un amasijo que subía por el tallo de la garganta quemándole de paso el esófago; vio todo eso convertido en un arco iris de colores y sintió que estaba soñando, mejor dicho, que tenía una pesadilla. Cayó al piso hecha un ovillo y en esa posición fetal empezó a llorar. Un llanto suave como de bebé. Poco a poco fue volviendo a la realidad. El celular seguía sonando.

Como pudo Melina contestó. Era el presidente. Seguramente era un dictador, los presidentes no tienen tantas conexiones para lograr que le dieran su número; o tal vez un sombrero gris de la internet profunda. Quería saber cuándo iba a ir a reclamar el avión presidencial. Necesitaba tres días para tener todo en regla. Melina le dijo que podía meterse el avión donde quisiera y el hombre se puso muy digno. Que era un tipo de palabra, ella había ganado y ahora era propietaria del maldito avión.

Maldita era la hora en que se le ocurrió meterse en ese juego diabólico; a ella, que vivía feliz con su privacidad, la iban a convertir en una figura mediática. Su tan apreciado anonimato perdido por un estúpido juego. Regresó al computador, allí estaban todos los mensajes. Cientos de ellos, no solo del Deep web, sino del torneo. El organizador estaba aprovechando el cariz que tomó para hacerle publicidad al juego. Los desgraciados ya descubrieron su identidad y los periodistas la estaban buscando. En cuestión de horas localizarían su apartamento. Melina metió un poco de ropa en un maletín de viaje, del baño tomo rápidamente el cepillo de dientes y un par de cremas. Sin bañarse se cambió de ropa. En su cartera el pasaporte y como lo había visto en tantas películas sacó el sim del celular lo arrojó por el inodoro, el portátil lo metió dentro del horno prendido a alta temperatura para que se derritiera.

En la despensa una lata de galletas era su caja fuerte; contenía dólares, euros y unas pocas joyas que fueron de su madre. Las vació en un bolsillo interno del maletín. Buscó las llaves del auto y comenzó su paseo millonario; después de sacar dinero de varios cajeros dejó el auto en el parqueadero de un centro comercial y tomó un taxi rumbo al aeropuerto.

La soledad es un arte y Melina, inquilina de la web, no fue cuidadosa, o tal vez la vanidad permitió que detrás del alias dejara un rastro de migas que llevaría a los otros a su verdadera identidad. En la cavidad del auto viendo pasar la ciudad pensó en su necesidad de anonimato. Había logrado su “cuarto propio” del que habla Virginia Woolf.

«Soy un ser solvente, hablaba para sí, no hay en mí descontento y mi posición socio económica es envidiable. Esta auto marginación es solo un deseo de aislamiento que no logro explicar. Fui solitaria siempre y es lo que defenderé, no voy a permitir intrusos en mi vida»

Llegó al aeropuerto sin ninguna dificultad, tomó el primer avión que salía para Europa, con conexión inmediata para el lejano oriente. Antes de embarcar compró con la tarjeta de crédito un pasaje a Nueva York y le envió un mensaje, desde una cabina de internet, al presidente suramericano informándole que donaba el avión presidencial; que podía hacer una rifa con él y dar el dinero a la beneficencia.

Solucionada su pesadilla de qué carajo se puede hacer con un avión presidencial, al chiquillo del Silicon Valley ya lo contactaría después, y mientras bebía champán, que le servían en ese instante en su cómodo asiento de primera clase, empezó a planear su futura vida.

El Caimo, octubre 2020

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