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Cultura  |  25 octubre de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

XV. Notas de la peste: descubrí que puedo imaginar

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XV. NOTAS DE LA PESTE

DESCUBRÍ QUE PUEDO IMAGINAR

Por Enrique Barros Vélez

Hoy amaneció haciendo un bonito día. Me asomo al balcón y veo las superficies relucientes por el sol y las sombras que se crean bajo los follajes de las arboledas cercanas. Me dan ganas de salir, pero la pandemia no me lo permite. Entonces me conformo con mirar los claros y oscuros de los ramajes laterales de la cañada La florida y los cambios de tonalidades en las montañas que ascienden hasta tornarse azulosas en lo más alto y coronarse con nubes caídas del firmamento. El amplio horizonte me causa inconformidad por los más de cinco meses que llevo encerrado en mi apartamento acumulando tedio. Pero en este tiempo no todo ha sido malo, pues descubrí algunas confusas vocaciones relegadas. En los ratos que creo convenientes he vuelto a sentarme a escuchar música, lo cual es una proeza, pues desde la muerte de mi madre no lo hacía, ya que en casa era yo quien la ponía para que nos acompañara en las largas horas que compartíamos juntos debido a su ceguera. Ni siquiera con una terapia había logrado superar ese extraño bloqueo. También volví a disfrutar las lecturas de largo aliento, las que exigen entrega, dedicación. Y reencontré un tesoro extraviado: el placer de escribir. Ahora paso horas y horas haciéndolo, casi como en una jornada laboral, ante todo sobre temas muy íntimos y personales. Para eso debo investigar lo que ha sido mi vida, la de mis familiares y la de mis amigos. Y aprendí a ver el mundo desde mi interior y no desde mis ojos. Esto me ha permitido entender que las personas no son completamente buenas o malas, pues “el corazón tiene razones que la razón no entiende” y esclarecer dudas sociales, políticas o culturales que de tiempo atrás me han inquietado. En esta introspección también he descubierto muchos “yo” conviviendo íntimamente conmigo, que asumen diversas posturas. No soy uno, soy muchos y esencialmente estoy identificado con todos ellos. Durante el día mis dedos intermedian en la transcripción de las historias que voy leyendo en la pantalla del computador, en un proceso que rescata vivencias brumosas y las convierte en relatos concretos. Así logro entrever con mayor claridad las circunstancias que configuraron mi mundo, aunque fraccionadas, como piezas de un enigmático rompecabezas, y recuperar señales que estaban relegadas al olvido, o a la ingratitud, en mi memoria. Y mientras mis dedos y mi mente se sincronizan en la elaboración de estos textos yo me desconecto de la tensión que vivimos y me emociono con estas evocaciones que me permiten entrever quién he sido y quién soy en realidad. Gracias a esto he encontrado nuevos significados en mi vida y en las de quienes son parte de mis afectos. La labor de escribir también incluye temas de actualidad, como la pandemia que nos aqueja, que, aunque nos aísla, no logra impedirnos que escapemos con nuestra imaginación. Esta inmovilidad, entre otras cosas, ha agudizado mi curiosidad. Por eso mis escritos también pretenden ser un testimonio de los cambios que percibo en nuestros comportamientos colectivos, derivados de esta emergencia avivada por la inocultable posibilidad de contagio y muerte. Aunque no parezca, esta labor literaria también tiene algunos riesgos, pues en ocasiones me embarga una profunda nostalgia y un fuerte sentimiento de rechazo hacia esta cotidianidad confusa e impersonal, contaminada por las prevenciones, las desconfianzas, los aislamientos y un pavor irracional al contagio. Obligándonos entonces a vivir muriéndonos de miedo…

Septiembre 15 de 2020.

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