• MIÉRCOLES,  15 JULIO DE 2020

Cultura  |  29 junio de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Rubiela Tapazco Arenas

Volver en junio, del otro año

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Volver en junio, del otro año

Un texto de Johan Andrés Rodríguez Lugo. Fotos: Diego Mauricio Vásquez Sierra.

...Y un horizonte de versos, orgía de cordilleras
Sinfonía de cafetos en mi ser se enseñorea
Y allá por la 25 trasnochando van mis sueños
Rumor del Santo Domingo, Calarcá de mis anhelos.

Libaniel Marulanda.

Este junio no se dieron las fiestas de Calarcá. Evento que como calarqueños tememos, amamos, esperamos, criticamos, salimos y nos emborrachamos. La puñalada bailable, el “no lleve machete que allá le dan”, el voleo de botella a las tres, cuatro, o cinco de la mañana del jueves, viernes, sábado, domingo o el lunes. La semana cultural del municipio, los desfiles, el yipao, la criticada cabalgada, la esperada ceremonia de coronación del Reinado Nacional del Café. Las casetas, las calles cerradas, las calles sucias, las calles mojadas, las calles llenas de heces de caballo, las calles llenas de gente, las artesanías en el Robledo, las mazorcas en cada esquina, las manzanas acarameladas, los vasos de cerveza de un litro, los sombreros, los ponchos y las manos curiosas que nos roban. Todo eso hizo falta.

Segundo Henao, Román María Valencia y todos los fundadores, colonizadores y primeros habitantes de este territorio que hoy le llaman “Cuna de poetas” o la “Puerta de entrada al paisaje cultural cafetero” no creo que hubiesen imaginado las desdichas que traería una pandemia, una situación de aislamiento que nos alejó de lo único divertido de Calarcá por estos días: Sus fiestas aniversarias. Ya no podremos pasar por alto nuestra variable situación política, ya no podemos dejar de notar el desorden ciudadano que se da gracias a las malas decisiones políticas, no podremos desconectarnos de nuestra realidad poética de un municipio supuestamente liberal donde se siguen tomando decisiones para unos pocos y procurando ser un territorio más, una finca más, una parcela que se dividen quienes de forma egoísta nos roban nuestros sueños.

Pero bueno, que se vengan los recuerdos mejor, que se venga la añoranza de aquellos días en que al parecer nada de lo anterior nos importaba y es que las vacaciones de mitad de año no serían las mismas sin el cortado con jugo de caña, sin los cuchillos super especiales que cortan y parten y pican y decoran y sirven para todo, sin las sorpresas envueltas en un pedazo de papel arrugado que resultan ser un hilo rojo con alguna baratija. Sin los gorros, las ruanas, las alcancías de barro; las correas, zapatillas, chaquetas y billeteras de cuero. Sin las pistolas de balines, ¡Ahh heridas que hice, me hicieron y nos hicimos!

Fiestas de Calarcá 2000 – 2009

“Cuando yo quería ser grande y acompañar a mi viejo” que en esos días llegaba a la madrugada con su sombrero de cartón amarillo que decía Aguardiente Cristal, su camisa de cuadros blanca que le había regalado el año anterior en otro día del padre, su jean azul y sus zapatos de cuero negros, su poncho sudado, apestado a ron, aguardiente, cerveza y loción de mujer y sus palabras entrecortadas que realmente no recuerdo, sus manos grandes, pesadas, que me abrazaban, me cargaban y me llevaban hasta la cama para poder descansar. Dormir el guayabo, recuperar fuerzas, tomar caldito en mi casa, en su casa y en la tarde, antes de volver a salir a seguir conmemorando que era calarqueño, que vivía en Calarcá, que no pasaba nada y se podía emborrachar en cualquier caseta porque en todas encontraba amigos y manos que le pasaban trago, ir de fiesta en fiesta, hasta volver a la casa del centro de la ciudad donde vivíamos mamá y yo.

En esos días, yo me mareaba a punta de cortado y manzanas caramelizadas. Las mazorcas con mantequilla eran demasiado grandes y los perros, hamburguesas y salchipapas se veían de buena procedencia. Recuerdo que todos los días iba a las artesanías, sí, a ver lo mismo, a ver la gente, a ver los artesanos a esperar que mamá preguntara en cada casetica cuánto valía ese llavero, esa carpetica hecha en punto de cruz, esas tejas, esos cuadros, esos peluches. A sentarnos a comer crispetas en el parque y pensar lo bueno que fuese el siguiente año tener nosotros una casetica de esas porque ella podía hacer todo eso, es más, siempre lo hacía y todo lo vendía. Pero nunca se dio, ella prefería descansar realmente de su labor de docente y a mí me encantaba tenerla 24/7 en modo madre.

