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Cultura  |  28 septiembre de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Cuentos de domingo

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Notas de Sasaima

Por Libaniel Marulanda

Con la aguardientosa pesadez de los sábados, se despertó a las doce del día. Como era usual, su mujer no dijo nada. La escuchó trajinar en la cocina y desde allí preguntarle si necesitaba temprano el uniforme.

“Bueno, mija; claro, mija. Tengo que camellar con la mariachada en una fiesta campestre. Ahora pasan a recogernos”.

“Pues se jodió mijito porque anoche rompió los pantalones y no les veo arreglo”.

“Iré con otra ropa, de parche, y Alpidio tendrá que aguantarse”.

En el momento de afrontar el frío y flaco chorro de la ducha, golpearon la puerta: era Alpidio. La mujer abrió y lo hizo seguir a una salita pequeña, oscura y ocupada por tres sillones enormes y desvencijados. Recibiendo luz y calor, en una esquina un divino niño Jesús, abierto de brazos, bailaba cumbia al compás de la veladora.

La mujer llevó café endulzado con panela. Su marido salió del baño y, antes que saludar, contó a Alpidio lo del uniforme.

“Vea hermano, no hay de otra. Váyase de parche pero es bueno que sepa que con eso de la faltadera a ensayos, su tomadera en el grill y en las serenatas, está dañando el mariachi”.

Sin replicar y casi con alegría aceptó las razones de Alpidio. Prometió no faltar a ensayos, no retrasarse en la entrada al grill, dejar el trago, comprar nueva abotonadura de charro y dedicarle mayor tiempo al estudio del guitarrón.

Alpidio no dijo más al respecto, aunque no creyó en las intenciones de su compadre: llevaba años prometiendo enmendarse. La mujer, aprovechando que su marido fue a vestirse, apresurada y una vez más, le pidió a Alpidio que aconsejara a su marido: “Ya se está alcoholizando. Cada día es más borracho y demorado en llegar. Lo único que hace es dormir, oír fútbol y leer El Espacio”.

Regresó vestido de blanco, sombrero alón, botas lustrosas, pulsera y cadena grande, de fantasía. Los dos salieron a esperar el carro.

Antes de comenzar a tocar en la fiesta, a tiempo que cumplían la rutina de desempacar los instrumentos, buscar y ponerse los sombreros de charro, instalar el equipo de amplificación y afinar, Alpidio le recordaba lo del uniforme y las llegadas tarde al trabajo, los peligros del alcoholismo y el mal ejemplo para los hijos.

“Negrita de mis pesares, ojos de papel volando a todos diles que sí pero no les digas cuándo”

De nuevo entraban las trompetas, siempre afinadas en este tema que a fuerza de repetirlo una y otra noche en una y otra serenata, se había tornado cansón. Se tocaba y cantaba maquinal, sin ninguna emoción. Con milimétrica frialdad.

“Cuando me traes a mi negra que la quiero ver aquí con su rebozo de seda que lo traje de Tapí…”.

Y de nuevo las trompetas, ya para el final. Y obedeciendo a un ritual ineludible, uno de los concurrentes gritó enseguida su deseo de escuchar El Rey.

“Siempre lo mismo. Podría apostar cuál es la siguiente petición. Ahora están coreando El Rey, luego, el que primero se deje agarrar por los tragos, vendrá hasta nosotros. Cogerá el micrófono, le pondrá una mano encima, lo hará chillar, soñará que es Vicente Fernández, gritará imitándolo, se desmedirá, se desafinará, y pedirá un aplauso para el dueño de la fiesta, el duro”.

“Nosotros nos tragaremos la rabia de acompañar borrachos. Todo sea por la plata. Por la plata baila el perro y ellos gastan, pagan bien, dan buena comida, buen trago y si alguno quiere un pase de coca no necesita ni pedirlo”.

Enseguida, una de las mujeres pidió que tocaran “La Araña”. Tomó de manos de la cantante el micrófono y comenzó a batallar contra la tonalidad, el ritmo y los instrumentos, en un derroche de ignorancia musical, como si tratara de cantar en contravía.

Terminada la primera tanda con el tema de rigor, dejaron los instrumentos, formaron un semicírculo, posaron para una toma de video y cada uno, con el sombrero de charro en una manoy un trago en la otra, se entregó a los comentarios usuales del gremio en los descansos, centrando toda su pródiga artillería verbal en los encantos de las invitadas.

El violinista ciego, no queriendo marginarse de un todo del chismorreo de sus compañeros, imitó la chillona voz de un invitado que minutos antes se esforzó vanamente en cantar:

“Y borracho y cantinero los dos están muriendo mariachis y cancioneros también salieron corriendo y así acabaron dos vidas por un mal entendimiento…”.

Todos los integrantes del Mariachi Zacatecas sintieron las voces, el tropel, los gritos y los disparos. Luego pudieron verlos de frente. Sintieron miedo. Mucho miedo.

Vinieron las ráfagas inmisericordes, buscando primero al dueño de la fiesta y a sus más cercanos protectores. Luego, sin discriminación, a los invitados.

El fuego pareció entrar en una tregua, cuando presuntamente llegaba el turno para el mariachi. Y vinieron vociferantes las amenazas: “¡Agradezcan hijueputas que los dejamos vivos para que cuenten…!”.

Presuntuosos, conscientes de su disciplina y organización, los atacantes huyeron.

Alpidio, respirando con esfuerzo, tembloroso y pálido buscó a su compadre: lo encontró a doce pasos. “Se da cuenta hermano de que yo tenía razón, que no eran ganas de joder y usted que decía que eso era secundario, que a la gente sólo le importa oír rancheras y la verraquera del mariachi, que lo que pasaba era que a mí me estaba dando por exigir mucho y que esas personas que nos contrataban para amenizar dos o tres días una fiesta eran descomplicadísimas, bacanes, sobrados, unos duros, que lo único que teníamos que hacer era cantar y tocar a la lata y si alguno de ellos nos la montaba con que “repitan El Rey, pues había que hacerlo y que si la mujer del duro nos hacía cantar veinte veces “señora yo no le he robado nada…”, pues a darle gusto se dijo y que si a don Gilberto Molina le daba por arrebatarnos un micrófono y berrear “de mis ojos está brotando llanto, a mis años estoy enamorado…”

Había que pescarle el tono, seguirlo como fuera y hacernos los sordos si al fin no podíamos acompañarlo, porque se desafinaba hasta cantando un bingo y se acuerda hermano que usted, que se estaba comenzando a alcoholizar, que se empujaba tres tragos y empezaba a caerse, a atravesarse con el guitarrón, a olvidarse de las letras, siempre decía que esas cosas que pasan y seguirán pasando no eran problemas de nosotros y que a usted sólo le interesaba el factor billete, la buena comida y el trago y que lo demás valía huevo, y que si la gente era corroncha y no pedía sino a Cornelio, Vicente y Helenita, a complacerlos y punto, que para usted valía lo mismo Plácido que Rómulo, que lo que esa gente hiciera o dejara de hacer no nos importaba, que los negocios nocturnos de Bogotá se movían por ellos que gastaban sin pesar y llevaban muchas serenatas con mariachi y que la vida así era muy fácil y que de pronto, a fuerza de andar con ellos para arriba y para abajo, así como al dueño del grill, también nos daban un chancecito o nos financiaban para poner una tabernita y se acuerda hermano que esta mañana en su casa le dije y para rematar hace un rato se lo repetí, porque usted es mi compadre y mire hermano cómo está ahora: ¡destrozado y muerto por la falta de un maldito uniforme!”.

Bogotá, febrero de 1992

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