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Cultura  |  20 octubre de 2019  |  12:36 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

El encierro de Córdoba

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El encierro de Córdoba

Este texto fue escrito por Uriel Quiroz Caro, integrante de la tertulia Café y Letras Renata.

En 1948, bajo el gobierno de Mariano Ospina Pérez, es asesinado Jorge Eliecer Gaitán, lo cual desencadenó la violencia partidista por todo el país. Dos años después, llega al poder Laureano Gómez, político conservador, quien como su antecesor, usó a la Policía y al Ejército para cometer actos violentos en contra de sus enemigos políticos.

En 1953, con un golpe de estado, el General Gustavo Rojas Pinilla, toma el mando, mientras en el departamento del Quindío, la violencia fue más notoria. Agentes del Estado y cuadrillas de pájaros (antecesores de paras) como Jair Giraldo, Efraín González, Melquisedec Camacho, Polancho y otros, sacaban a los liberales de sus tierras, matándolos o despojándolos, para adjudicarlas a sus copartidarios conservadores.

Como respuesta, los propietarios liberales hacen un fondo común, van a Planadas, población del sur del Tolima, en busca de Teófilo Rojas, alias Chispas, uno de los bandidos más temibles y sanguinarios de la época, a quien le ofrecen dinero para que los proteja.

En los años ciencuenta cuando entró la violencia a los pueblos quindianos, se perdió la inocencia entre tanto disparo.

Este llega en 1955 con quince hombres por el páramo de Chilí, parte alta de Pijao, y ejerce influencia en la cordillera que colinda con el Tolima, desde Calarcá hasta Sevilla (Valle). Todos con el mismo prejuicio, decían: “A mí me mataron a mis padres y parte de mi familia. Yo para poder salvar mi vida, tuve que enmontarme”. Por este grupo, llamado “Los caratejos del Tolima”, los campesinos liberales pudieron decir: “de no haber sido por chispas, habría perdido mis propiedades y hasta mi vida”.

En aquel tiempo, Córdoba pertenecía a Calarcá y vivió la violencia de grupos armados. Incendios, mutilaciones y todo tipo de violaciones a los derechos humanos, incluso de policías y sacerdotes sectarios. Mis padres eran dueños del hotel del pueblo, que alojaba empleados públicos, profesores, músicos, toreros de las fiestas folclóricas, o campesinos atraídos por el auge del café.

Era un pueblo cantinero, donde los fines de semana no se podía dormir por la música y las peleas de borrachos, y donde la zona de tolerancia quedaba en medio de un cafetal al que no iban ni la policía ni los niños, por ser un lugar de perdición y peligro. Las mujeres, cuando se les preguntaba por sus maridos, contestaban: “Está en el barrio, en la zona” o las más resentidas dirían: “Está en el putiadero”.

El Encierro:
A fines de noviembre de 1957, durante el gobierno de la Junta Militar, en Córdoba, en horas de la mañana, salió del cuartel una patrulla en su recorrido de vigilancia rural. Al regreso, ya entrada la tarde, por la carretera que llega al pueblo y cerca de la zona de tolerancia, fueron emboscados por una cuadrilla de Chispas, con el saldo de seis soldados muertos que rápidamente fueron despojados de armas y uniformes. Los que quedaron vivos, fueron masacrados a machete, de tal manera, que cuando los soldados que había en el caserío oyeron los disparos y llegaron al sitio, solo encontraron un cuadro dantesco de muerte.

habitantes, acostumbrados a ver cadáveres de campesinos ajusticiados por los grupos armados, cerraron por precaución puertas y ventanas, ante los hechos que ya tocaban los cimientos morales del pueblo. Entrada la noche, a pesar de que no se contaba con alumbrado público y la planta “Pelton”, que suministraba este servicio estaba fuera de servicio, las lámparas Coleman, los mecheros y las velas de esperma que se usaban en estos casos, no fueron prendidos.

Así sucedió en Córdoba que sufrió un gran asedio de fuerzas militares que tomaron venganza con los menos culpables.

Cuando la columna militar, con sus muertos entró al pueblo, ventana o puerta que vieran abierta era abaleada, perro o gato que se moviera lo mataban y solo se escuchaba a los miembros del Ejército, vociferar contra el pueblo atemorizado.

A eso de las cuatro de la mañana, la fuerza pública, con estruendosos golpes, obligó a abrir las puertas y ordenó a los habitantes a dirigirse a la plaza, donde persona que por enfermedad o discapacidad no pudiera cumplir la orden, era sacado a rastras hasta la calle empedrada donde otros vecinos los auxiliaban.

