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La Cosecha  |  29 noviembre de 2018  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

La poesía de Luis Fernando Mejía

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Por Lilian Z González

En la exploración habitual del mundo, se establecen relaciones con personas, objetos y situaciones, sin mayor interés que sobrevivir y adaptarse al contexto. Los ojos del artista, por el contrario, han sido desde siempre una fuente de auscultación del mundo no sólo desde lo tangible sino también desde lo imperceptible.

La recientemente publicada Antología Poética, de Luis Fernando Mejía, transita por varias instancias significativas. Está, por ejemplo, la añoranza de la infancia por estar libre de las cargas propias de quien ostenta saberes científicos o existenciales; por ser el puente de la observación del mundo desde la ausencia de prejuicios. Esta visión, sin embargo, aparece contrastada con el reproche a esa ingenuidad, que lleva a la necesidad de advertir al niño acerca de las turbulencias que el mundo le ofrece. Poco importa que las creencias, frustraciones o deseos del adulto puedan influir o sesgar su natural paso por la vida. Quizá por eso, el padre abandona el hogar en el momento del parto; quizá por eso, queda ciego. El niño debe entonces aferrarse a su madre, temiendo acaso que su nacimiento sea la causa de la huida del progenitor.

Sin embargo, el trasegar poético nos muestra que ese padre huye por la ausencia de Dios. Esa es la verdadera causa de su ceguera. Su propia voz, y otras voces, reprochan al creador por haber dado vida a los hombres y con ésta haber dado lugar a un sufrimiento insostenible. Ese Dios, por lo tanto, merece morir dentro de cada quien a causa del hartazgo y la desesperanza. Y cuando muere, pernocta la oscuridad que conduce a la ceguera. Se hace necesario entonces buscar la luz, y ese camino de búsqueda exige el retorno a Dios, proclamando ese tránsito vital no sólo con el lenguaje cotidiano sino con frases bíblicas, haciendo acaso un homenaje a la tradición judeocristiana. Cuando se alcanza la iluminación, el padre recobra el sentido de la vista que comunicará, desde lo trascendente, a su mujer y al fruto de sus entrañas.

Dios parece ser lo único cargado de sentido. El tiempo, por ejemplo, se evidencia mediado por las inefables condiciones del desarrollo biológico y cultural pero también como una fuente reveladora de que todo queda atrás y de que probablemente es más avezado el abandono mismo de la idea; el no considerarla, por inútil. Este trasegar se halla en suma, claramente enraizado en el hastío del poema final: “Sucede que me canso/de las pequeñas cosas/ con que hacemos la muerte cada día (…)”. Muerte, que, por su parte, es también lo irremediable; el fatal designio de todos y que, pese a su contundencia, es el origen de elucubraciones y preguntas en la sustancia. Así nos lo recuerda el juglar, singular en este caso, porque ser más hermano del Siglo de oro que del medioevo.

El hombre, en suma, pese a su fragilidad, se halla resguardado a través de la palabra.

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