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La Cosecha  |  12 noviembre de 2017  |  08:42 AM |  Escrito por: Edición web

Daniel, el guardabosque de Barbas-Bremen.

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Por Miguel Ángel Rojas Arias

Daniel Escobar compró hace cinco años una finca cafetera de una hectárea larga, en la vereda El Vergel, municipio de Filandia, con el fin de dedicarse a la agricultura. Pero le pudo más su amor por la naturaleza, que tenía al frente: el distrito de conservación natural Barbas-Bremen, y convirtió el cafetal en su propio bosque. Y vive allí, en el bosque. Nada lo emociona más en su vida que llevar sus botas por el sendero del bosque que hace tres años ha dejado crecer al desgaire.

Este joven de 30 años es uno de los principales líderes del movimiento ambientalista que defiende el distrito de conservación de Barbas-Bremen, y lo hace con tanto empeño que su vida no solo gira alrededor del bosque, en términos idealistas, sino literalmente. Su finca se llama La Semilla y el 90% está hecha bosque. El 10% restante lo utiliza para su casa de habitación, que comparte con su compañera Estefanía y una huerta donde cosecha una gran variedad de alimentos.

La huerta es compañera del bosque, porque de este provienen los pájaros que se comen los gusanos que se asoman a las plantas de su granja; del bosque también vienen las avispas que se tragan los cucarrones de los árboles frutales y de los cafetos que aún conserva. Cada que puede, vende una ancheta diversa de sus productos: lechuga, cebolla, yacón, remolacha, zanahoria, huevos de gallina, papaya, guayaba, cilantro, berenjena, por supuesto, sin un milímetro de químicos. Una verdadera granja ecológica con cultivos orgánicos.

Tiene minúsculos potreros de rotación para gallinas, que se alimentan de lo que ellas escarban en la tierra y de las hojas y material sobrante de la huerta. Lo primero que hizo fue suspender el uso de todo tipo de venenos, porque son enemigos absolutos de toda vida. El control de plagas se lo deja a la diversidad, a través de una defensa biológica natural. La fertilización nace en el compost que prepara con elementos del bosque y la montaña, minerales traídos de canteras del Valle, el ripio del carbón de madera, los desperdicios biodegradables de su cocina, y melazas que consigue en Armenia. Es decir, en La Semilla, Daniel y Estefanía producen hortalizas orgánicas al tiempo que cuidan el bosque.

Hoy disfrutan de una flora diversa, mamíferos, reptiles y aves. A su finca se asoman con frecuencia, guaguas, zorritos, tigrillos, guatines, culebras, ranas, sapos, iguanas y muchas aves. “A la fecha hemos identificado 55 especies de aves, tales como tángara dorada, tángara rastrojera, torito cabecirojo, tángara real, pigua, lora maicera, pava negra, perdices y búhos. Hemos escuchado la pava caucana y el mono aullador, pero no los hemos fotografiado aún”.

Los buenos días de Daniel y Estefanía están por venir. EPM los escogió como guardabosques y les paga una mensualidad por haber elegido este destino para su predio rural y para sus vidas. Además, está terminando la construcción de un sendero ecológico, para visitas guiadas, con tres estaciones de avistamiento de aves.

Daniel es un guardabosque de corazón, influenciado por su abuelo campesino, que con una finca sacó a su familia adelante. “Iba a la finca con él, le hacía huelga si me dejaba. No había mucho bosque, era cafetera, pero era diversa, con frutas y guaduales. Me entretenía en una quebradita jugando con iguanas y serpientes, de ahí proviene mi amor por la naturaleza”, recuerda con nostalgia de nieto agradecido.

Este hombre, profesional en Administración de Empresas Agropecuarias, pertenece a la generación que ha sido testigo del cambio climático. “Ir a Salento, Filandia y Circasia, hace 20 años, tenía un requisito inaplazable, llevar abrigo. Hoy no es necesario hacerlo, la temperatura subió. Nosotros, los de mi generación vimos arrasar los guaduales y los bosques y construir en su lugar edificios, urbanizaciones, autopistas y otro tipo de infraestructura, y estamos empeñados en parar ese desastre ambiental”.

Daniel es un convencido de que la vida es diversa. Y dice: la diversidad te garantiza la vida y el equilibrio. No podemos simplificar la vida. Cuando se simplifica un ecosistema, es la muerte. Por eso hay que diversificar. Una sola especie es la condena a la vida, por eso la diversidad es fundamental para que haya vida, para la resiliencia frente a los eventos climáticos o cualquiera otro. Solo un cultivo diverso puede recuperarse frente a dichos eventos. Ahí está el valor de la vida”.

Cuando salimos de la finca, ya montados en el carro para volver a Armenia, Daniel nos grita, desde la puerta de guadua de su casa campesina: “Voy a seguir trabajando por el bosque, siempre en defensa del bosque, de la vida silvestre”.

(Publicada en la revista ASÍ SOMOS de Comfenalco Quindío)

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