Varios años vivimos en la Calle 36 #25-56, un edificio azul que nos mantuvo vivos durante el terremoto y que aún hoy sigue en pie, propiedad de don Fabio Botero, no sé si todavía, y donde hoy, en su primer piso, habitan las Hamburguesas de Fercho. En ese entonces, las artesanías no se hacían en el colegio Robledo sino por ahí, en la calle, desde la Calle 36 con 25 hasta la 36 con 22 donde queda la tienda de Tacocha. También había una arista que se iba por toda la carrera 23 y otras casetas que se ponían independientes. A veces hasta llegaba el circo y acompañaba toda la ceremonia de visitas a ver lo mismo pero distinto que traían los artesanos. El edifico que menciono, donde vivimos mamá y yo, tenía una puerta de entrada con un gran espacio donde están las escaleras que se comparten dos apartamentos, únicamente el 202 y el 203, para entrar a los otros apartamentos se debe ingresar por la puerta que está al lado de lo que en el pasado fue el bar Valentino´s. En ese espacio, doña Blanca que era tan servicial, permitía que los vendedores de comida que se hacían en la bahía, al frente de la casa, al lado de donde quedaba el restaurante Gusto y Sabor, guardaran sus productos, maletas, y comidas. Ahí aprendimos que la hamburguesa que se armaba el jueves en la tarde podría ser comida el lunes si no se vendía, lo mismo que los perros, o las golosinas.

Fiestas de Calarcá 2010 – 2012

A Johancito adolescente lo dejaban salir los sábados en la noche a parchar a la Chapolera antes de ser mayor de edad. Cuatro esquinas que aun hoy son el punto de encuentro para calarqueños de distintas edades, pero que en ese momento era el jet set del pueblo. Si no te dejaban parar ahí no eras nadie, y cuando me refiero a pararse era literal a estar parado con una cerveza toda la noche, esperando alguna pelea, alguna novia celosa, algún caballo que pasara. Muchas historias se han dado en esas cuatro esquinas, algunas las recuerdo, algunas no, otras pasaron sin mí, pero sigue siendo un lugar de encuentro, de borrachos, de felicidad y de fiestas.

En esos años eran común las chivas, realmente no me gustaban, si habré ido a 3 en la adolescencia fueron muchas, nunca le encontré lo divertido a eso y claro que me perdí de muchas cosas, a veces me lamento a veces no. Hubo una chiva peculiar, tal vez el cumpleaños de alguna niña, o la organización de algún emprendedor, en todo caso, yo vivía pendiente de una mujer que veía los sábados con las amigas en la esquina del edificio Camino Real. En ese momento no había chats, ni Facebook, ni nada, tampoco tenía su número o su dirección, en todo caso la chiva estaba programada, realmente eran como 3 chivas las que saldrían aquella noche y yo quería ir porque estaba confirmado que ella y las amigas también irían.

Doña Blanca en un inicio aceptó porque iban todos mis compañeros, pero el sábado a las cinco de la tarde cuando hice la solicitud de confirmación de mi salida a las nueve de la noche, una corazonada de mamá, una histeria del hijo y par correazos me impidieron vivir ese momento. Luego me enteraría que esa noche aquella mujer se “cuadraría” con su novio de varios años, así que bueno, la lamentación no fue mucha, de todas formas, no me gustaban las chivas.

Las fiestas de Calarcá, sin duda son un eterno sábado en la noche. Y claro, había un sitio en donde los adolescentes de aquel momento podíamos sentirnos grandes porque era una caseta solo para menores, se llamaba: El Rumbodromo. El Club Quindío de Calarcá cedía durante fiestas un espacio para armar una gran carpa blanca, a veces con tarima de DJ, a veces solo con sonido, en donde estaban esas mesas de madera, esas sillas o banquitos y el aserrín en el suelo. Era la caseta de los niños, con cover y todo, la guardería mientras los padres rumbeaban en Corceles, o en alguna de las casetas de la 25.

Hay una anécdota que jamás olvido, un susto de fiestas. Aquella noche salí con unos amigos. Evidentemente solo nos dejaban estar en el Rumbodromo y a cierta hora nos iban a recoger. Resulta que nos sentamos en una de las mesas, cerca a la zona de baile, una tarima improvisada con tablas donde el perreo apenas se estaba aprendiendo. Nosotros éramos solo hombres. Una mesa de 8 o 9 amigos. Sonó una canción de salsa, tal vez, por que de otra forma yo no me hubiese levantado y arriesgado mi vida a un “no gracias, no bailo” de una mujer. Resulta que la canción inicia, las parejas se arman y esta vez me tocaba cuidar las chaquetas, así que me quedé sentado. Frente a mí quedaba un breve espacio de la tarima y pensé que si bailaba en esa esquina le podía poner cuidado a las chaquetas sin problema. Así que activé la vista panorámica, y empecé a buscar una pareja. A unas cuantas mesas había una niña en la misma posición que yo: sola, con bolsos, chaquetas y moviendo los pies al son de la música, estaba sola y pensé que era lo que buscaba.