Mis padres con sus hijos, la mayor de trece años y la menor de brazos, se reunieron con los demás pobladores, tres mil o cinco mil, mis cálculos de niño son imprecisos, separaron a los hombres en la mitad de la plaza, las mujeres y los niños al frente de la iglesia que el “santo cura sectario”, había cerrado y según cuentan habitantes antiguos, en el atrio una señora tuvo un parto.

Los niños, inocentes de lo que pasaba, jugábamos con los compañeritos, entre ellos un muchacho de catorce años, de cuerpo delgado y contextura alta, a quien apodábamos “Vara Seca o Vara de Premio”. Un soldado que pasó entre nosotros, en cuanto lo vio, lo golpeó con el fusil y le dijo: “usted ya es un hombre”, le dio una patada y lo empujó al centro de la plaza. Cómo lloraba nuestro amiguito. Era un llanto de niño, no de hombre. A raíz de esto, los demás niños nos agarrábamos atemorizados a las faldas de nuestra madre, cada vez que un soldado se nos acercaba, temerosos de correr la misma suerte.

Las necesidades fisiológicas se hacían en cualquier rincón del atrio y los hombres en la mitad de la plaza. Las horas transcurrían y la situación era cada vez más penosa. Decir a nuestras madres, las palabras del crucificado, al anunciar, “tengo sed”, era aumentar más su angustia, pues ellas oraban a Dios pidiendo que bajara con su ejército de ángeles en defensa de este pueblo cristiano, pero Dios no existe. Los Dioses del Olimpo guerreaban por sus devotos, pero aquel día en Córdoba, solo había centuriones que aplicaban a los pobladores inocentes la ley del Talión. Ojo por ojo, diente por diente.

A las cinco de la tarde, dejaron ir a las mujeres con sus hijos de brazos. Mi madre con el corazón destrozado nos dejó al resto de sus hijos encargados con sus vecinas, hasta las seis cuando el resto de mujeres y niños pudimos ir a las casas.

Los hombres esperaban un desenlace fatal, pues se comentaba que el pueblo sería incendiado o bombardeado con sus habitantes y como las casas eran de madera, guadua y bahareque, era obvio que esto facilitaría la destrucción. Para este trabajo, el gobierno utilizó a nuestros “héroes de Corea”, sicópatas acostumbrados a matar, que ya lo habían hecho en Villa Rica, al sur del Tolima, donde bombardearon a las guerrillas comunistas con bombas “Napalm”.

Recuerdos que se ven cuando las gentes viejas reviven sinsabores que en forma siniestra sembraron temores.

Los olores en la plaza eran insoportables. Como el verso de Luis Vidales, “la ciudad olía a feo”, entonces los militares trajeron una caneca y obligaron al pueblo humillado a recoger la materia fecal con la mano, ante lo cual debían limpiarse con tierra, pues los militares no les daban agua, por saber que se la beberían. Los cordobeses eran aquel día, unos animales sentenciados en un gueto nazi.

El temible juez cincuenta, sectario, inquisidor, maldito, apartaba cinco o siete personas amarradas y vendadas para subirlas a un camión que salía con rumbo incierto del que solo regresaría uno, el jefe del directorio liberal, representante del expresidente Alberto Lleras Camargo, a quien lo dejaron en la carretera sin darle razón de la suerte de sus compañeros.

Por la voz de Armenia, en un programa noticioso llamado “Radio Gaceta”, se escuchó la voz clamorosa del locutor quien resaltó la humildad del pueblo, su estirpe campesina y recriminó el atropello que se estaba cometiendo:

– ¡No los maten! ¡No los maten! ¡El pueblo no tiene la culpa! ¡El pueblo es inocente!– terminó diciendo y estas peticiones que duraron ocho días eternos en la voz de Celedonio Martínez Acevedo, periodista de profesión y gaitanista por convicción, se unieron a las crónicas que decían: “Esta es la peor humillación que se le hace a un pueblo”. El clero, aunque sectario, se pronunció, los estamentos civiles también y nuestras fuerzas armadas sectarias, “perdonaron a mi pueblo”.

Estos sucesos acaecidos en los años cincuenta, ocurrieron bajo la sombra de nuestros símbolos patrios, la bandera, el himno y el escudo, pero a pesar de que para algunos han pasado al olvido, los recuerdos son necesarios para contarlos. Han pasado más de sesenta años. Ahora Córdoba tiene sus calles pavimentadas, alumbrado público, vías de acceso y es un municipio.

El clero, se ha dedicado a su misión pastoral con errores que lo tienen al borde de un cisma. Nuestra fuerza pública es más técnica, más profesional y se ha despolitizado, pero sigue siendo servil al gobierno de turno, con actuaciones que son investigadas para hallar culpables y de los políticos hay que decir, que siguen dividiendo al pueblo y continúan haciendo del erario público su caja menor.

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