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La Cosecha  |  14 enero de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

José Fernando Ramírez: una vida ‘maravillosa, de ataque, de locura, de miedo’

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Por Miguel Ángel Rojas Arias

Es un misterio la muerte de José Fernando Ramírez Cortés, contrario a lo que fue su vida: diamantina, transparente, alegre y leal. Le encantaba oler el whisky, y degustarlo, no para emborracharse con él, sino para poder embriagarse con la palabra de los amigos y las canciones. Y murió en su ley. La última canción que pidió y escuchó aquella madrugada de sábado, hace cerca de un mes, fue ‘Vaya con Dios’, en la voz de María Dolores Pradera: …vaya con Dios mi vida, vaya con Dios mi amor…

Antes de salir de la casa de una pareja de amigos, con quien departía, además de su entrañable primo hermano Hernán Ramírez, solicitó el servicio de un taxi. El carro llegó, y José Fernando, ‘copetón’, tarareando la última canción: “vaya con Dios mi vida, vaya con Dios mi amor…”, se subió al vehículo. De ahí en adelante, todo es confusión. Apareció enajenado, golpeado y maltrecho, unas horas después, cerca al parque de Los Fundadores, de donde fue llevado a la clínica Central del Quindío.

En la clínica estuvo un par de días y fue dado de alta, a pesar de sus dolores y una amnesia parcial que no le permitía recordar lo que había sucedido, como tampoco reconocer a muchas de las personas que lo rodeaban, entre ellos a sus propios familiares y amigos. Frente a este fenómeno, volvió, por cuenta de sus familiares, a la clínica. Y en unas pocas horas, su situación general se agravó. Fue a parar, entonces, a un cuarto de cuidados intensivos. Dicen que fue atacado inesperadamente por una bacteria, que le destruyó su sistema inmunológico, sin embargo, no hay confirmación médica real de este diagnóstico. Por tal razón, sus amigos y familiares pidieron una necropsia y un dictamen de medicina legal sobre su muerte.

La tristeza de sus amigos

La mañana del viernes pasado se cruzó de tristezas, cuando sus amigos nos enteramos de la muerte de José Fernando. Había muerto para muchos de nosotros la expresión fraterna de la lealtad, la alegría, el amor a la música y al arte, el amante de la palabra, el defensor del civismo, el enamorado del Quindío. Había muerto un niño que todo lo maravillaba: su frase a flor de labio era precisamente: “¡Qué maravilla!

Una vida ‘maravillosa’

Su vida de niño y de adolescente se desarrolló en Montenegro, su cuna quindiana. Se fue a Medellín, a estudiar, y allí empezó su vida laboral. Era un excelente relacionista público. Por muchos años fue el relacionista y publicista de Cine Colombia, por eso hablaba con tanta propiedad de los viejas películas que llenaron los teatros en las décadas del 70 y el 80 en el país. Trabajó con una compañía industrial en Cali. Volvió al Quindío a ejercer el cargo de director de Extensión Cultural de la gobernación del Quindío. Pero tuvo que regresar a sus lides de gerente y relacionista de otras compañías colombianas, hasta que el exgobernador Jaime Lopera lo llamó para que fuera alcalde de Montenegro, y el exgobernador Rodrigo Gómez Jaramillo lo ratificó en el cargo, tras una condición que le puso José Fernando: “Le acepto sí me ayuda a pavimentar la calle principal del corregimiento de Pueblo Tapao”. Y le cumplió.

En ese trasegar se quedó en su Quindío del alma, siendo promotor cultural, mientras ejercía como gerente del Club Campestre de Armenia. Volvió a las funciones públicas en la Corporación de Fomento y Turismo de Armenia y en la oficina de Cultura en el gobierno departamental, promoviendo la música y las artes en general. Y, por supuesto, saboreando un ‘whisky’ con sus amigos.

Un hombre de tertulias

Gozaba como ninguno de las tertulias con su cuñado, el periodista Juan José García Posada. Era un gran anfitrión, experimentaba una enorme alegría al atender, en su apartamento, en el edificio Las Veraneras, a aquellos que compartía con él libros, canciones y análisis sobre la ciudad y el departamento. ¿Cómo estuvo la tertulia de anoche, Jose?, le preguntaba, y siempre respondía lo mismo: ¡De ataque!

Su sobrina Victoria Eugenia García lo describió muy bien en su obituario, leído en el templo del Espíritu Santo, en su despedida hacia la última morada: “Siempre admiré su enorme capacidad de asombro, era un gran observador y todo lo maravillaba. En varias ocasiones prefirió dormir en el corredor de una finca para ver el amanecer. Más que tomar whisky, le gustaba olerlo y paladearlo mientras veía una ópera. Le gustaba escuchar música con los ojos cerrados y prestaba atención a cada letra.

Exagerado, pero con razón

Coincido con Victoria Eugenia en las exageraciones de Jose. Dijo ella, su sobrina, en el templo, sobre su tío Nando: “Reconocido por ser tan exagerado, siempre describía algo como: fenomenal, un evento que fue la locura, un artista de miedo… para él todo era extraordinario, maravilloso, excepcional y lo que en realidad era excepcional, extraordinario y maravilloso era él, y quien diga lo contrario, simplemente, no lo conocía”.

José Fernando disfrutó como ninguno la vida. Así lo describió Victoria Eugenia: “No había malas intenciones en sus actos y no hacía algo desmedido, porque le daba sentido a cada palabra, acto… Así que hoy aunque hubiera querido que él viviera otras cosas, me queda la tranquilidad de que vivió y disfrutó a plenitud cada segundo, percibió cada sonido, sintió cada amanecer, cada café, cada palabra que subrayaba minuciosamente en los libros, cada reunión, cada libro, cada persona. Vivió el presente, supo para qué era la vida y creo que esa es su lección más importante, que en la vida no importa lo material, ni el pasado ni el futuro, sino el presente, el conocimiento, la cultura, importa la belleza de Dios en la naturaleza, e importan son las personas y los momentos que vivimos con ellas”.

Esa vida de José Fernando Ramírez Cortés también quedó retratada en unos versos que leyó en su despedida su primo hermano, el abogado César Augusto Ramírez: “…Recordar tu inmensa solidaridad/ recordar tu andar en trocha musical/ recordar tu mano sincera/ recordar tu compañía de miel. Eres hoy un gemelo al recuerdo/ eres un ser en semilla fresca/ eres un verso y una prosa de vida/ eres un significado a la filantropía…”.

Jose no tenía enemigos. Por eso, sin temor a equivocarnos, podemos decir, después de ‘echarle tierra a aquel frío ataúd’: se fue el amigo de todos, se nos fue nuestra más grande expresión fraterna de la lealtad, la alegría, el amor a la música y al arte, el amante de la palabra, el defensor del civismo, el enamorado del Quindío. Vaya con Dios, Jose, sabemos, sus confidentes, que alguien, muy adentro, está repitiendo la canción: “Vaya con Dios mi vida, vaya con Dios mi amor…”.

 

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