Tomé fuerzas, me paré, y empecé a caminar. La niña me vio, se sonrió, pero en su rostro había más una sonrisa nerviosa, yo pensé que llevaba todas las de ganar cuando un breve movimiento de su cabeza indicándome que no podía acercarme me alertaron de una sombra que venía detrás de mí. Era su acompañante, un muchacho mucho más grande y acuerpado que yo, con una chaqueta de colores, unos jeans muy entubados, unos zapatos Venus negros y una correa de taches, una mirada nada familiar y una seriedad que hizo que me hiciera el bobo y siguiera derecho de la mesa, dando la vuelta, haciendo como si estuviera buscando a alguien y luego regresar a mi mesa, a cuidar las chaquetas y a no mirar la risa cómplice que le dio a la niña porque en todo caso, se podría armar algún problema y ella lo sabía. Hombres celosos que llaman. Los días siguientes tuve algunos éxitos, claro, algunos besos y recuerdos que quedan al son de la bachata, la salsa y las primeras canciones de Wisin y Yandel, Daddy Yankee y Don Omar.

Fiestas de Calarcá 2013 – 2019

Durante la semana de Fiestas Aniversarias está permitido tomar cerveza desde la mañana, no importa si es un desfile, si es el Yipao, si es el concurso de bandas, si pasa la familia Castañeda, si llegan las reinas, si es el desfile de los cafeteritos, siempre hay una cerveza en la mano, ya sea de vaso, de lata o de botella. Abundan los vendedores que, en sus canecas llenas de agua con hielo, cargan al hombro cervezas, aguas, Vive 100 y gaseosas.

Por lo general se cierra la 25, la calle principal del municipio, así que el tránsito se vuelve imposible por la cantidad de gente tan descomunal que sale a caminar de arriba abajo, desde el Robledo hasta las amapolas. Caminar, comer, pedir permiso, estrujar, levantar la cabeza para estar pendiente de los compañeros de andanzas, caminar, tratar de mantener la lata de cerveza en las manos, estar pendiente de los bolsillos y hablar a gritos porque cada caseta tiene una música diferente a todo volumen. Disfrutar las tardes de artesanías, y estar listo cuando el sol se apague para escoger caseta. Llegar temprano y procurar no moverse, entrar, quedarse ahí y no salir, afuera hay más borrachos, más ladrones y botellas y sillas voladoras, adentro también, pero al menos está uno “más seguro”.

La rutina sigue siendo la misma, empezar el jueves y tratar de llegar entero al domingo, el lunes ya es un descaro. Cada noche quedar con amigos, encontrarse amigos, rumbear con vecinos, compañeros, excompañeros, familiares y visitantes. Muchos de los jóvenes de los sábados ya no viven en Calarcá, se fueron a estudiar o a trabajar a otras ciudades o países, pero siempre regresan en junio para disfrutar de las fiestas aniversarias. Es más probable ver un visitante en fiestas que en diciembre. Nadie se quiere perder la posibilidad de rumbear sin límites tres o cuatro días seguidos en el municipio que los vio nacer, que, a pesar de ser tan peligroso, uno siempre termina bien acompañado, y claro, borracho.

Ahora no solo es relevante la fiesta, también la cultura, a Juan Antonio y a mí nos encanta ir al concurso de bandas, analizar las percusiones, adivinar las canciones que tocan, preocuparnos porque en el momento que los bastoneros hacen su espectáculo no se les caiga o se aporreen. Aplaudir a cualquier banda de cualquier ciudad y sentarnos en el polideportivo toda la tarde con el sol encima a apostar cuál de todas ganará. También otros espacios que se brindan, otros eventos, conciertos y presentaciones, al final de la noche bailar hasta el amanecer ya sea en una caseta o en el parque al son de los cantantes que traigan.

Realmente no es que hicieran falta esas fiestas, realmente es ver la gente, es la excusa, es el saber que afuera está pasando de todo, que Calarcá cumpleaños, que la soledad de las mañanas no combina con la abundancia de gente en la noche, de no poder caminar, de estrujar y empujar gente para pasar. Tal vez el otro año ya no sea igual, la paranoia y las cuestiones de seguridad aumenten, no me imagino luego de esta pandemia querer salir a estar tan cerca de la gente, aunque nada, esto también pasará, no recordaremos lo que sucedió, es más, ni nos acordaremos qué día es, como ahora, que todos son un eterno primero de enero, calles solas, gente encerrada, rumbas dentro de las casas y olor a licor.

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